martes 17 de septiembre de 2019 - 4:00 PM

Ganadores del concurso Jorge Valderrama Restrepo: cuento

En esta segunda entrega de los ganadores del Concurso de Literatura Jorge Valderrama Restrepo, se exalta la labor de los participantes que resultaron ganadores en la modalidad de cuento en las diferentes modalidades.
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En la categoría juvenil, Valentina Heredia Aceros ‘La Chica de Aceros’ obtuvo el primer puesto con obra ‘No somos de aquí’.

María Lucía Sarmiento Rojas ‘M. Samroja’ se quedó con el segundo puesto de la misma categoría

con el cuento ‘Los ojos de la Tití’.

El primer puesto de la categoría adultos los obtuvo Diana Carolina López Serrano, ‘Nana López’, con el título ‘La huella que se posó en la frontera’, y en segundo lugar fue para Antonio Campillo Prada, ‘Viloan’, quien ganó con la obra ‘Por tus venas corre sangre valiente’.

No somos de aquí

Seudónimo: la chica de aceros.

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En el barrio que habito no crecen los árboles, pareciera que se levantara todo el polvo y que cada soplo del viento es una nueva creación de seres tristes y malvados, a este lugar le dan la espalda los dioses, lo evitan los caminantes, si por algún motivo alguien de otro lugar visita esta tierra baldía - como dice mi abuelo- , no dura mucho tiempo en darse cuenta de que este no es lugar para hacer vida. Los caminantes que van por la vía al mar,- ¿para qué buscarán el mar?, me pregunto – en fin esos que caminan vía al mar, que abandonaron su tierra en busca de un mejor futuro – ¿un futuro? ¿Qué será eso de futuro?- en fin ellos pasan por nuestro barrio y se quedan mirándolo con un terror que no pueden ocultar como si pensarán que la sombra de la muerte se va a pegar a su espalda y más temprano que tarde cobrará su vida.

Aquí vivimos mi familia y yo, todos hemos vivido en este lugar triste, mis padres, mis abuelos, los abuelos de mis padres y así contando de para atrás, no se sabe quién fue el primero de los morales en llegar, probablemente una mujer sola que huía de su familia por haber quedado embarazada, pobre esa tátara tatara tatara abuela, no encontró mejor lugar donde parir su miseria. Venir a este barrio donde a su tátara tátara tátara nieto fue asesinado, por un tiro, que dice el periódico, fue a quemarropa. Mi prima venía bajando la loma del barrio cuando lo vio caer, no se imaginan lo terrible que fue eso, ella gritaba, y en sus gritos se escuchaba el dolor de una madre sola, sola como la tátara tátara tátara abuela de su marido ahora tumbado en el piso, desangrándose, sin siquiera dejar una mancha, porque esta tierra está tan seca que cada gota desaparece rápidamente, como por arte de magia.

Los ojos de la tití.

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La detonación hace que el periodista gire la cabeza en busca del origen de aquel sonido, pero lo único que ve es el cuerpo de un hombre desplomándose sobre el frío asfalto, como cual muñeco de trapo. Atraviesa la séptima en dos zancadas; el atacante ya ha huido así que lo único que puede hacer es auxiliar al herido. Se acuclilla al lado del sujeto para luego girarlo, y cuando ve el rostro de la víctima, el pulso que estuvo acelerado hace unos momentos se le congela en ese instante al reconocer de quién se trata. Quiere llorar, quiere gritar, pero lo único que hace es quedarse abstraído en la cara del candidato.

Escucha los pasos de los transeúntes aglomerarse a su alrededor. Prevalece un silencio que solo es cortado por suaves jadeos y respiraciones irregulares. El periodista siente la tensión de la atmósfera sobre sus hombros, siente la cólera que apenas está emergiendo.

—¡Han matado al padre de Colombia! ¡Han matado a Gaitán! —grita un hombre, logrando romper aquella burbuja que encerraba la conmoción y rabia de los presentes.

Evangelina abre los ojos de golpe, aún con rastros de esa escena en su mente. Los grandes ojos del tití están fijos en ella. Son del color oro de los atardeceres de los llanos que alguna vez visitó.

—¿Eso es el inicio de todo? ¿La muerte de un hombre? —pregunta, le sorprende lo trémula que se escucha su voz.

La mona cierra sus enormes orbes y asiente, con una expresión de pena.

—No solo era un hombre, era la esperanza de un pueblo. —La voz del animal tiene un timbre femenino y sedoso

El dorado de sus ojos se vuelve más intenso hasta que toda la visión de Evangelina queda abarcada por un resplandor dorado que luego es remplazado por una oscuridad absoluta. La negra neblina la rodea, pero sabe que es el único lugar seguro, a pesar de que el corazón le late enloquecido en el pecho y su garganta se cierra por los sollozos que trata de ahogar con una mano en la boca.

Los alaridos en el exterior desgarran su vientre y provocan que más lágrimas broten de sus ojos. Parecen de un animal siendo torturado, y preferiría que fuera así; pero no, aquellos gritos son de una persona, son de su madre. En el fondo desea que todo sea una horrible pesadilla, sin embargo, sabe que todo aquello es tan real como la crueldad de esos sujetos. Escucha un golpe seco y los lamentos cesaron. En la atmósfera vibra un pesado silencio. Se incorpora con lentitud, siendo consciente hasta ahora de sus piernas acalambradas y al mirar hacia afuera a través de las rendijas del armario no ve a nadie. Pero, la puerta se abre de golpe y al alzar la vista se encuentra con uno de esos sujetos de uniforme militar. Él sonríe formando una mueca espantosa en su rostro curtido, y ella apenas puede asemejar el infierno que se le avecina.

De nuevo Evangelina se encuentra en su cuarto, y frente a ella no está aquel horripilante hombre sino la tití.

—No hubieras soportado el resto —le dice.

La niña todavía siente como si en vez de corazón tuviese un colibrí enclaustrado en el pecho y su cuerpo aún sufre pequeños espasmos por culpa de terror.

—Solo... ¿solo guardas los malos recuerdos? —Su voz emerge aguda y entrecortada sin que ella lo quiera.

—Como el espíritu de las memorias tengo que guardarlas todas —dice la mona con un sentimiento de compasión que se asoma en sus ojos dorados— ya sean buenas o malas. Solo cumplo con el trato que hicimos.

Hace unos meses encontró a aquella mona herida en un parque cerca de su colegio. Sin que su padre se diera cuenta, la curó y cuido hasta que estuvo completamente recuperada, pero cuando fue a liberarla, el animal reveló que en realidad ere una especie de espíritu que había tomado el cuerpo de aquella mona para cumplir con su labor; recolectar las memorias de las personas, sin embargo, unos cazadores lo habían atrapado. Luego de unos meses consiguió escapar, pero en el intento resultó herida. De no ser por la chica hubiese tenido que conseguir otro cuerpo, y hacerlo era muy complicado, así que como forma de agradecimiento por su generosidad la mona le dio la posibilidad de mostrarle los recuerdos que ella quisiese, Evangelina quería conocer los que exponían la historia de su país.

—No pensé que fueran tan... dolorosos —dice entre hipidos. Las lágrimas ya han cesado, pero la conmoción todavía está palpitando en sus venas.

—Hay cosas buenas...—murmura la mona.

Ha logrado regular su respiración y ya no siente presión en el pecho.

—Quiero ver.

Los ojos de la mona volvieron a fijarse en los de ella y de nuevo hizo presencia el intenso brillo dorado. Ahora se encuentra en una gradería que se alza sobre una inmensa pista llena de curvas y ondulaciones. A su alrededor la gente grita emocionada, toma fotos al circuito o sacuden con fervor las banderas de sus nacionalidades. Pasea la mirada en la hilera de ciclistas hasta que logra reconocer a su hija gracias al casco negro con detalles de color verde y porque es la única de las competidoras que viste con una camisa blanca. En los parlantes resuena la alarma de salida y las ciclistas inician la competencia. Mientras sacude con fuerza la bandera tricolor, exclama el nombre de su hija hasta que siente que la garganta se le va a rasgar. La emoción fluye a torrenciales por sus venas al ver que Mariana encabeza la carrera, y cuando ve que es la primera en cruzar la meta lanza un grito al aire, riendo y llorando de júbilo.

—¡Marianita ganó! —dice mientras abraza a su esposo —¡Nuestra niña ganó!

Vuelve a estar cobijada por el sosiego de su cuarto aquella intensa felicidad aún sigue haciendo eco en las paredes de su espíritu, pues siente los ojos cristalizados y sus labios tiran hacia arriba formando una sonrisa involuntaria.

