domingo 10 de mayo de 2009 - 10:00 AM

En busca de las 'ceibas barrigonas'

Andrés Hurtado García, quizás el mejor fotógrafo de la naturaleza del país, ya sabía de la existencia de los árboles 'barrigones' que habitan en el cañón del Chicamocha, esa especie endémica que obedece al nombre científico de Cavanillesia Chicamochae y que pertenece a la familia de los Bombacaceae.

Fue él quien me propuso que lo acompañara  a fotografiarlos y –de paso- a explorar buena parte de los cañones de los ríos Guaca y Chicamocha.

Con Andrés hemos recorrido y disfrutado en varias ocasiones a lo largo de los últimos cinco años,  esa gran fábrica de agua e importante complejo lagunar que es el Nudo de Santurbán, en límites de los dos Santanderes.

En la más reciente oportunidad estuvimos una semana completa, junto a otros montañistas, explorando ese bello páramo al detalle y, refugiados en una carpa a la orilla de la laguna La Pintada (la más hermosa de la región), pasamos el 31 de diciembre del año pasado y recibimos el año nuevo soportando temperaturas que rayaban en los cero grados.

Así que este nuevo reto de explorar el cañón del Chicamocha representaba un cambio drástico de ambiente: del extremo frío al extremo calor, del páramo al desierto, de los frailejones a los cactus.

Partimos hace pocos días hacia la Laguna de Ortices en el municipio de San Andrés (Santander), tras las huellas del profesor Orlando Muñoz, profundo conocedor de la zona y quien ha inculcado a los alumnos del poblado el amor por la naturaleza y especialmente por esas hermosas, caprichosas y centenarias ceibas barrigonas.

A este educador de juventudes  lo contacté para que junto a sus muchachos nos sirvieran de guías en la búsqueda de sus amados 'barrigones'.

Ese primer día, después de haber fotografiado la bella meseta donde se asienta la población de la Laguna de Ortices y de que Andrés ofreciera una charla con alto contenido ecológico a los alumnos del colegio, precisamente a la orilla de la hermosa laguna que da origen al nombre del poblado, descendimos –pasado el medio día, morrales a la espalda y cámaras listas-  por un tortuoso camino internándonos en lo más profundo del cañón del Guaca.

Tres horas después, en medio de un sofocante calor, encontramos los primeros ejemplares de esas descomunales ceibas que evocan los 'baobabs' de 'El Principito'. Desafortunadamente el cielo estaba congestionado, con nubes oscuras y amenazantes y, por lo mismo, las condiciones de iluminación para la fotografía no eran las ideales.

Ante la inminencia de la lluvia, y dado que no encontramos a la orilla del río Guaca un lugar apropiado para plantar nuestras carpas, nos vimos obligados a solicitarle albergue a una humilde familia campesina de la región, cuya casa 'cuelga' de una de las paredes del Cañón.

Así llegó la noche, mientras la esposa de Bernabé (jefe de hogar), hilaba el fique en una rústica máquina y los demás escuchábamos atentos las fascinantes historias de ese gran caminante, nómada y trotamundos que es Andrés  Hurtado García.

Segundo día


A  la mañana siguiente –bien temprano y acariciándonos ya un sol ardiente- nos dimos a la exultante tarea de capturar con nuestras cámaras esas formas voluminosas y caprichosas de nuestros 'baobabs' locales.

Una familia de cabros silvestres –que pululan en la región-  nos observaba con algo de temor. Estos rumiantes tienen condenadas al exterminio a las 'ceibas barrigonas' ya que las semillas de esta especie que germinan en el Cañón, constituyen para ellos un delicioso bocado.

Según el profesor Muñoz, sólo logran sobrevivir unas pocas plántulas que se aferran a la tierra en intrincados e inaccesibles  recovecos a los que ni siquiera pueden llegar los voraces cabros.

Este profesor y sus jóvenes discípulos se han convertido en los ángeles guardianes de los barrigones bebés, a los que extraen de la zona de acción de los caprinos y los dan en adopción para que –a salvo de sus depredadores- tengan la oportunidad de sobrevivir y crecer hasta convertirse en los poderosos y gigantescos árboles a que están predestinados.

Buena parte de la mañana se nos fue plasmando en nuestras cámaras los tamaños, las formas abultadas y retorcidas, las texturas y los colores de estas enormes ceibas.

Son tan hermosas y peculiares que algunas voces han propuesto ya su adopción como el árbol emblemático de Santander, dado que se trata –se insiste- de una especie exclusiva del Cañón del Chicamocha; de ahí su nombre: Cavanillesia Chicamochae.

Es todo un espectáculo ver cómo algunos de estos ejemplares, en solitario, sobresalen como tenaces supervivientes en un árido y desolado cerro, con su abultado tronco elevándose algunos metros en vertical para después –en la medida que adelgazan- hacer una escuadra casi perfecta o adoptar alguna otra forma rara. De sus ramas retorcidas penden abundantes hojas verdes, silueta bastante extraña que –a lo lejos- se destaca contra el cielo azul.

Nos despedimos de los 'barrigones' con la promesa de volverlos a visitar en enero del año entrante, época en que han perdido el follaje y se encuentran florecidos.

Tercer día

Levantamos nuestros morrales y continuamos la caminata por la rivera del Guaca hasta el punto en que desemboca en el Chicamocha. Desde este sitio nos fijamos como meta, para ese día, el bello pero remoto pueblo de Cepitá, enclavado en lo más profundo del Cañón.

Transitando un estrecho camino que bordea el Chicamocha nos adentramos en su inmensa cuenca. Los colores ocres y terrosos del excitado y serpenteante río y los blancos y grises de sus piedras y playones, contrastan con los verdes intensos de la vegetación circundante, especialmente cactus, y con las altas paredes del Cañón, prácticamente desprovistas de vegetación y con sus característicos surcos o rayas verticales que nos trajeron a la memoria la novela 'La otra raya del tigre' de Pedro Gómez Valderrama.

El cielo azul con nubes blancas difuminadas completaba la maravillosa escena.

Así anduvimos por espacio de tres horas aproximadamente, soportando el peso de nuestros morrales y el asfixiante calor, hasta llegar al poblado de San Miguel, donde nos detuvimos a comer nuestras raciones de campaña y a dar algo de descanso a los maltrechos y ampollados pies.

Reemprendimos la marcha con una temperatura un poco más benigna, extasiados todo el tiempo con la belleza del Cañón del Chicamocha, hasta que ya de noche –y después de otras tres horas largas de fuerte caminata- logramos superar la pendiente que nos permitió acceder a las oscuras callejuelas de Cepitá, donde pernoctamos.

A la mañana siguiente, bien temprano,  nos deleitamos –y se deleitaron nuestras cámaras- con la singular belleza urbana de Cepitá, especialmente de su parque y de las gigantescas ceibas que lo adornan.

La travesía terminó en el ascenso que nos llevó al portentoso Parque Nacional del Chicamocha donde además de contemplar y admirar su construcción, especialmente el extraordinario Monumento a la Santandereanidad, pudimos apreciar, desde su mirador de 360 grados, el largo trayecto que recorrimos por el fondo del Cañón, al que prometimos volver para desandarlo en pos de los 'barrigones' cuando estén en flor. - 

 

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