domingo 09 de junio de 2019 - 12:00 AM

“Los finales son inicios de grandes oportunidades”

Un padre amoroso que se esforzó por inculcarle el amor al estudio, una familia unida, un deseo inquebrantable de luchar, un hacerle caso a su intuición y su fe, son los elementos claves de la historia de vida de Margy León, una mujer que no se conformó con las circunstancias, las transformó.

Una gripa, dolor de cabeza. Unas pastillas recomendadas por el médico y, apenas unas horas después, la hinchazón de todo el cuerpo sin descubrir la causa: esta fue la primera vez que Margy León se enfrentó con la muerte.

Era 1971, San Gil. Margy, la segunda entre ocho hermanos, escuchó que un médico le decía a Benigno, su papá: “de esta la niña no se salva”. En ese momento, pensó: para qué seguir.

Le pidió a las monjas normalistas de su antiguo colegio que la dejaran ir. Pero ellas le respondían que debía luchar.

Su amiga, Martha Nova, y uno de sus profesores del colegio donde cursaba cuarto de bachillerato -según la denominación de la época-, San José de Guanentá, estaban ya listos para llevarla a Bogotá.

Tenían que impedir que Margy, tan querida por sus cercanos, se les fuera.

Pero no pasó. No hubo tiempo. Exactamente un mes después del ingreso de Margy al Hospital de San Gil por una misteriosa afección, mudó de piel, como lo hacen algunos animales en la naturaleza, y salió victoriosa. Tenía 18 años.

A partir de entonces, la tenacidad y la fe la acompañan siempre. Incluso ahora, cuando está lista para operarse y así superar el cáncer de seno.

Margy es fuerte. Sus amigos dicen que a primera vista parece muy estricta, pero que en realidad es una mujer sensible, que escucha. Y es verdad. Margy León está siempre lista para dejarse sorprender por la vida, para hacer lo que es correcto.

Asumió con seriedad la dirección regional del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar durante casi 4 años y cada uno de los 42 años y siete meses que pasó en el Icbf dio más del 100 por ciento de su energía para encontrar un hogar, amor, para los niños que no lo tienen.

Hace apenas un par de semanas renunció al cargo. Está lista para dar, una vez más, la batalla para salvar su vida.

Si pasas por San Gil”

En la sede regional del Icbf, en el barrio La Juventud, de Bucaramanga, los niños corren para abrazar a Margy y posar para la foto con ella. Sus colegas tienen sentimientos encontrados: la extrañarán, pero saben que debe hacerlo.

“Siempre fue más que la coordinadora del Centro Zonal Sur. Fue la amiga, la persona que nosotras esperábamos. Yo la llamo “Mi guerrera” por todo lo que ella ha pasado, lo que ha tenido que vivir y superarse”, cuenta Nelfi Chacón Torres, una madre comunitaria que conoce desde hace 30 años a Margy.

En alguna ocasión, Nelfi y otras madres comunitarias hicieron un plantón frente al Instituto, Margy en la dirección regional. Fue un momento de ataque, con el diálogo las cosas se solucionaron.

Margy escucha. Es formal, pero sensible a los problemas de otros. Es consciente. La vida en medio de los recursos limitados en su San Gil natal la enseñó a ser ordenada, con ganas de avanzar, pero correcta.

Siempre amó el estudio. “Mi papá decía: lo que les da uno es el estudio y dónde meter la cabeza”. Y este papá fue tambien mamá para ellos. Hacía el tinto, barría, criaba a animales. A cada uno le daba un pollito fino que debía cuidar. Y su mamá, Teresa Triana, dio la vida por ella. Margy lo cree así.

Tras recuperarse del misterioso episodio médico, al año siguiente, su mamá falleció de cáncer en el estómago, en 1972. Margy, en su fé católica, considera que su mamá oró mucho por ella. Es lo que puede pesar cuando reconoce que su mamá fue siempre una mujer muy sana.

Como su hermana mayor, Inés, estudiaba en Oiba para ser docente, Margy se encargó de cuidar de sus hermanos. Se graduó con apenas ocho mujeres más en el San José de Guanentá, apenas el año anterior se les había dado la oportunidad de estudiar en el colegio.

Por eso años, San Gil experimentaba una ola de modernidad. De la terminal, ubicada en el parque La Libertad, salían buses y taxis con jóvenes que anhelaban expandir sus horizontes hacia Bucaramanga, hacia Bogotá. Margy entre ellos.