—Es una joven talentosa gracias al apoyo de su madre —habla la mona —Cuando un joven triunfa de esa forma ...da alegría a un pueblo, da esperanza. Evangelina se queda en silencio, saboreando aquel hermoso sentimiento.

—¿Hay...?

—Más de lo que crees.

La suave brisa marina ondea las banderas blancas y hace bailar las hojas de las palmas. Es parte de un gran océano de gente vestida de blanco, de una multitud llena de esperanza. La cámara de su celular está enfocada en la tarima que se alza sobre la aglomeración. En la pantalla ve a Rodrigo Londoño levantarse de la silla y saludar a la multitud con un ademán suave para luego dirigirse hacia el libro que está sobre la mesa, y a pesar de que tropieza, consigue llegar. Toma el bolígrafo dispuesto sobre la mesa y desliza la punta sobre la hoja, dejando escrita su firma. Luego llega el presidente Santos y hace lo mismo que el ahora exguerrillero; plasmar su firma en la hoja, justo al lado de la del otro. El mandatario se vuelve hacia Rodrigo y le entrega un prendedor con forma de paloma blanca, el hombre lo recibe con una tímida sonrisa y después lo abrocha en la esquina del bolsillo de su camisa. Ambos se dan la mano y se palmean los hombros sonriendo a la multitud. El presidente le dice algo a Londoño, no logra escuchar qué es por el bullicio de la gente, pero por la gesticulación de sus labios puede suponer que le da las gracias. El gentío aplaude lleno de emoción y los periodistas se dedican a tomar fotografías para eternizar aquel momento. Desliza la cámara del celular por la multitud logrando captar a más de un presente con los ojos cristalizados y con una sonrisa temblando en el rostro. Vuelve el celular hacia el mandatario, pues está frente al micrófono a punto de decir su discurso.

— ¡Colombianos y colombianas! Ha cesado la horrible noche. —su voz se eleva— La horrible noche de la violencia que nos ha cubierto con su sombra por más de medio siglo; abramos nuestros corazones al nuevo amanecer de la paz, al nuevo amanecer... ¡de la vida!

—¡Sí a la paz! ¡No a la guerra! —vitorea la multitud en un coro poderoso agitando pañuelos blancos.

—La historia de este pueblo se encuentra manchado de sangre, llanto y agonía —dice el tití que nuevo se encuentra en su habitación.

—El pasado —dice Evangelina con su cuerpo sacudido por la emoción— no se puede cambiar.

—Exactamente. —Distingue una sonrisa bajo el suave pelo oscuro— pero, siempre está el poder construir un mejor futuro, solo que eso ya va en la voluntad de cada uno.

LA HUELLA QUE SE POSÓ EN LA FRONTERA

Por: Nana López

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Hacía más de un año que Don Roque no se levantaba por su propia voluntad, ni usaba despertador, bueno, aunque “Despertador” era uno de los muchos apodos que usaba para referirse a su perro: Olafo, cuyo tono predeterminado de alarma era un cíclico llanto de frecuencia muy alta que no paraba hasta que él se levantaba de su lecho, iba al baño, se ponía sus chanclas y cogía el mismo collar con el que encontró al can merodeando por los alrededores del parque de los niños. La primera vez que Don Roque lo vio, pensó que era el perro más feo que había visto en su vida. Con pelos chamuscados por el inclemente sol bumangués, una lengua emocionada que parecía más resorte que lengua y un par de ojos negros saltones que contrastaban con sus despeinadas crines grises. María José, su nieta de 5 años no se fijó en eso, ella sintió un gran cariño a primera vista, un amor que no exigía absolutamente nada. Ni un pelaje abundante y suave que incitara a las caricias constantes, ni una pizca de vergüenza a la hora de sacar su lengua para demostrarle al mundo lo contento que estaba. El perro parecía una Guernica de Picasso enmarañando pelos y babas. Ella extendió su mano para alcanzar la correa que colgaba desinteresada de su collar. “Tenemos que ayudarlo nono” decía María José mientras se zafaba de la mano de su abuelo para proporcionar de caricias al perro que, ella sentía en ese momento, lo necesitaba. Y como Olafo no era de los tímidos, se dejó llevar por el tacto que la pequeña le ofrecía y se lo retribuía de la forma en como ellos saben hacerlo, con oscilaciones enérgicas de cola y lengüetazos en la cara. Esta imagen alarmó a Don Roque y con un amable pero firme tirón del brazo alejo a la niña del feo perro. “No sabemos de dónde viene este chandoso María José, te puede pegar algo.”

La siguiente pregunta Don Roque la vio venir:

“¿Nos podemos quedar con él?”

Y la respuesta, al igual que la pregunta ya se había pensado. Entonces un sonoro “NO” salió de su boca como decisión inamovible.

Ahora sabemos que la determinación de ese NO se quebró fácilmente. Los nietos suelen alojarse en un compartimiento especial en el corazón de los abuelos. Cuando falló en encontrar a sus legítimos dueños, Olafo fue el nombre que designo al perro de orejas grandes, pelaje gris con manchas blancuzcas cuya textura oponía resistencia al acariciar, patas alargadas que contrastaban con su torso flaco y desgreñado. Cuando le preguntaban en la calle que ¿Qué clase de perro era Olafo? Él respondía que era criollo, ese término amplio que se le da a la mescolanza de muchas razas y donde no existe ningún trueque para su adquisición.

El canchoso, zute, pulgoso, basurero, perro malo, despertador o simplemente Olafo, empezó a vivir con el anciano como una excusa para que su nieta lo visitara más seguido y así fue. Pero poco a poco ese pretexto se fue diluyendo. Con su peculiar forma de ser encantó inconscientemente al abuelo. Casi sin darse cuenta Don Roque se hallaba a si mismo sonriendo ante la mirada inocente de Olafo. Al principio lo mandaba a bañar en la veterinaria del barrio, pero le daba un inmenso pesar tener que dejarlo en una jaula mientras esperaba su turno. Y los quejidos desesperados de Olafo cuando la puerta del calabozo se cerraba, se traducían como: “No me dejes, por favor, no me dejes como mis anteriores dueños” y eso arrugaba su corazón aún más de lo que ya estaba. Entonces decidió adecuar su baño para bañarlo el mismo.

Del Roque que Olafo conoció por primera vez, muy pocas cosas quedaban. Pero algo que había de prevalecer en su actuar eran los monólogos críticos cargados de opiniones poco populares que él se reservaba para sí mismo, pues parecía que la gente no sabía apreciarlos. Tales verborreas eran del estilo de:

“Si Antonia Santos hubiese sabido que su nombre iba a direccionar a este barrio, yo creo que se pondría a llorar. Yo mismo la acompañaría en la pena. Este barrio ataca a todos mis sentidos. La contaminación auditiva me recuerda todos los días que sí, efectivamente ese helado es a mil pesitos y que los aguacates todos los días están bien maduritos. Es que se mete en uno toda esa propaganda. Si los vendedores ambulantes enseñaran italiano ya lo hablaría con fluidez. Pero no, io no parlo italiano ¿No es cierto Olafo? Jaja, el tonto perro me mira como pidiendo que le siga explicando, no como el idiota del Ramiro que...”.

Todas las salidas al parque de los niños se desarrollaban así, uno hablando y el otro escuchando. Uno atado a una correa y el otro sosteniéndola. Pues Olafo no se podía soltar. A pesar de los esfuerzos de Don Roque por enseñarle a comportarse en el parque sin ataduras, el perro siempre lo decepcionaba. Si Olafo sentía que nada lo estaba amarrando, su actuar era igual. En la mente de él, el mundo debía ser explorado. Estaba diseñado para ser olfateado, para ser pisoteado y marcado por sus huellas, para ser orinado, para dejar su estampa en él. Apenas el peso de la correa desaparecía, el universo se convertía en su alcoba.

Un día, durante uno de sus más recurrentes soliloquios acerca de los venezolanos. Y justo cuando su charla interna había llegado al cenit de alteración (Acompañada de movimientos bruscos de manos, típico de los santandereanos), una linda French Poodle cuyo celo se podía olfatear a metros de distancia por la potente nariz de los perros, se paseaba en un carro que recorría la 27. Olafo no pudo resistir tan embriagante olor y se lanzó a perseguirlo. La correa se deslizo de las manos de Don Roque y lo siguiente que pudo hacer fue gritarle con la fuerza máxima de sus ya desgastados pulmones, pero el can parecía no escuchar y ágilmente corrió. Encontró un atajo por la boca del imponente Clavijero y lo atravesó. Entonces así se fue en busca de la fragancia que surcaba de norte a sur por esta concurrida carretera y el abuelo solo pudo seguir con su mirada la partida del único ser vivo que realmente lo escuchaba.

