sábado 11 de julio de 2020 - 12:00 AM

Por las pintas se conoce el Vueltia

Más de 20 mil de los 60 mil indígenas Zenú del resguardo de San Andrés de Sotavento, viven de la habilidad de sus manos para tejer los sombreros. Los hay desde 15 vueltas hasta 31.
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La etnia Zenú llevaba siglos ensamblándose en sus testas tupidas de cabellos azabaches aquellos adminículos que tejían con el pasto que crece en las orillas arenosas del Río Sinú, antes de irse a las interminables faenas de corte de maíz bajo el inclemente sol del caribe colombiano.

Aunque causaba gracia, el accesorio pasó inadvertido por décadas, hasta que el 9 de agosto de 1985 un monteriano bigotón, con menos de 25 años, se dio en la jeta en un cuadrilátero de Miami, Florida, con el cuate David Zaragoza.

Tras un doloroso desafío de 12 asaltos a puños, ya con los ojos amoratados, el pómulo derecho cerrándole el ojo por la golpiza que acababa de recibir, levantó los brazos en señal de triunfo, asimilando con coraje cipote muñequera.

Además del cinturón reconociéndolo como el nuevo campeón del Consejo Mundial de Boxeo, peso gallo, le zampó un ‘nocaut’ alterno a nuestros recuerdos más emotivos de las bojoteras que tuvieron Antonio Cervantes ‘Kit’ Pambelé, así como del rey de Bazurto, Rodrigo “Rocky” Valdez, cuando le pasaron un sombrero Vueltiao que se ajustó con emoción en sus rizos estremecidos a guantazos.

Esa fue la verdadera corona para Colombia, para los indígenas en el piedemonte sinuano.

Era tal el frenesí por el triunfo del gladiador nativo, que hasta el veterano cronista deportivo Mike Schmulson creyó oír un porro mezclado con el Himno Nacional.

Esa, además, fue la presentación oficial ante el mundo de una reliquia artesanal indígena, tan invaluable quizá como el poporo quimbaya, la mochila arhuaca o wayúu, El Dorado hecho de paja. Poco a poco fue pasando de ser el alón ‘corroncho’ que usaban baquianos y algunos ganaderos ostentosos de la sabana.

Empezó a convertirse en el souvenir que los cachacos llevaban de recuerdo al interior, el ícono con el que en cualquier parte del mundo identificaban a un colombiano. Hasta se les dio por ponérselo a un ilustre macondiano famoso por sus letras para ir hasta Estocolmo a recibir el Nobel y después al gringo más poderoso del mundo cuya entrepierna puso a sonar el nombre de Mónica Lewinsky en el orbe...

Nació el relevo en la tribu

Dos años después, con el eco del triunfo aún resonando, uno de los resguardos celebró el nacimiento de José Hernández Arrieta, quien habría de proyectar 33 años más adelante el arte del tejido que le enseñaron sus ancestros a su mamá.

-Mi abuelo, Ángel Arrieta, usaba la cañaflecha para tejerlos a mano. Es una hojita que se parece a la caña de azúcar, más fina, delgada, que crece cerca de los bordes de los arroyos; no más allá de los 10 metros porque se muere. Hay muchos en la parte baja del Río Sinú.

Literalmente dependen de la bondad de la naturaleza, porque nadie ha tecnificado la raíz primigenia del sombrero.

-¡Nombe! Qué van a cuidar nada, el Gobierno no gasta plata ni en fumigá las plagas. Cuando el verano pega duro la vemos igual de complica’o porque escasea y la demanda aumenta.

José es apenas uno de los 60 mil herederos de esa habilidad innata entre los integrantes del resguardo de San Andrés de Sotavento. De ellos por lo menos 20 mil viven de hacer sombreros.

No más intermediarios

José se preocupó por estudiar, hasta que se graduó como Ingeniero de Sistemas y se especializó en Marketing Digital. Hastiado de ser ellos quienes menos recibían de la venta de su producción, comenzó a poner mensajes en redes sociales.

-Al principio vendí solo cinco, después 10. Los cachacos venían y se los llevaban para revenderlos. Hasta los hijos de Uribe (el expresidente) comenzaron a mandar mulas repletas de PVC para que les hiciéramos manillas. La gente pensó que iban a poner el alcantarillado en Tuchín, o en algún pueblo nuestro. Nombe, qué va. Era para artesanías.

-Incluso un día en un aeropuerto me llevé cipote sorpresa. Vendían un 15 vueltas a $600 mil. ¡Hombe, si ese es de los más baratos que hacemos! ¡Hasta en las fiestas del 20 de enero trajeron chinos, de plástico. Mandan cájcara!

Y sí, han sido tiempos duros para los artesanos de los Montes de María, pero la pandemia los disparó.

-El mes pasado tocó cerrar redes porque teníamos pedidos de más de 5 mil. Pa’ Estados Unidos, México, Guatemala... La diferencia es que ahora somos los dueños de nuestro destino. Cada pinta que uste ve en los diseños que hemos sacado a gusto de los compradores, de colores y demás, tiene la firma de una de nuestras etnias...

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