jueves 05 de noviembre de 2009 - 10:00 AM

‘Temperatura’ del cielo o del infierno

Imagine que tiene en sus manos un termómetro, no de mercurio, sino espiritual. Suponga, sólo por un instante, que con ese singular instrumento puede medir la temperatura de su estado de ánimo.

Y aunque nadie crea que con este tipo de vidrio se pueda saber si el alma de alguien está congelada o ardiendo; sí es preciso aclarar que con la medición del corazón podemos detectar qué tan bien o mal estamos. En la actualidad, ¿cómo está su temperatura? ¿se encuentra con el clima del cielo azul o acaso está sumergida en la desesperación?

¡Usted elige la respuesta de estos interrogantes!

Puede escoger si quiere pasar sus días en armonía o en medio de la zozobra y la angustia.

Y es que para conocer el cielo o el infierno, nadie necesita morirse. No es preciso esperar  a que el ‘más allᒠnos conduzca a cualquiera de estos destinos. Es aquí, en la tierra, en donde los experimentamos.

A la gente, desde pequeña, le enseñan que si en vida es buena persona y juiciosa, al morir se irá para el cielo; y que si es mala o desordenada, se quemará en el infierno.

Se compara a nuestro destino con la historia de dos vidas opuestas: la de un hombre que era rico; y la de otro que era pobre.

Se cuenta que el uno nadaba en la abundancia; mientras que el humilde se sumergía en la más completa miseria.

El opulento se sentaba en un hermoso comedor a cenar; el mendigo debía acurrucarse sobre el frío pavimento para esperar los mendrugos que caían a la calle.

El uno estaba rodeado por sus amigos millonarios; el otro estaba rodeado por los perros,  que lamían sus llagas, y por la desolación.

Los dos murieron… ¿y a dónde se fueron sus almas: al cielo o al infierno?

Algunos dirían que el mendigo fue llevado por ángeles a lo más alto; y que el rico terminó en las brasas.

¿Será?

Tal vez nadie sepa con exactitud cuáles rumbos tomaron sus almas. Lo que es inobjetable es que, tarde o temprano, la muerte nos recoge a todos. Y cuando eso ocurra, sólo Dios sabrá qué hará con nosotros.

El cielo se debe disfrutar aquí y ahora mismo. ¿Por qué dejar las cosas para después de la muerte?

¡No! esta no es una invitación a comoportarse mal. Usted no puede dejar a un lado la correspondencia divina: si hace algo de mala fe, le irá mal. ¡Esa matemática jamás falla!

Y si hace las cosas de una manera correcta, que no vayan en contra de sus principios y que no le hagan daño a nadie; todo le sonreirá.

Haga un negocio sucio y verá cómo le va. Notará que todo lo mugre que usted sea, se le reflejará en el rostro, más allá de cualquier maquillaje.

En cambio, haga algo bueno por los demás y muy pronto se dará cuenta de que alguien le tenderá la mano.

Dios no nos da esta vida para esperar a que nos muramos para disfrutarla o padecerla.

Todo lo contrario, Él sólo quiere que seamos nosotros los que apliquemos la temperatura debida a nuestros actos.

Recuerde que usted no tiene la vida comprada, no tiene definidos cuántos días estará en la tierra; y mañana podría ser muy tarde para ganarse el cielo.


BELLA HISTORIA

Cierto día, un gran sabio religioso le pidió a Dios que le permitiera ver cómo era el cielo y el infierno para compartir su experiencia con los demás hombres.

El sabio, de inmediato, se sumergió en sueños y mediante el poder de Dios su alma viajó a los diferentes destinos.

El Creador decidió mostrarle primero el infierno. Era una gran mansión, cuya única habitación era un largo e infinito comedor. La mesa era tan amplia como una autopista y al frente de cada comensal estaban servidos los mejores y más variados platillos y manjares existentes.

El sabio observó detenidamente sus caras y notó que estaban muy enfermos, y que tenían hambre ya que sus cubiertos eran tan largos como remos, y por más que intentaran estirar sus brazos no alcanzaban a alimentarse.

El sabio simplemente observó detenidamente y en silencio. Imaginaba que el cielo sería totalmente diferente.

Después de observar unos segundos más, Dios decidió mostrarle el Cielo.

¡Cuál sería el asombro de ver la misma mansión, y entrar en ella! La única habitación era un gran comedor con las mismas dimensiones y características del infierno. Estaba servida con los mismos platillos ostentosos... sabía que algo diferente tenía que ocurrir.

Observó que los comensales, a pesar de tener cucharas tan largas como remos se veían saludables, llenos de vigor y felices.

El sabio se preguntó a sí mismo:

- ¿Pero cómo están tan felices si ellos por si mismos no pueden alimentarse?

De pronto, observó que cada comensal alimentaba al que estaba en frente y le regalaba una rosa blanca. Moraleja: vivir en el cielo, también es una oportunidad para servir. Además, el solo hecho de estar saludable es, de entrada, una gloria.

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