A medida que las patas de Olafo desataban su desenfrenada emoción hormonal y separaban a Roque del perro, él empezaba a sentir que odiaba al prófugo. Luego vio como la mirada de María José se dibujaba en sus parpados apretados para que su inmensa frustración no se le escurriera por la cara. “¿Qué va a pasar con las visitas de mi nieta? ¿Cómo se lo voy a decir?” Un montón de dudas invadían la mente del viejo, quien lucía estático en la mitad de lo que parecía ser la nada, una nada producto de sus cavilaciones desesperadas. Se sentía desarmado frente al filo de la circunstancia. Tenía que hacer algo.

Empezar una búsqueda era el paso lógico. Por eso imprimió una de las tantas fotos de Olafo que tenía en su celular, en la que salía con la lengua afuera y miraba a la cámara con gran ternura. A pesar de lo fotogénica de la foto, Don Roque pensaba que tal imagen era de las que se apreciaban mejor en vivo. En una hoja blanca que decía algo así como: “Soy Olafo y me perdí...” anexó la ilustración del can con su número de contacto. Se armó de muchas copias y pegamento para forrar la 27 de los carteles que anunciaban la desaparición de su perro. Ahora solo quedaba esperar y estar pendiente de su teléfono. Llevaba su celular a todas partes, incluso al baño, donde se posaba el Champú antigarrapatas al lado del propio. Pasó una semana sin la anhelada llamada. Desesperado, arguyó que eran los venezolanos los culpables parciales de su tragedia y que, por lo tanto, ellos debían encontrar a su mascota. “Igual, los venecos me besarían los pies por miseras monedas”. Entonces, salió al parque donde se aglomeraban en estos días y habló con un grupo que encontró enseguida. Sin saludar, el viejo les dijo “Les tengo un trabajo. Mi perro se perdió. Ésta es la foto. El que lo encuentre o sepa algo, recibirá una buena recompensa.” Los venezolanos lo miraron a él y luego a la foto que les estaba entregando y asintieron. “Si va, fuego. Nosotros le hacemos la segunda”. A Don Roque le costo un poco entender que eso significaba que el pacto estaba cerrado.

Se armaron como una falange de exploradores urbanos y emprendieron la búsqueda del perro usando la foto como referencia. Los más jóvenes eran los más proactivos, seguidos de la sabiduría senil. Gruesas gotas de sudor perlaban las frentes de los implicados. Cualquier rincón podía ocultar al astuto perro. “¡Olafo! ¡Olafo!” el clamor se escuchaba como cánticos que se perdían en la vastedad del cielo Bumangués. Don Roque se sentía humillado, rodeado de ese acento extranjero. Pero era un mal necesario. Era la comunión de los que se sentían victimas el uno del otro. Por una parte, los venezolanos se sentían victimas de una xenofobia que crecía con efecto bola de nieve. Y Roque, que los veía como la amenaza de la paz de su ciudad.

“Señor, encontramos al perro.” le dijo un chamo al viejo. “¡Ejtá allá! Pero esa gente lo llama por otro nombre”. Alarmado pero contento, Roque se dirigió al lugar donde apuntaba el muchacho. Efectivamente, estaba el perro rodeado de una mujer y el que parecía su hijo. Tenían grandes sonrisas de júbilo mientras acariciaban al insubordinado perro. “¡Olafo!” Gritó Roque. Las orejas del perro se irguieron como dos grandes antenas y el perro se echo a correr a los brazos del viejo, la cola le batía con tal fuerza que sus caderas también se movían con el vaivén de la extremidad. La emocionada lengua no escatimó en lamer cada centímetro de su rostro. “¿De dónde conoce a Peluche, señor?” lo interrumpió una voz infantil que se acercó desde un costado. “¿Peluche?” pregunto el anciano. “Sí, nuestro perro.”

“Pero ustedes lo abandonaron, yo lo encontré hace dos años” dijo el viejo. “Sí, lo perdimos justo antes de que tuviéramos que devolvernos a Caracas para traer a nuestra abuela”. “Ah. O sea que no les basta con los perros que hay en Venezuela y se vienen a adoptar los que hay aquí. Muy bonito.” Exclamo Don Roque.

A lo que la familia le respondió: “Peluche es venezolano también”.

POR TUS VENAS CORRE SANGRE VALIENTE

A Victoria Campillo Jiménez

Ayer viste a tu abuelo enojado, ¿verdad? Para explicarte esa forma de reaccionar te voy a contar una historia que ocurrió en un pueblito de Colombia llamado Charalá, la tierra de tu abuelo. Tus tíos y yo crecimos escuchando las historias del viejo sobre su tierra natal. Tu abuelita Carmenza cuenta que una noche, en el billar de don Ramiro Meneses ubicado enfrente del parque, lo vio jugando con extraños. De pronto se emberracó porque le querían robar una carambola de tres bandas: la había tacado con toda la mística del caso pero en el último golpe las bolas apenas se rozaron, lo que desató dudas.

Ante la sorpresa de todos tu abuelo, que apenas era un jovencito más, adquirió una postura desafiante: amenazó a los hombres con el taco, los miró fijamente a los ojos con la quijada levantada.

—¡A robar a otro! —les gritó. Luego les dijo: “Por si no lo saben (en esta parte se le sale la saliva de pura bronca al decir su frase patriótica preferida) en las venas llevo sangre de los que bajaron al río a darle cara a los españoles”.

Entonces los billaristas, intimidados por la referencia histórica, terminaron reconociendo que sí hubo carambola y hasta le gastaron la borrachera.

Aquellas soberbias repentinas nunca pasaron a mayores: las apaciguaba al son del tintineo de las Bavarias que tomaba hasta la madrugada mientras relataba, con gracia histriónica, las hazañas del legendario héroe de la familia.

Te confieso que no me molesta la idea de tener un vínculo directo con el protagonista de aquellos relatos; pero la abuela tuya como que no le creía mucho en ese tiempo y un día le dijo: “¡oiga Alfonso! ¿Usted de verdad tiene sangre de la gente que enfrentó a los españoles?”

Ahí mismo tu abuelo decidió llevar a su joven prometida a la casa de los Vargas -su familia- a corroborarlo.

Resulta que, más o menos dos siglos atrás, hubo un Vargas que murió en la batalla del río Pienta. Lo convidaron, pero eso no fue una batalla. Y si lo fue, sería la menos ventajosa de todas las batallas independentistas: plomo contra machete. Los nuestros tenían todas las de perder. Aun así, hastiados de tanta injusticia, los charaleños hicieron frente a la embestida del ejército español que, crecido como una avalancha de hombres, llegó la madrugada del miércoles 4 de agosto de 1819, desbordando las orillas del río Pienta por los lados del puente.

Los soldados, al mando de un tal Lucas Gonzáles, no tuvieron compasión. Durante tres días se ensañaron contra los campesinos. Unos campesinos que convirtieron sus herramientas en armas frente a un ejército organizado y bien dotado. Los libros de historia hablan de cientos de muertos que llegaron a oler a maluco por permanecer varios días a la intemperie.

Esos libros no mencionan ni por las esquinas la hazaña de Fulgencio Vargas, así se llamaba el héroe nacional nacido en el seno de nuestra familia. Tampoco hay un cuadro con su estampa en ninguna biblioteca. Se ha especulado entre los Vargas, de generación en generación, que era igualito a los actuales Vargas de Coromoro: delgado, con bigote poblado y manzana de Adán sobresaliente.

Alguna vez estuve en la finca de aquella familia. Y recuerdo ver a los parientes arreglando unos pollos para un bautizo. Ya casi no me acuerdo de sus caras.

Siguiendo con la historia, Fulgencio peleó en aquella masacre que ocurrió hace doscientos años. Yo no sé si alegrarme o ponerme triste por él, pero te aseguro que me indigna recordar el relato de esa barbarie.

Según tu abuelo, a Fulgencio le bastó ver morir a un charaleño atravesado por una bayoneta enemiga. Esa visión le sirvió para hacer tanteos y, media hora después, se las ingenió para reducir la desventaja por la diferencia de armas.

Escondido en un granero Fulgencio hizo cálculos: midió y cortó dos cuerdas de fique de un metro, amarró las cachas de un par de machetes recién pasados por la piedra de amolar. Del otro lado de la pita ligó un nudo en cada una de sus muñecas. Los empuñó, los soltó, quedaron suspendidos. Luego de un tirón hizo regresar los machetes a sus manos y se fue como alma que lleva el diablo a cazar soldados. Con esa técnica el pariente se llevó por delante a más de una docena de españoles.

