jueves 09 de julio de 2009 - 10:00 AM

Somos iguales, pero no por eso tenemos que ser ‘calcados’

Don Evaristo, un viejo algo amargado, tiene un par de botas negras para cada día de la semana, colecciona las hojas del almanaque para quemarlas todas juntas el primer día del mes siguiente y en su desvencijado ar-mario encuaderna sus libros con pastas de colores iguales.

Según dice, tanto las botas, como los días del calendario y sus libros deben ser idénticos.
 
Y todos los días hace lo mismo: se levanta a las 6:00 de la mañana, se persigna y desayuna; 15 minutos más tarde le dedica de manera exacta una hora a la lectura del periódico. Después sale a arreglar el jardín de su casa, hasta que llega el momento del almuerzo, al cual le destina rigurosamente una hora.

En la tarde, justo a la 1:00 p.m., hace la siesta hasta las 3:00 p.m. Acto seguido vienen sus onces, un juego de dominó con sus amigos hasta la hora de la cena, reza unas oraciones y ahí sí ¡a dormir otra vez!

Sus días transcurren así, ¡calcados!  Lo peor es que obliga a su mujer a que lo acompañe en estos rituales cotidianos y se molesta cada vez que ella le reprocha por el tedio que todo esto le representa.

Según cuentan los que lo conocen, Don Evaristo, siempre fue así: frío, calculador y rutinario.

A sus hijos los quería educar de esa forma: pretendía que fueran a su imagen y semejanza. Aspiraba a que ellos siguieran el ritmo de la vida a modo de borregos, marchando, no hacia donde ellos quisieran, sino por donde el viejo Evaristo dijera.

¡Claro! Ninguno de ellos les siguió la cuerda y todos prefirieron escapar, antes de terminar pareciéndose a su achacado padre.

 Las vidas de las 'ovejas des-carriadas', como los tildó el viejo, fueron distintas a la de su decrépito padre. Educaron a sus hijos, crecieron con ellos, pero los dejaron volar; les infundaron valores, pero jamás los obligaron a obedecerlos a juro. Y, obviamente, siempre respetaron sus sueños.

 Nadie puede pretender que seamos como los demás. Es cierto: somos iguales, nos cubre el mismo sol, tenemos los mismos derechos que los otros y es evidente que nos corresponde hacerlos valer, gústenos o no.

Pero, desde el mismo momento en el que nacemos dejamos de ser idénticos y empezamos a colocarles las rúbricas a nuestras acciones.

Mi apellido puede ser más humilde que el suyo, pero soy yo quien decido honrarlo con mis acciones; mis sentimientos pueden ser impulsos desaforados, pero es mi corazón el que late, no los de los demás.

La vida no tiene que ser una imitación de historias; por más que el resto de gente viva grandes experiencias, me corresponde vivir las propias.
No calque su vida con espejos ajenos. No haga ese ridículo; sienta su propio mundo.

Eso no quiere decir que se tenga que aislar o que no respete a nadie. ¡Todo lo contrario! parta de él para entender que somos iguales; pero recuerde que no por eso usted tiene que ser ‘calcado’.

ACEPTE AL OTRO

Cuando vea que algo no le gusta de la otra persona, no haga  otra cosa distinta a la de respetarla. Tenga consideración hacia la manera de pensar de ella, muy a pesar de que sus conceptos sean diferentes a su sentir.

Usted debe tratar a su semejante como si estuviera frente a un hermano e incluso como si se colocara en sus zapatos.

Y es que cuando se hace el ejercicio de caminar con las botas del otro, se encuentra por ejemplo, que no le tallan e incluso que lo hacen tropezar. La clave está en resistir esa particular forma de caminar en la vida.

Cada vez que pueda, haga esta interesante prueba. Verá que para intercambiar su punto de vista con otra persona, a veces tiene que ponerse en los zapatos de su prójimo.

De esta forma usted logra transformar su actitud crítica y termina comprendiendo a su compañero, a su esposa, a su padre o a su amigo.

En eso consiste la tolerancia: es una fórmula mágica para comprender mejor a los demás y, por qué no, para hablar con ese ser que jamás ha podido entender.

Cuando se es tolerante, se embellece el alma y se aclara el sentido de la vida; porque uno aprende qué es eso de aceptar al otro tal como es él. Además, hacer esto no le vale ni un peso y lo engrandece como ser humano.

SIGA SU SUEÑO

Jacob, el mítico personaje bíblico, vio una vez una escala misteriosa en su sueño. La misma partía de la tierra y se perdía en el cielo y, a través de ella, los ángeles subían y bajaban. De pronto, Jacob oyó la voz de Dios, prediciéndole que su descendencia sería tan numerosa como el polvo de la tierra. Desde entonces, se ha considerado el extremo superior de esta escala como el símbolo del ideal de un hombre, sólo accesible para las personas que tienen claro para dónde van.

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