Una mujer luchadora

Margy recuerda muy bien los nombres, las fechas. Recuerda que en 1973 se fue para Bogotá para trabajar con un familiar y estudiar secretariado comercial, pero la capital no le gustó: todo muy lejos, todo muy frío. Regresó a su tierra solo para viajar de nuevo: se fue con las monjas en un voluntariado seglar en El Tarra, Norte de Santander.

Margy cuenta que El Tarra vivía por los años 70 una confrontación entre terratenientes y colonos y el Ejército fue requerido. Con ellos llegó quién sería su esposo por alrededor de dos décadas. Él le llevó serenata, le dijo que era de Bucaramanga.

Cuando se trasladó a la Ciudad Bonita para trabajar como profesora interna en el Colegio María Auxiliadora durante los años 1975 y 76, se reencontraron: ella llevó a las estudiantes a una misa en la catedral La Sagrada Familia y él la vio desde el Parque Santander. Se casaron ese año 76.

En enero de ese año, el Ministerio de Educación Nacional incluyó a la educación preescolar en el sistema formal de educación y propuso dos grados no obligatorios. También se crearon los Hogares Infantiles, bajo la presidencia de Alfonso López, quien organizó el Instituto de Bienestar Familiar.

Alfonso Pinto, uno de sus amigos de infancia, le comentó que el Icbf recibía hojas de vida para el cargo de directora de un hogar infantil en San Gil. Pinto había promovido, gracias a la amistad de su padre con el presidente López y con la primera dama, Cecilia Caballero, que en San Gil se creara una de las primeras sedes del Instituto.

Margy llevó su hoja de vida. Esperó: en el colegio ganaba mil 980 pesos, en el hogar, 4 mil 400. Como ya tenía experiencia en el magisterio, la contrataron.

Pero cuando las cajas de compensación familiar se hicieron cargo de los hogares infantiles, Margy se vio enfrentada a un nuevo reto: seguir en el Icbf, pero con el cargo más bajo y sin un contrato de planta, como supernumeraria.

En 1979, el 6 de septiembre, su papá murió. Ya había nacido su hija mayor, Sandra Milena Buitrago León. La custodia de cuatro de sus hermanos, todavía menores, quedó entonces en sus manos.

El dolor emocional y la angustia por el dinero casi hacen mella en Margy, pero se sostuvo. Luchó. Jamás se quejó de su cargo. Trabajó. Esperó. Y en 1980, fue contratada de planta.

Para su tristeza, ese año también perdió a su segundo hijo, un golpe que aun le llena los ojos de esa agua salada que a veces se desata sin querer. Margy se contiene, solo deja salir el dolor por las palabras.

Tiene dos hojas donde ha escrito toda su vida: cómo en 1980 se inscribió en una rifa de 50 mil pesos porque anhelaba con ese dinero matricularse en la carrera de administración de empresas. Y ganó. Describe cómo Esperanza Delgado, reconocida directora de Icbf regional, confió en ella para que pusiera en orden las cuentas del Instituto. Viajó a Chocó, Putumayo, Huila, Bogotá. Cuenta cómo a los 39 años quedó otra vez embarazada (“¡a esas alturas, yo embarazada!”), nació su hijo Fabio y cómo tras ser directora de Centros Zonales y luego de la dimisión del último director, Margy quedó encargada del cargo.

“Margy llegó al cargo sin ninguna recomendación política, solo por sus méritos. En muchas oportunidades le propusieron cosas muy por fuera de lo correcto, pero ella las rechazó”, cuenta su amigo Alfonso Pinto.

Una carrera labrada a pulso. Con honestidad. Dice que el Icbf le dio todo.

Ivelda Chavarro, amiga y colega de Margy explica ella es “una mujer inspiradora: no conoce dificultades que no afronte, asume los retos no sólo laborales, sino los de la vida diaria con gran entereza. Ante su ejemplo, quienes la rodeamos nunca hemos podido decir: no se puede o no puedo, porque su coherencia y seguridad y el amor y pasión que coloca en todo es contundente para querer seguir su ejemplo”.

“El mundo es redondo y lo que puede parecer el final, también puede ser el comienzo”, escribe Margy casi al final de su relato. Habla rápido, pero es precisa. Es amable. Está lista para tomar ese avión y ganar esta nueva batalla. Está lista para vencer, una vez más.

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