Los enemigos se confiaban apenas veían a dos metros la silueta de aquel desarrapado que aparecía entre los matorrales y antes de terminar un parpadeo, las peinillas llegaban volando al cuello o cara de los soldados. Entonces, Fulgencio aprovechaba el segundo de asombro para recuperar los machetes al viento y rematarlos con el filo. Luego desaparecía.

“¡El que está quieto, se deja quieto!” Solía decir tu abuelo a esta altura del relato.

En la casa de los Vargas de Charalá hay una habitación con objetos personales del difunto héroe. Es una especie de museo familiar en el que se exhiben, sin mucho orden, algunas pertenencias de nuestro antepasado. Entre las cosas hay un rucio sombrero colgado de una puntilla, un rejo de cuero color terracota que yace sobre un mueble rústico, un machete oxidado, un par de alpargatas blancas y hasta una totuma con sus iniciales. Pero lo que más sorprende a los visitantes es ver una cabeza de cerdo empotrada en una tabla marrón con el borde dorado. Debajo del hocico se lee: “Este animal se comió al valiente Fulgencio Vargas, héroe de la Batalla del Pienta, muerto de un balazo de mosquete a los 6 días del mes de agosto de 1819”.

Fue ahí, en esa casona de los Vargas, donde tu abuela comprendió por qué al hombre que había escogido para casarse se le sube la sangre a la cabeza con tanta facilidad, y de dónde viene su manía de hinchar el pecho cuando habla con orgullo del pariente guerrero.

Tu abuelo, tus tíos y yo supimos desde niños que un cerdo se había comido medio cuerpo de aquel héroe nacional, que cayó metros arriba del puente en la esquina donde hoy queda una gasolinera.

Como en esos días, después de la batalla, no había quedado nadie que espantara los animales, el cerdo se lo comió con tranquilidad. Solo dejó las extremidades. Pasada la matanza encontraron el animal haciendo fiestas con el cuerpo del pariente. Decidieron sacrificarlo y disecarle la cabeza, no por venganza, sino porque antes de pasar por aquellas fauces, un hombre valiente nacido en Charalá había entregado la vida por la patria.

En la familia hay diferencias acerca de si aquella cabeza de marrano debe seguir representando la memoria del gran Fulgencio Vargas. Unos dicen que sí, otros dicen que no, otros quieren acreditar nuestra descendencia buscando su ADN entre las muelas del cerdo.

En todo caso lo que muchos no saben es que gracias a la valentía del gran Fulgencio y de trescientos charaleños más, un tal Lucas González le incumplió a quien esperaba 800 soldados para enfrentar a las tropas de Bolívar en un punto de Boyacá. De no ser porque González retrasó su ejército matando campesinos en la tierra de tu abuelo, esta nación no estaría celebrando doscientos años de independencia.

Por eso, ahora que lo sabes, debes entender a tu abuelo cuando reclama por una injusticia. Si nota alguna se pondrá de pie, airado. Se le subirá la tensión, apretará sus puños temblorosos y los pondrá a media altura para gritar, aunque ahora ya ni se le entiende: “¡Por mis venas corre sangre charaleña, de los que fueron al río a dar la vida por la patria!” Tal como lo viste ayer.

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La Mariposa

Seudónimo: Tatiana Mariposa

Por: Nikol Natalia Moreno Valbuena

En el barrio la Cumbre en Bucaramanga vivía una niña llamada Margarita que ayudaba a las personas drogadictas, tenía un poder de convertirse en una mariposa grande y de transformar a las personas para que dejaran de vivir en las drogas. Este poder se lo otorgó su abuelito, él era enfermero y ayudaba a las personas enfermas. Él también tenía el poder de cambiar la vida de las personas que habían tomado el camino de las drogas. Este poder era heredado de sus ancestros indígenas.

Margarita tenía una hermana mayor muy hermosa llamada Mariela, ella tenía el mismo poder, pero un drogadicto la contaminó y dejó de ser la misma. El abuelito le quitó el poder porque se volvió mala, entonces se lo dio a su hermana menor, Margarita.

Después de diez años las dos hermanas se encontraron en Metrolínea y la hermana menor le dio lastima ver a su hermana mayor en las drogas, en cambio Mariela al ver a su hermana no sintió nada, no le importó porque estaba rendida ante las drogas. Margarita que había desarrollado su poder, lanzó un rayo de mariposas alrededor de Mariela, las personas que estaban en el bus de Metrolínea gritaron porque miles de mariposas entraron por todos lados hasta por las ventanas del bus. La hermana mayor sintió miedo, pero le llegó el rayo hasta el cerebro y la hipnotizó, esto la hizo reaccionar, despertó de su ensueño y olvidó las drogas.

Mariela agradeció a su hermana menor, en cambio Margarita lloró mucho porque ya no tenía el poder heredado de su abuelo, ya que lo había utilizado todo en su hermana mayor, pero dios le dio el don de leer la mente por ser tan buena persona.

Después de tres años de felicidad el abuelito murió y volvió la tristeza en la vida de las dos hermanas, pero al fin y al cabo vivieron todos felices. La hermana menor y la mayor hacían un buen equipo mientras una leía la mente, la otra ayudaba a los drogadictos.

MARGARITA, EL BARRIO Y LA INDEPENDENCIA

Por: Manzanita

Érase una vez una niña muy bonita, con una cabellera espectacular, de color castaño oscuro, corto hasta los hombros, ojos cafés, pestañas muy largas, cejas grandes y nariz fina, muy educada. Esa niña soy yo, Margarita. Pero no sólo eso me hace especial, también que puedo ver cosas increíbles. Verán, desde que nos mudamos a Bucaramanga, veo cosas así: veo a Simón Bolívar, también a Policarpa, a Antonio Villavicencio, a los hermanos Morales, y a muchos personajes más, que estuvieron en la independencia. Pero, algo raro es que sólo yo puedo verlos. Y otra cosa rara es que oigo que alguien pide ayuda. Es como si en mi barrio estuviera pasando algo sobre la independencia, como si estas personas hubiesen quedado atrapadas por un hechizo en mi barrio.

Bueno, ha llegado mi tía Andrea con mis primos y mi tío, y trajo regalos. A mi hermana le trajo un unicornio. A mi otra hermana le trajo un bolso. A mi hermano unos audífonos, y a mi otro hermano un perro. A mí me trajo un libro, su título es: El barrio y los secretos de la independencia. ¡Huao! ¡Que título! Yo creo que voy a terminar de leerlo hasta el próximo año, porque es muy gordo...

Ha pasado una semana, ya llevo varías páginas leídas del libro, y voy en la mitad. Me lo acabaré muy pronto. En este libro dice que hay alguien, que es el elegido para salvar la independencia, y el nombre es Margarita....

- ¿Qué?, no soy yo, ¿cierto?

Y también el libro dice, que esa persona es la que está leyendo el libro.

- ¿Qué?, ¡soy yo!

Bueno, si soy yo, entonces la salvaré. Con razón escuchaba esas voces que pedían ayuda y veía a esos personajes. Alistaré manzanas y agua, y partiré....

El libro me ha llevado hasta una cañería, el libro me guía.

- ¡Ugh! ¡Que asco! Esta cañería es horrible, y tiene insectos.

- ¡Oh! Una joya, una joya gigante.

De la joya venían las voces que pedían ayuda.

- Haber, en el libro dice que la tengo que partir, tengo que partir la joya... Pero, que difícil es partirla...

Al fin logré partirla, algo explotó, y escuché que alguien me decía: ¡cuidado! De la joya salían personas, y al ver que salían, grité: ¡Ahhhh!

Entonces, una de las personas que estaba dentro de la joya, me preguntó:

- ¿Tú eres la que nos salvaste?

Y yo respondí:

- Sí.

- Gracias, me dijeron.

Y así, todos estos personajes pudieron volver a sus casas y a la mente de los colombianos que los habían olvidado. Y vivieron felices para siempre.

CARAM

Caram, ciudad de ricos y pobres, donde las colinas se levantan inaccesibles y en los profundos valles nunca se ha escuchado un ruido del hacha cortando un árbol. Con angostas y oscuras cañadas donde los árboles se levantan fugazmente ante la inmensidad de la noche.

Al norte se dejan ver innumerables cajas con forma arqueada, con caminos de piedra, donde el terreno se hace cada vez más escarpado y la vegetación va cerrando el sinuoso camino.

Por el contrario, en el sur, todo se ve dominado por las inmensas edificaciones, por los vehículos que van y vienen, por la gente que camina rumbo al trabajo, pero que en realidad divagan en el mundo, sin ningún propósito más que trabajar, comer y dormir. Dejando de lado las relaciones que se van perdiendo debido a todo lo que la ciudad les ofrece. Su vida no tiene sentido y en el intento de escapar de su realidad, terminan perdiéndose a sí mismos.

