domingo 14 de diciembre de 2008 - 10:00 AM

Las tropas del Café

Carlos Rivera ha andado tanto tiempo por los cafetales colombianos, que ya se le olvidó si el pueblo donde nació queda en Chocó o en Antioquia. Y eso que sólo tiene 30 años, pero lleva 20 recogiendo café.

Este hombre curtido por el sol y también por la lluvia, dice que salió de Carmen del Chocó con sus cinco hermanos cuando su papá murió y hasta la fecha, no sabe qué pasó con ellos ni mucho menos con su mamá.

'Es que me volví andariego'. Y lo hizo desde tan chiquito, que su pueblo, por lo menos, así como lo nombra, ni siquiera aparece registrado en el mapa de Colombia.

'Caí fue a la zona cafetera', dice. Y así empezó a labrar su destino de cafetal en cafetal; pegado a ese ‘pelotón’ errante que se mueve por el país tras las grandes cosechas: cuando termina en Antioquia se mueve a Caldas, al Tolima, al Huila y claro, también a Santander. Carlos Rivera ha recogido café hasta en la Sierra Nevada de Santa Marta.

La primera vez que recogió fue en Betulia, un municipio antioqueño donde la reina de todas las fiestas es la que hacen en honor a la Cosecha. Y no ha parado. Tenía 10 años.

'La segunda me abrí pa’los lados de Chinchiná, Caldas, pero eso es mucho desatine. Allá prácticamente no dejan madurar el café porque lo cogen cada 15 días y uno gana muy poquito', dice.

Es que vivir de recoger café tiene su ciencia. Y la clave está en volverse un ‘coco’. Pero para eso hay que tener, como dice Carlos Rivera, 'bien suelta la mano'.

En el Beneficio

Así llaman al lugar donde al final del día se reúne el ‘ejército’ de recolectores para pesar las pepas de café y saber si rindió o no rindió.

En la hacienda El Roble, en la Mesa de los Santos, a tan sólo 40 minutos de Bucaramanga, después de las cuatro y media de la tarde, empiezan a aparecer los hombres y las mujeres que trabajan en los cortes más cercanos al Beneficio.

Llegan solitarios con sus sacos a cuestas, uno por uno.

En esta época es común verlos caminar en medio de una llovizna constante y cubiertos con plásticos negros.

Pero en menos de una hora el lugar se convierte en una plaza de mercado. Tractores repletos de sacos echan reversa para acercarse al Beneficio. Los diez primeros recolectores que ya pesaron sus pepas se confunden con los que bajan de los tractores, con los que cargan y descargan los sacos. Son 50, 100, 150, 200 hombres que mezclan su sudor con la lluvia y el humo que sale de sus cigarrillos sin filtro. Es una multitud que según cuentas del administrador de la hacienda, Fermín Alba Quesada, alcanzó en noviembre, durante el ‘pico’ de cosecha, los 526 recolectores, de los cuales 68 eran mujeres.

Don Fermín, un hombre que sin sombrero no puede pesar el café, dice que cada año los recolectores llegan solos y repiten.

'Hay costeños, del sur del Cesar, del sur de Bolívar, Medellín, Tolima, San Vicente de Chucurí, Mogotes, San Gil, San Andrés, Charta, Socorro… y de todas las edades, desde los 16 hasta los 65 años', explica.

Una tercera parte es de Santander y los demás recolectores llegan de afuera. Hay, por ejemplo, un grupo de pescadores de la ciénaga de Zapatosa que viene de Saloa, un pequeño corregimiento de Chimichagua en el centro del Cesar. Es la primera vez que recogen café en Santander y se enteraron a través de Miguel Ángel Gómez, un joven santandereano de 22 años que empezó siendo obrero en El Roble y ahora es contratista.

'Como los cortes los ven buenos vienen a pedir trabajo donde está mejor. Es que aquí las órdenes son recoger bien. Y ese es otro de los secretos: no dañar la matica de café, porque si uno la daña, pa’l otro año esa matica ya no da y nosotros nos perjudicamos', dice.

Carlos Rivera, que hace parte del grupo que dirige Miguel Ángel, añade como el más experimentado maestro: '(…) y no hay que echar tanto verde pa’que la otra vez que pase uno, haya buen cafecito maduro'.

Así es que se forman los ‘cocos’. 'Yo tengo varios que se cogen 400 kilos diarios que son ocho bultos de café. Hacen lo de 2 y 3 obreros. Son los que se la pasan de cosecha en cosecha', explica.

Miguel Ángel empezó a los 16 años abonando café. Uno de sus cuñados era contratista en El Roble y lo enganchó. Ahora el turno es suyo y gran parte de su familia se traslada año tras año desde Lebrija a la Mesa de los Santos. Hasta su hermana, Diana Gómez, de 20, se le midió a recoger café. Y no le va mal. 'Me hago por ahí unos 110 kilos diarios', dice.

Los 24 recolectores a cargo de Miguel Ángel, según las cuentas a la hora de la pesada, se hacen en promedio tres mil kilos diarios.

Alfonso Marín, un recolector de 43 años que hace nueve viene a El Roble desde Coromoro, un municipio santandereano, dice que la primera vez fue en un enero en que todavía había café y que en ese entonces recogía en promedio 50 kilos. Ahora puede recoger entre 150 y 180 kilos diarios.

Lo bueno, bueno

También hay que saber cuando 'se le mete la uña' al café. Eso lo aprendió desde sus inicios como recolector Sergio Castellanos, un sangileño de 22 años que afirma que en El Roble las cosas son a otro precio.

'Aquí es diferente. Toca que sin hoja, que sin verde y el pintón dejarlo en la mata para que se madure más. En San Gil era al contrario. Uno recogía casi por parejo', cuenta.

Este joven se enteró de las productivas cosechas en la hacienda El Roble, hace seis años. 'Fue por un muchacho que ya había estado acá. Me dijo que se ganaba más plata, me fui a experimentar y me amañé'.

Y aunque cuando Sergio Castellanos se presentó por primera vez era tan sólo un niño y la administración de la hacienda le exigió sacar un permiso en la Oficina de Trabajo, él no se achicopaló. Así trabajó hasta que cumplió los 18. Incluso, fue al Ejército y regresó.

'Cuando está bien bueno me hago unos 250 kilos diarios. Cuando la mata está más cargada, más maduras las pepas, entonces uno sabe que debe meter más la uña'.
Confiesa que con este invierno tan fuerte, por más que aguantan, el frío termina por encalambrarles las manos y los manda temprano a los campamentos donde duermen. 'Claro, merma la recogida, pero con temperatura normal, uno, mejor dicho, con toda la moral…', afirma.

A Sergio le sucede lo que a Carlos Rivera. Son tantas las ganas de recoger las pepas que ni siquiera esperan a que el día aclare.

'Hay gente que se levanta a las cuatro de la mañana a meterse al corte. Eso sí que es una exageración. Yo me meto por ahí a las cinco y media para ir tanteando', dice el paisa mientras suelta la risa y muestra la mano moviéndola descontrolada como si buscara en la oscuridad. 'Así parecemos'.

Ya casi sobre la seis de la tarde, cientos de sacos se acumulan unos sobre otros esperando su turno de pesado.

Mientras don Fermín cumple milimétricamente la tarea, una tropa de hombres y mujeres se acomoda muy cerca. Cuchichean, fuman, fuman y continúan fumando. Su aliento, desparramado por el frío, se confunde con el humo.

Don Fermín dice que así como terminan el día, lo empiezan: 'Sí, este gentío es igualitico a las cinco de la mañana'.

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