domingo 14 de abril de 2019 - 9:00 AM

Óscar Rey y la tragedia que le enseñó los para qué de la vida

En un minuto la vida lo convirtió en viudo, y a sus dos pequeños hijos en huérfanos. Tuvo que enfrentar la muerte de su madre y la quiebra de su empresa. Pero la vida siguió y hoy cuenta cómo volvió a empezar y a vivir.
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Él refleja en su mirada la tranquilidad que da la satisfacción de la tarea ya hecha. Con su hablar pausado, pareciera que quisiera demostrar que todo lo que la vida le ha enseñado y las cicatrices que le ha dejado no han sido en vano.

Es un sobreviviente, un hombre de tan solo 44 años, quien hace nueve tuvo que ver cómo su mundo se derrumbaba, cómo él se perdía entre sus anhelos de ser buen padre, la necesidad de calmar el dolor y los recuerdos de lo que fue su hogar, un hogar perfecto, en un momento perfecto.

Él es Óscar Mauricio Rey Vesga, un bumangués, quien en la mañana del 25 de agosto de 2010 padeció cómo su esposa murió, sus hijos quedaron huérfanos y el perdió su polo a tierra, la mujer con la que había logrado establecer su vida, con la que llevaba nueve años entre amigos, novios y esposos.

“Nos hicimos novios, nos casamos, tuvimos hijos, hicimos vida los dos, crecimos como personas, papás, profesionales, hicimos empresa”, relata Óscar, mientras busca en sus recuerdos las mejores palabras para describir a Silvia, su esposa.

“Éramos una familia con sus problemas, sus felicidades, sus tristezas, muy unidos. Estábamos en proceso de crecimiento, ya teníamos casa, carro, estudios, una familia perfecta, viajábamos y éramos estables; ella había crecido como profesional, trabajaba en una empresa de seguros...”, cuenta, sin disimular que no es fácil rebuscar entre sus recuerdos y evocar esa época que hace parte de ese pasado que tanto duele.

Óscar, Silvia Margarita, Sara de 2 años y medio, y Tomás de cinco meses, conformaban la joven y feliz familia Rey Lamo.

El 25 de agosto de 2010

Cinco días antes de ese fatídico 25 de agosto y como un presagio, Silvia Margarita le dijo a Óscar que por su trabajo debía viajar a Los Llanos “en avioneta” y que le daba cierto temor.

Pese a todo, llegó el nefasto día.

“Ese día yo viajaba a Bogotá, subimos los dos al aeropuerto. Ella llama a mi mamá a decirle ‘me monto completamente cagada del susto’. Mi mamá le dijo ‘mijita tranquila’, y listo. Nos despedimos, yo me fui para Bogotá, cuando aterricé la llamé, sonó apagado”.

Sin saberlo aún, acababa de empezar su tragedia. La misma que aún, nueve años después, recuerda con dolor y la certeza de que nada podría haber hecho para evitarla.

“Estaba con unos amigos en una reunión y me llama mi hermano Tuto, me dice ‘oiga mano..., una vaina, es que el avión de Silvia se accidentó”, recuerda Óscar, mientras sus ojos se llenan de nostalgia, dejan asomar unas incipientes lágrimas, y finalmente su voz se quiebra. No es fácil recordar, no es fácil revivir esos recuerdos que en unas horas destrozaron una familia, el corazón de un hombre que amaba la fortaleza que le daba su esposa, sus hijos... su hogar.

Óscar Rey, el hombre que desde un principio se mostró fuerte, muy fuerte, seguro, se desmorona, no puede disimular el dolor, la tristeza, la desazón que le generó el perder a su esposa Silvia y quedar con dos pequeños, una de dos años y medio, y otro de cinco meses.

“Yo solo pensaba ‘que esté viva, que esté viva, no importa cómo, los niños...’. Un amigo, tratando de darme tranquilidad, me lee los nombres de las víctimas y me dice: ‘ella no está, no está, mire... tal, tal, tal, Margarita Tapias, mire que no está’. Y yo le digo ‘léamelos otra vez’... Margarita Tapias..., me repite. Le dije ella se llama Silvia Margarita Lamo Tapias.

“Me derrumbé, me tiré al piso, no sé cuánto me quedé ahí, y pensaba ¿qué hago?”, cuenta con una infinita nostalgia en su voz y en su mirada.

Óscar no sabe cómo sacó fuerzas para regresar a Bucaramanga. Sabe que se negó a ir al lugar donde había ocurrido el accidente, se negó a montarse en una avioneta para ir a reconocer el cuerpo de su esposa, la mamá de sus hijos.

Tras tres días llegó el cuerpo de Silvia a la funeraria.

El regreso a casa

Durante quince días vivió en casa de sus padres.

“Yo me levantaba a las 4 de la mañana a llorar. Recuerdo mucho el ver a mi mamá completamente destrozada, a mi hermana, a mi cuñada dándole tetero a Tomás y yo no. Yo no lo podía alzar, estaba desbaratado y esa no era la energía que le quería transmitir. No era capaz”.

Con el dolor que le oprimía todo su ser, que no le permitía casi respirar, pero con la fortaleza que le daban Sara y Tomás, a los quince días de estar viviendo en casa de sus padres, Amparo Vesga y Jairo Tobías Rey, se devolvió a su casa, la misma que compartió con Silvia Margarita, su esposa por 2 años.