Hacia el este todo está perfectamente equilibrado, hay una armonía entre el hombre y la naturaleza. Los potentes edificios, las complejas calles y los lugares de diversión y entretenimiento son complementados por los bosques, las quebradas y los ríos; y por la gran cantidad de flora y fauna que posee este territorio.

La familia Manrique es reconocida tanto por el gran poder que tiene como por sus valores y principios.

Ubicados en un barrio al este de Caram, donde poseen una mansión en la cual vive María, José y Carolina, ésta última, una joven encantadora la cual es la única

heredera de lo que poseen sus padres. Ellos son ejemplo de unidad familiar y de humildad.

Una tarde de otoño en la que se encontraban disfrutando de una típica integración familiar, disfrutando de los juegos de mesa, películas e historias que contaban entre ellos, pasó lo impensable.

Hacia las siete de la noche tocaron a la puerta, en ese momento José se encontraba tocando el piano y el empleado de servicio se encontraba en la cocina, Carolina estaba sentada leyendo un libro, cuando el sonido de la mano golpeando la puerta hizo que interrumpiera su lectura para abrir. Su mamá estaba en el cuarto descansando de la tarde divertida que habían tenido. Carolina abrió la puerta, y en ese instante recordó lo que su madre le había dicho.

El funeral se dio al día siguiente, hacia las cuatro de la tarde. Todos los que habían conocido a la muchacha la recordaban como una joven alegre, traviesa y curiosa. Su parentesco con su madre era indiscutible, pero en realidad no tenía ninguna similitud con su padre. Poseía inocencia; con tan solo veinte años, todavía era una niña atrapada en el cuerpo de una mujer.

María, con cuarenta y seis años, se había conservado en buena figura. Sus caderas y sus pechos combinaban con sus ojos oscuros y su sonrisa enloquecedora. Pero todo esto se iría acabando, debido a la muerte de su hija, quedó completamente devastada, y el dolor que padeció fue el motivo principal por el cual se quitaría la vida unos cuantos días después.

No se supo con profundidad cómo sucedió la muerte de Carolina, lo único que se vio fue el tiro en el pecho que recibió de aquel asesino, que después de hacer su tarea se daría a la fuga.

Ante la muerte de su hija y de su esposa, José respondería de una manera un tanto extraña, pero esto se le daría crédito al fuerte estado emocional que tenía a su semblante un poco frio.

Los Gómez fueron los que más brindaron ayuda a José, en el momento en que éste más necesitaba de ellos. Habían llegado unos años después que los Manrique. Se habían instalado en el este de la ciudad en busca de buenos resultados para su empresa y con el paso del tiempo sus ingresos fueron aumentando y decidieron quedarse a vivir allí. Las dos familias llegaron a conocerse y formaron amistad, eran tan fuertes sus lazos que sus primogénitos llegaron a tener noviazgo de seis meses, que fue interrumpido por el suicidio del muchacho. Edgar se llamaba el hijo de los Gómez, era un gran joven, entusiasta, alegre y divertido. Su muerte fue muy extraña, pues él no tenía motivos para matarse. Carolina sufrió la partida de su novio más de lo que se imaginaba, pero por alguna casualidad del destino, no tardó mucho tiempo para que ella tomara el mismo rumbo que el de su novio.

Edgar y Carolina vivieron muchas aventuras juntos y en esas conocieron a Carlos. Un hombre de la tercera edad cuyo trabajo, a pesar de la edad que tenía, radicaba en el campo. Los dos jóvenes compartían momentos con aquel hombre, después de que un día se lo hubieran encontrado en un río pescando.

Lo único propio que poseía Carlos era un gato negro que se había encontrado una noche de trabajo de camino al norte de la ciudad por aquellos caminos de piedra.

Carlos sufrió terriblemente la muerte de Carolina, como si fuera su propia hija. El día del entierro, la gente lo desconocía, pues este hombre no se dejaba ver mucho por la gente. El mismo padre de Carolina se sorprendió al verlo allí, pero no mostro ninguna señal de asombro cuando aquel hombre rompió a llorar al ver a su hija muerta.

Cierta noche, Carlos se encontraba descansando en su pequeña chocita, cuando tocaron a su puerta. El viejo se estremeció pues no había recibido visitas hacía muchos años.

Al abrir la puerta se encontró con un hombre alto y robusto, de barba y bigote y con una mirada que penetraba en lo más profundo del ser. Era José.

-Buenas noches, Don Carlos.

Carlos tartamudeo al responder el saludo.

-Vengo a hablar con usted de unas cosas muy importantes.

-Claro-respondió Carlos un poco sorprendido- Pasé usted y tome asiento en mi humilde casita.

El ambiente era un poco tenso, la noche estaba estrellada y la luna resplandecía en la plataforma del cielo.

-¿Cómo fue su relación con mi hija?

-De lo más normal. Éramos amigos, junto con su novio.

-¿está seguro de que solo era su amiga? ¿No tenía algún otro parentesco más?

-Por supuesto que no.

-Don Carlos, ¿usted recuerda a una tal María Cevallos?

-¿Por qué la pregunta?

-Solo responda.

-Me suena, pero no me acuerdo-Respondió don Carlos un poco confundido.

-Pues bien, le diré quién es ella, ella fue su amante cuando yo estaba casado con ella, y esa noche de pasión que pasaron juntos se convirtió en un embarazo. Y Carolina era su hija.

Carlos quedo atónito ante aquella aclaración.

-Pero todo debe estar en su lugar. Así que usted hoy se reunirá con ellas, como la familia que debieron ser. Padre, madre e hija. Yo nunca iba a permitir que mi fortuna cayera en malas manos.

Horas más tarde el gato negro encontraba a su amo tendido en el suelo, bajo el reflejo de la melancólica luna, a la espera de que éste se levante.

EL SECRETO ESCONDIDO DE LA INDEPENDENCIA

Por: Marry

Hace muchos años, en Santafé de Bogotá, vivía una familia charaleña, de ascendencia Guane. La familia estaba cansada del gobierno español, y apoyaron, como mucha otra gente, la causa de la independencia colombiana.

Un día como cualquier otro, la familia fue a una cafetería y casualmente conocieron a los hermanos Morales. Comenzaron a hablar y finalmente llegaron al tema de la independencia. Los hermanos Morales le comentaron sobre la llegada de Antonio Villavicencio. De repente, al padre de la familia, llamado Luis, se le ocurrió una idea y dijo:

- ¡Debemos aprovechar esta ocasión!

- ¿A qué te refieres? Dijo Ana, la esposa de Luis.

- Podemos inventar una excusa para formar una revuelta. Le pediremos al señor González Llorente que nos preste un florero para realizarle una fiesta a Antonio Villavicencio; Llorente se negará y podremos armar una revuelta...

- ¡Claro! Dijo uno de los hermanos Morales. Deberíamos hacerlo un día de mercado... ¡El viernes 20 de julio de la siguiente semana!

- ¡Perfecto! Mencionó Liliana, la hija mayor de la familia.

Todo estaba planeado. La gente los apoyaría y seguramente ganarían. Pero, ocurrió algo inesperado. Un español había escuchado toda la conversación y estaba dispuesto a comentárselo al virrey, e impedir que el plan se realizará. El español fue entonces a contarle al virrey lo que había escuchado, cuando algo extraño

sucedió, un viento muy fuerte comenzó a soplar. El hombre se elevó por los aires, y en un abrir y cerrar de ojos apareció en España. ¿Qué ha pasado? Nadie lo sabe.

Llegó el esperado día. Los hermanos Morales estaban listos. La familia Charaleña estaba lista, todo era perfecto. Y sí, todo salió a la perfección. ¡Al fin eran independientes!.. Bueno, casi independientes...

Pasaron unos años y hubo una reconquista de los españoles por líos en Colombia. La familia de Ana y Luis decidió irse de viaje al Cañón del Chicamocha. De súbito, Luis, el padre de la familia, encontró una cueva. Todos se llenaron de curiosidad. Era ya el atardecer y el sol poniente iluminaba con fuerza la entrada de la cueva. Ana, la madre, dijo:

- Creo que hemos encontrado la tumba del antiguo cacique Guanentá.

Según la leyenda, la tumba del cacique quedó escondida y nadie la había podido encontrar.

- Así es. Se escuchó. Todos se estremecieron.

- No teman. Yo soy el Cacique Guanentá. Soy tu tatarabuelo Ana.

Ana no lo podía creer. Era descendiente Guane.

El Cacique los instó a hacer algo para independizarse por completo, porque los españoles estaban a punto de tomarse el poder pleno.

- Yo les ayudaré a lograr ese objetivo, pero deben mantenerlo en secreto, y jamás le cuenten a nadie donde está mi tumba...Dijo el Cacique.

Sin que lo esperasen, apareció tras el Cacique, un gran ejercito de soldados guanes, mujeres y niños también. Todos dispuestos a enfrentar a aquellos hombres que los habían matado. Dijo el cacique:

- Un español escuchó vuestros planes del 20 de julio, y se los iba a arruinar. Pero nuestros espíritus lo alejaron llevándolo de regreso a España. Deben ir a Charalá, para el cuatro de agosto enfrentar a un refuerzo del ejército español, y así lograr nuestra independencia el siete de agosto en Boyacá.

Todos estaban listos. Sin embargo, sucedió algo inesperado. Unos españoles los capturaron camino a Charalá para fusilarlos. Estando en la cárcel, la familia pidió ayuda a los espíritus guanes. Media hora después hubo un fuerte temblor que derribó las celdas y una gran nube de polvo se levantó impidiendo que los españoles notaran el escape de la familia. Un viento fuerte sopló llevando a aquellos españoles a España, y a la familia de Ana y Luis a Charalá. Ya en Charalá, la familia le dio aviso a la gente sobre lo que deberían hacer para apoyar la independencia, y todos los lugareños los apoyaron.

Llegó el día de la batalla. Todos estaban angustiados. Los charaleños llegaron de madrugada al campamento español y comenzaron a combatir a los españoles. Eran cientos y cientos los españoles que había en aquel lugar, así que, los que no estaban heridos comenzaron a luchar contra los charaleños. Al comienzo, los patriotas iban ganando, pero luego los españoles tomaron el poder y mataron a trescientos charaleños, valientes y luchadores todos ellos. El pueblo se estaba dando por vencido. Los españoles estaban ganando. ¿Qué harían?...

Se escucharon entonces, un sin número de fuertes gritos y grandes tambores y flautas, que cada vez se acercaban más. Los españoles se estremecieron y detrás de los charaleños surgió un ejército de más de mil hombres y mujeres que venían a luchar, eran los espíritus de los ancestros guanes. Y así fue como pudieron lograr la independencia, pero no por completo, faltaba un último esfuerzo en Boyacá. La gente luchó junto a los espíritus guanes, que les daban fuerza. Fue de este modo que Colombia logró su independencia.

La familia de Ana y Luis agradeció a sus antepasados guanes, y todos vivieron felices porque al fin había llegado su libertad.

INOLVIDABLE DESPEDIDA

Por: Moi Torres T

Un salpicón de emociones me acompañaron aquel triste y largo Domingo, eran las 7 am, esperaba la señal que confirmaría mi partida. Con los nervios de punta y viendo a mi TIA ABUELA CRISTINA, como se paseaba de un lado a otro un poco intranquila, podía notar la desolación que la embargaba; Después de mi MADRE, es la persona que más me ama, lo confirmé allí en esos instantes de dolor. ELLA, tan linda, ya con 83 vueltas al sol, a pesar de su edad, siempre está atenta a las cosas de la casa; Un mal llamado diabetes la acompaña hace más de quince años, con todo y eso siempre se muestra agradecida con la vida, con la familia, con las personas; Ama a los animales y plantas, eso es lo que me hace admirarla.

Por otro lado, mi TIO ABUELO SANTOS, se asegura de que mi maleta esté lista, mis documentos, mi bolso de mano y que lleve unos cuantos pesos para lo que pueda necesitar. EL, con su mirada apagada por los años, sin necesidad de hablar me dice que todo va a estar bien y que será lo mejor para mí. YO, queriendo convencerme de ello, pero en realidad, una parte de mí se quería ir, la otra en cambio quería deshacer esa cruel e INOLVIDABLE DESPEDIDA. Me pregunto ¿para quien pudo ser más doloroso? Quizás para mi ABUELO MODESTO que no había mencionado, El en realidad es una de las personas más importantes de mi vida, no solo por parentesco, también porque considero que me ha enseñado muchas cosas, por ejemplo: A construir un carro de balineras, a atar los cordones de mis zapatos, entre otras. El, en medio de la arrogancia que lo caracteriza, siempre muestra su lado más amable para mí, lo dice y lo demuestra, siempre ha sido mi caballero de armadura, mi protector, también cómplice de este drama.

Corrieron los minutos, suena el teléfono, era la llamada de mi MADRE, su trabajo y la distancia impidieron que nos acompañáramos por un tiempo, eso era algo que estaba a punto de acabar. Debo reconocer que una Madre es irreemplazable, pues a pesar de los cuidados de mis abuelos y de mi padre, su lugar en mi corazón estaba reservado sólo para ella, sabía que volvería por mí. Así fue, estaba allí; Mi angelical Angélica, Ella, mi complemento, mi hoja guía, habíamos planeado este encuentro y a la vez despedida hace unos cuantos días sin imaginar lo que ocurriría en el momento del acto.

A tan sólo un momento de colgar tocan la puerta, no hubo necesidad de que anunciaran de quien se trataba, bastaba con sólo ver sus rostros, esos rostros que completan las figuras de personajes tan lindos e importantes para MI, quienes me han acompañado por varios amaneceres y anocheceres; Mi Tío, Mi Tía y Mi Abuelo, los tres corrieron a abrazarme; Yo como siempre, tratando de hacerme el fuerte, en realidad sentía como todo ese sentimiento se transformaba en partículas liquidas que salían de mis ojos de una forma inevitable, eran mis lágrimas.

Se acerca, la hora, el instante, ese que promete un nuevo cambio para mi bien. Por otro lado se encontraba mi PADRE GERARDO, quien había salido para el mercado como de costumbre los DOMINGOS, Ignoraba lo que sucedía en casa en ese momento pues tuvimos que planearlo sin su consentimiento, es algo complicado negociar con su carácter, sumado a la combinación de mi conducta y su personalidad que no hacían contraste, por el contrario, crearon muchas diferencias. Me hubiese gustado entenderle y que El también hubiese sabido lidiar con esta inquieta etapa de mi pre adolescencia, así somos los humanos; Imperfectos!

Mi MADRE esperaba en un taxi por Mí, cada escalón que bajaba me acercaba más a Ella y me alejaba de mis otros, esos Seres que me acompañaron en muchos de mis lindos tiempos, media vida mía quedaba allí en ese lugar, hermoso lugar! Más desgarrador fue al voltear a verlos, Ellos, Los Tres, con sus ojos encharcados en lágrimas me veían desaparecer por aquellas calles del barrio LA CABRERA.

Al apagarse ya aquel día, siendo más de las 6 pm, tomamos el autobús que nos llevaría a la ciudad de BUCARAMANGA, donde se empieza ya a escribir una nueva historia, con nuevos rostros, creando nuevos recuerdos y nuevos amigos, al lado de mi MADRE, sobre saliendo en mis notas académicas en mi nuevo Colegio. Es así como debo seguir para tocar mis sueños y ser lo que quiero llegar a ser, ARQUITECTO, no sólo de mi vida, también de profesión y así poder devolver con intereses en vida a quienes me han apoyado, los mismos protagonistas de este cuento.

¡Saldremos adelante!

Documento de Identidad y Muerte

Hugo Nöel Santander Ferreira

A Alix Fuentes, Vda de Santander

Le pregunté al bisabuelo Rigoberto, alto, fornido, de amplias patillas grises, si había perdido su índice derecho durante sus años de matarife y al tiempo que negaba con un gesto me dijo que en sus años mozos las cédulas de ciudadanía registraban la filiación partidista de sus portadores. Así el liberal era rojo de por vida, y el conservador azul hasta su muerte. Cambiar de bando no era ni tan siquiera considerado una traición; era, simplemente, inaceptable.

Durante el gobierno de los liberales mi bisabuelo viajó con Elías, su hijo de tres años, al fondo de un autobús de Barichara a Bucaramanga.

A su costado iba Elvia de Jesús Gómez, matriarca liberal, amiga de su infancia y hasta entonces su rival política. Elvia era conocida por sus anchas caderas, que le habían entregado una prole de seis críos, y por su devoción a la Virgen del Carmen, a quien le había dedicado una capillita a las afueras del ancianato de Barichara. Corría el mes de marzo del año 1950 y ambos paisanos discutieron la guerra civil que ya se delineaba entre ambas facciones políticas a causa de oportunistas mandatarios que descubrían en la incitación al asesinato una mina de poder.

—Los más beneficiados por el asesinato de Gaitán —le dijo Elvia—, fueron Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez. Nunca antes un pueblo había apoyado a dos políticos con tanto fanatismo.