No fue fácil. Cada rincón tenía una historia que contar, una fragancia que evocaba recuerdos que lastimaban.

“Cuando entro a la casa lo primero que veo es una maleta de Silvia ahí, hecha, lista. Viajábamos a una reunión en Bogotá. Es una cosa brutal, pero que uno tiene que vivir”, relata mientras aprieta los dientes, como tratando de no dejar escapar sus lágrimas.

“Y de ahí, hubo año y medio de mi vida que no recuerdo. No me acuerdo de eso, de qué pasó. Hay amigos que me reclaman, pero no me acuerdo”, justifica.

Sus hijos se convirtieron en su salvación, en la oportunidad de reencontrarse consigo mismo, de darle sentido a su futuro.

“Seis meses antes del accidente habíamos creado Inext, una empresa de tecnología, y yo fácilmente bajaba a trabajar una o dos horas. No sé qué hacía en la casa, si hacía algo medianamente productivo”. La empresa cerró.

Y cuando él pensó que su vida no podía ir peor, en un viaje a Orlando con sus hijos y su madre -su coequipera en este proceso-, su padre llamó para darles otra noticia: Ella, la mujer que le dio la vida, la que lo consentía más que a sus hermanos -así él aún no lo admita-, la que le permitía sus eternos actos de rebeldía, ella, tenía cáncer.

Los cuestionamientos no pararon, las preguntas no tuvieron respuesta y Óscar seguía con su férrea intención de encontrar la razón por la que la vida se empecinaba en golpearlo.

“Siempre he sido investigador de corte académico y encontré que existía una conexión directa entre los dolores de madre, las preocupaciones, el corazón y el cáncer de seno. Una relación muy directa, dicho por los médicos, no tan dateado desde lo científico... Y uno de los grandes sentimientos que tengo con mi mamá es qué tanto lo que me pasó a mí pudo haber llevado a mi mamá a eso...”.

Una pregunta que nunca tendrá respuesta.

Vivir el proceso del cáncer en su madre, acompañarla en la pérdida de su pelo, apoyarla para que en un acto de rebeldía no usara peluca, hizo parte de la camaradería que siempre los unió.

Y un domingo, el único en el que no contaba con niñera, su madre empeoró y no alcanzó a llegar a despedirse.

“Ver a mi mamá como quedó, ver a mi papá arrodillado... Yo ya había entendido que las cosas pasan para algo, ya había entendido la diferencia entre el para qué y el porqué. Entendí muchos para qué, entre esos el para que yo pudiese conectarme con mi lado femenino, y me da cero susto decir que yo fui mamá y papá a la vez”, cuenta un hombre fortalecido por la dureza de la vida, un hombre que nueve años después ha encontrado respuestas.

Una nueva vida

“Yo ya había pensado: si no rehago mi vida, pues no rehago mi vida. Estoy absolutamente feliz. Mi mamá me había dejado una carta y hasta hoy la puedo leer tranquilo. Me la entregó seis meses antes de morir. Me decía básicamente tres cosas: rehaga su vida emocional, rehaga su vida profesional y cuídese como persona. En esa época abracé el gusto por algunos excesos. La carta la guardé”.

Sus amigos, que siempre actuaban como celestinos y estaban en la búsqueda de compañía para Óscar, le presentaron a Diana Giraldo.

“Unos amigos me dijeron ‘tenemos a alguien para presentarle. Les dije: ¿‘cita a ciegas hermano?, ¿en serio?’ Ahí me presentaron a Diana...”

Tras este encuentro viajó a a Filadelfia a hacer una maestría, solo con sus dos hijos. Una experiencia enriquecedora y agotadora. Fue mamá, papá, niñero, empleado y estudiante. Salió vencedor.

La distancia y el tiempo fortalecieron la relación con Diana. “Hablábamos dos horas al día. Ella me visitaba y así nos fuimos conociendo”, cuenta con un halo de picardía.

Óscar Rey y la tragedia que le enseñó los para qué de la vida

“Volví a hacer visita en la casa de la suegra, así o más adolescentes... Samuel, el hijo de Diana, se sentaba en la mitad”, cuenta mientras ríe al evocar la época en que los tuyos y los míos se fueron acoplando.

“La relación entre los niños fue súper tensionante al principio. Tomás me preguntaba: ‘¿Y tu amiga cuándo se va?’, ‘¿A qué horas se va tu amiga?’. Tuvimos que edificar poco a poco”.

El 14 de noviembre de 2015, Óscar Rey se casó con Diana Giraldo. Los hijos de los dos y la familia más cercana fueron testigos de esta unión.

“Conecté con una vida profesional, conecté con una vida espiritual”, puntualiza el hoy rector del Colegio New Cambridge, un hombre transparente, tranquilo, paciente, padre amoroso, al que la vida golpeó hasta enseñarle que todo tiene una razón de ser. Por fin Óscar dice haber encontrado respuestas. Por fin entendió que en la vida todo tiene una razón de ser, unos para qué. Por fin volvió a ser feliz, a tener de nuevo un hogar, ahora con la familia crecida. Y afirma que hoy cuenta su historia, si con eso puede ayudar a quienes atraviesan por situaciones similares.

Los para qué obtuvieron respuestas. Los porqué nunca los sabrá.

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