—Dicen que fue un joven comunista de apellido Castro el que quiso que se repitiera en Colombia el conflicto que desencadenó la muerte del archiduque

de Austria en Sarajevo —asintió mi abuelo—. Me lo dijo un amigo del asesino Roa, a quien subvencionaron tres noches de francachela en el hotel Tequendama.

— ¿Se refiere a la primera guerra mundial? ¿Usted cree que un joven alevoso haya jugado con nuestro país de esa manera?

—Todo se puede esperar de un colono cubano —asintió mi abuelo—. A esa edad los hombres son capaces de incendiar el universo por alcanzar una gota de poder. No dudo que las sábanas de satín y las mujeres de la vida alegre atraídas por los aposentos de los jóvenes participantes en la Conferencia Interamericana de Estudiantes, hayan enloquecido a aquel infeliz embolador de zapatos.

—Esas teorías conspiratorias son muy difíciles de creer. El pobre Roa terminó linchado; dudo que pueda corroborar su teoría.

Ambos manifestaban su preocupaciónón porque la violencia llegara a Barichara cuando, en las inmediaciones de San Gil, a orillas del río Suárez, un grupo de policías detuvo al conductor.

Un oficial entró y requirió su cédula de ciudadanía.

—Afuera —ordenó luego de haber estudiado a los pasajeros.

El conductor fue golpeado por tres policías, quienes, sin consideración por los niños recostados contra las ventanas, lo arrodillaron y le dispararon a plena luz del día. Mi bisabuelo reconoció en la víctima a un partidario de su facción. La operación se repitió con cada pasajero: cada conservador era inmolado, cada liberal era perdonado. Una arenga acompañaba la agonía de las víctimas. Quien oponía resistencia era herido en su estómago con un fusil. Cuando el gendarme preguntó a mi abuelo por sus papeles, Rigoberto abrió los ojos estupefacto:

— ¡No la tengo —exclamó—, pues los conservadores me la decomisaron en Barichara durante las últimas elecciones! ¡Qué viva el partido liberal!

— ¡Qué viva! —exclamo al unísono una multitud de pasajeros amedrentados.

Aquel jolgorio se tornó inapropiado a medida que los policías endurecieron su semblante. Luego de requisar sus ropas y sus pertenencias, un gendarme preguntó a la concurrencia si alguien podía corroborar su testimonio. Elvia Gómez se levantó y aseguró haber estado presente cuando los conservadores despojaron a Rigoberto de su cédula de ciudadanía.

—Nadie se atrevió a refutarla —dijo mi abuelo—, si bien tampoco nadie quiso respaldarla.

—Le daremos el beneficio de la duda —dijo altanero el jefe de los policías—. Espero que no lo esté encubriendo, Doña Elvia. La policía liberal la protege hoy, pero el ejército Chulavita no es tan comprensivo con liberales como usted.

Un pasajero calvo y quincuagenario de anchas espaldas y bigote ralo se ofreció para conducir el bus por el resto del trayecto. Sólo entonces mi abuelo trasbocó sobre el pasillo, ante los demás pasajeros, una masa de tinta, sangre, cuero y papel desgarrada.

— ¡Agua! —gimió débilmente.

— ¡La mascó y la engulló trozo por trozo! —exclamó una dama sexagenaria de rubicundos pómulos a la par que le ofrecía una cantimplora con aguardiente.

Dos semanas después el ejército Chulavita de los conservadores se tomaron el pueblo en horas de la madrugada.

—Pregunté por el comandante de la escuadra —tartamudeó mi abuelo a modo de confesión—, un Capitán Montoya. Le rogué que perdonara a Elvia Gómez, pero él hizo caso omiso, aduciendo que sus esbirros habían violado y ahorcado a dos curas y una monja.

—Debo vengar a los muertos de los altos de Pescadero—me dijo con aires de complicidad.

Sólo entonces reconocí al hombre calvo de bigote prusiano que nos había conducido desde el lugar de la masacre hasta Bucaramanga.

— ¿Usted? —pregunté sorprendido.

—Todos tenemos derecho a fraguar argucias para salvarnos —asintió el Capitán Montoya—. El gobierno de Laureano Gómez me permite llevar dos cédulas.

Me retiré contrariado y espoleé mi caballo. Galopé con mi mayordomo hasta la casa de los Gómez. Allí vi a Elvia apuntando con un rifle a una banda de soldados de Sogamoso a través de su ventana.

— ¡No la ataquen! —dije levantando los brazos, a la par que el disparó una bala me destrozaba el dedo.

— ¿Ella disparó? —pregunté.

—No —dijo riendo complacido—; fue el Capitán Montoya, quien me había seguido sospechando mis intenciones. Pero el Chulavita se sintió tan apenado que mientras me atendían Elvia se dio a la fuga con su prole.

La nueva rocola

Por: Amatista

Íbamos pasando y lo primero que oímos fue Oriente de Henry Fiol. Decidimos entrar entonces. Subimos en un santiamén las escaleras y nos encontramos con la misma tiendita que conocíamos desde hacía varios años. La única tienda en el barrio que funciona extrañamente en un segundo piso.

Todo permanecía igual: las vitrinas de aluminio empañado con paquetes de papas y pan mohoso, los estantes de madera ruinosa donde permanecen impasibles unas botellas de brandy Cinco Estrellas y aguardiente Cristal, las mesitas de tres patas, las sillas Rimax con marcas de cigarrillos apagados y los cuadros empolvados, con publicidad antiquísima de algunos productos que ya no circulan en el mercado.

Todo era igual a como lo recordaba. De niño visitaba la tienda porque había una máquina de Poly Station que funcionaba con monedas de cincuenta pesos, pero desde que el día que la quitaron no volví más. Sin embargo, parecía como si el tiempo no pasara en aquel lugar, como si el discurrir de los años se hubiera congelado para siempre en esas cuatro paredes.

A decir verdad, no me sorprendió tanto este hecho. Lo único extraño y que nos asombró a nosotros fue la rocola luminosa que estaba dispuesta en uno de los rincones de la tienda. De ahí provenía la música que nos había convencido de entrar, a pesar de que no teníamos ganas ni mucha plata para bebernos unas cervezas.

—Hasta ayer me la trajeron—dijo Don Toño, el regente, mientras nosotros la mirábamos—. Me la dieron por una plata que me debían. ¿Qué les parece? Bonita, ¿cierto?

—Sí, vecino, para qué pero está bien bacana—respondí a la vez que me acercaba a inspeccionarla—. Con tal que no tenga tecnocumbias todo está bien, porque ahí sí se le llena este chuzo.... pero de ñeros.

Soltamos la risa y nos sentamos en una de las mesas. Pedimos dos Club Colombia bien heladas y nos pusimos a escuchar la canción que ya estaba por terminar. La voz gangosa y melancólica de Henry Fiol retumbaba y todo parecía tan triste, tan oscuro en esa tienda. Pensé que hacía falta un sitio así en el barrio, un lugar para alejarse de la cotidianidad y escuchar buena música y echarse unos tragos. Pensé que tal vez de ahí en adelante regresaría seguido.

La salsa se terminó y dio paso a un horrible narcocorrido. Entonces busque unas monedas en mi bolso y me dirigí a la rocola. Era en forma de guitarrón, con una pantalla mediana donde uno podía buscar y seleccionar las canciones, ya fuera por artistas o por géneros. Las luces que tenía alrededor relampagueaban e iluminaban brevemente las paredes de color rojo.

–¿Qué puso? —me preguntó Don Toño.

—Dos mil de pesos de pura salsa, salsa brava—respondí yo a la vez que pedía otra ronda de cervezas con la mano y regresaba a la mesa.

La música empezó a sonar. Primero La Sitiera de Charanga Colonial, una versión en vivo de diez minutos donde improvisan de maravilla en el piano. Luego, El Cantante de Héctor Lavoe, que entonábamos a ratos mientras mirábamos a la gente pasar en la calle de abajo. Y así hasta que oscureció totalmente y nos dimos cuenta de que ya no sonaba salsa y no teníamos más plata para la rocola.

Don Toño nos siguió sirviendo cerveza hasta las ocho de la noche. Reunimos unos cuantos billetes arrugados y pagamos una parte de la deuda. Le dijimos que en esa semana le terminábamos de pagar, que nos apuntara en el cuaderno, que cualquier cosa sabía dónde vivíamos. Él hizo mala cara pero al fin dijo que sí, que no le quedáramos mal.

Como pudimos bajamos las escaleras y seguimos cada quién para su casa. Al otro día, ya sobrio, recordé la rocola de Don Toño y pensé que si seguía fiándole así a la gente del barrio, muy pronto tendría que venderla para no quedar en bancarrota.

LUNES DE DIFUNTOS

Por: RENZO ORLANDO GUTIÉRREZ RIVERA

En el cruce de la calle cuarenta y cinco, entre carreras doce y trece, al costado sur, frente al parque Romero queda el cementerio municipal de la ciudad de Bucaramanga. Siete éramos los integrantes de la banda, quienes, cada lunes a las dos de la tarde, sin importar que alumbrara el sol o cayera la lluvia, nos encontrábamos para desarrollar un particular oficio dentro del camposanto.

Allí, días atrás habíamos enterrado a la abuela. Lo recuerdo porque después de terminadas las honras fúnebres, nos desplazamos hacia la Última Lagrima, sobre la cuarenta y cinco, diagonal al parque. Mi padre y mis parientes procuraban, en aquella tienda, ahogar la pena bebiendo licor. En ese mismo lugar, observé otra gente, tal vez, en el mismo trance de mi familia, pero no los veía llorar, hablaban tonterías y reían. Solo esperaban que les gastaran la otra. A la vieja rocola, una y otra vez, le introducían monedas para escuchar la profética canción: «...suspirando porque un día como canta el trovero pueda dormirse por siempre frente a tu Parque Romero».

Agarrado a la reja republicana del cementerio, miraba el fin de la vida a lo profundo del lugar. Mis amigos y yo, los siete de calzón corto, con tirantes y cambiando muelas, cada lunes antes de ingresar debíamos escuchar el regaño de ‘padre y muy señor mío’ que nos regalaba Puerta: «Deben respetar a los muertos, no jugar con las veladoras ni con los restos, no gritar, no correr por los pasillos, cobrar los precios justos y, al finalizar la jornada guardar las escaleras en la bodega».

Corríamos en busca de las escaleras de madera. El problema era que solo había seis. Faltaba una escalera o sobraba un integrante. Cual gacel, siempre alcanzaba a apoderarme de una. De común acuerdo, quien no alcanzara escalera, se convertía en auxiliar y todos, al finalizar la tarde, le daríamos propina.

Tras nosotros entraba un grupo de enlutadas personas, que acudían a rezar, que pedían indulgencia por almas en pena; esas que necesitaban el valioso empujón para aligerar la subida al cielo o, por lo menos, mermarle a la candela del purgatorio; otros, ingresaban directamente a la capilla a orar e introducían una moneda de mínima denominación a manera de diezmo en el candelabro, se persignaban y al hablar lo hacían en susurro; unos más, revelaban afán y seguían en busca del sitio donde estuviera el pariente o el difunto a saludar o, tal vez, a certificar el deceso de alguien conocido.

Los siete guerreros nos dispersábamos por el ‘barrio los acostados’ como le decíamos en gracejo al sitio. Pregonábamos a viva voz: «limpio lápidas, corto flores, cambio agua de los floreros y adorno tumbas». Íbamos con la artillería necesaria para atender a los contritos clientes: un botellón de agua, un pequeño cuchillo de cocina sacado sin permiso de la casa y un par de trapos viejos.

A medida que iba pasando la tarde el sitio se congestionaba. El presbítero Gastón, de buena panza, siempre los lunes se veía apurado: a grandes zancadas avanzaba por el cementerio, seguido por un imberbe monaguillo, quien, con su botafumeiro, nimbaba el recorrido. Gastón, con fervor y misticismo, prodigaba letanías y bienaventuranzas frente a la tumba de un finado, decía unas palabras raras como si hiciera un conjuro y finalizaba su actuar bendiciendo con un par de latigazos deformes a manera de cruz.

Él rezaba y ellos rezaban con él.

Una vez le cancelaban los cinco pesos, los introducía en el bolsillo de su sotana y, con un gesto particular que al vuelo entendía el acólito, se retiraban en busca de otros apesadumbrados.

Por los mínimos ingresos obtenidos en mi oficio, alguna vez me atreví a soñar que podría ser presbítero, pero sabía que debería ser primero acólito. Entonces recordé las palabras de mi amigo Julián, el monaguillo, cuando le di a conocer mis sueños. Corroído de curiosidad, deslizando o arrastrando de manera continua el dedo pulgar sobre el índice le pregunté que si él ganaba dinero en este oficio. Él, de inmediato, arrugó la cara y con poco entusiasmo me dijo que: «En esto no se gana nada..., menos con Gastón». Sus palabras despedazaron mis sueños y decidí que era mejor seguir limpiando las lápidas de los muertos cada lunes.

La labor era sencilla y lo cumplía en cinco minutos. Debía subir con mis arreos y el esponjado ramo de flores. Limpiar y ornar la lápida para que el cliente, una vez terminado el trabajo, me cancelara la módica suma de cincuenta centavos; pero, era mejor demostrar esfuerzo, excepto cuando los rogantes estaban apremiados y, en ese caso daban más propina.

Algunos afligidos romeros me rapaban la escalerita para hacer ellos mi labor. Se justificaban diciendo que eran del cementerio y, por tanto, estaban para el uso de todo el mundo. No protestaba y así no recibiría ni sopapo ni coscorrón.

Las clientas más importantes, las que más me interesaban eran las señoras que tenían dificultad para aproximarse a la tumba del finado cuando estaba en lo más alto del panteón. Ya las conocía y estaba al acecho para ayudarlas. Las contratantes me pedían que golpeara la losa y que le dijera a Benito, a María, a Luisa o, como se llamara el finado, que en casa lo recordaban y que pronto estarían con él.

Un lunes me contrató una joven y gordita señora. Me entregó un esponjado ramo de flores. A medida que iba subiendo en busca de la tumba, espantaba unos alevosos moscos. Retiré las marchitas flores, las lancé al piso, limpié la lápida y puse el nuevo ramo. Destapé la pesada botella de agua, agregué al florero cantidad suficiente, volví a tapar y descendí. La señora me canceló los cincuenta centavos. A diferencia de las otras no envió saludos ni mensajes a los despojos; por el contrario, antes de retirarme, la dama con rígida convicción, de forma inesperada, cogió la escalera y subió los peldaños con dificultad. Alcanzó la exacta bóveda donde descansaba su amado Juan. En una acción hercúlea sostuve la escalera con mis dos manos. Desde abajo observaba. Ella, con su mano empuñada, golpeaba sin tregua la lápida en medio de sollozos. Era una escena de duelo. Repetía: «Mentiroso, mentiroso, mentiroso, sus esperanzas, sus promesas nunca dieron frutos. Lo suyo fue solo ilusión. Aún, después de muerto me hace sufrir...» Después de su vuelo, entre sollozos descendió. Me apoderé nuevamente de la escalera. Ella se perdió furtivamente entre los romeros visitantes.

Ese mismo lunes, una hora más tarde, mi compañero, el auxiliar, me alcanzó con un silbido y con una seña de mano me notificó que era solicitado en el panteón donde estaba la bóveda que había ornado a solicitud de la robusta señora. En un dos por tres llegué al sitio.

En el lugar estaba otra mujer, no madura, de rebozo blanco, que me colmó de preguntas; preguntas que no contesté inmediatamente. Exigía conocer quién había ordenado la limpieza. Aprovechando el apuro y sabiendo que no necesitaba mis servicios, antes de soltar palabra le dije: «vale setenta centavos». Sin regatear canceló. Una vez guardé la paga en mis bolsillos, sin aspaviento di una parrafada de detalles de la mujer gorda que me había contratado.

Durante la semana de ocio le conté a un tío de mis apegos el incidente y le pregunté cosas al respecto. Me descubrió. Me quitó la inocencia. Comprendí que entre el finado Juan y esas dos extrañas mujeres había un problema.

El lunes siguiente, dispuesto a repetir la historia, amaestrado como gallo fino, con la espuela lista, sabiendo que de manera exclusiva me contrataría alguna de las dos mujeres, subí los

precios. Ya había atendido dos o tres clientes. A las tres de la tarde, según mis cálculos, debía hacer ronda por el panteón del finado Juan. Cuando llegué al sitio metí un frenazo al ver a las dos señoras: la del rebozo blanco y la mujer gordita. Las dos se miraban desafiantes, no pestañeaban. Una trataba de sonreír, la otra estaba triste. Las miré, pero ninguna de las dos hizo intento alguno por contratarme. Lancé una miraba hacia el panteón. Quedé con la boca abierta. ¡La bóveda de don Juan Tenorio estaba vacía!

En la otra esquina, cerca al panteón, en silencio, una mujer que emanaba un agradable perfume, muy femenino, por cierto, con mirada de censura, devorada por un misterioso e inenarrable placer, todavía con aire de pesadumbre sonreía ante la postura de las dos señoras.

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