miércoles 07 de agosto de 2019 - 12:00 AM

“Los títeres tienen la capacidad de hacernos soñar”: La historia de la Compañía de Títeres El Cristal

Alonso Ortíz Picón, Graciela Mantilla y Sandra Ortíz son los integrantes de la compañía de títeres El Cristal, que cumple cincuenta años de labores. Alonso es su creador y perseverante animador de historias que conectan, aún en esta época tan llena de tecnología, con el corazón de niños, niñas y, por supuesto, adultos con ganas de seguir soñando.

creativo, revolucionario, perseverante. Intelectual, amorosa trabajadora, talentosa, alegre, luchadora.

Así son los tres personajes principales de una familia que durante cincuenta años ha dado vida a seres inanimados que son capaces de ofrecer más conexión y amor que muchos seres animados.

Animales, objetos que se mueven y sienten, que siempre son buenos, que hablan de comprensión, llevan alegría e historias a los niños y niñas de las veredas más apartadas de la región.

Es por eso que Alonso, el creador de la compañía, Graciela, la hacedora de títeres y Sandra, la encargada de continuar con el legado, han aportado tanto a la comunidad.

Creatividad y perseverancia

Todo comenzó con Alonso Ortíz Picón, un estudiante de la UIS, irreverente, luchador y creativo en los años setenta.

Ya en el colegio y siendo un gran deportista, comenzó a hacer teatro con algunas de las viejas glorias de este arte en la ciudad y de allí pasó a los títeres.

La capacidad de dar vida a una figura que no vive había sido su pasión desde niño.

Es el número siete entre trece hermanos. Y cuando venían los primos de visita, se organizaban todos para montar una obra con guión elaborado.

En esas andadas y siendo ya estudiante, “la señora Laura Hernández de Barrios nos dijo cómo fabricar los títeres y nos mostró una forma: papel higiénico y agua. En esa época se utilizaba el almidón de yuca porque no había todavía el colbón, ni otros elementos. Entonces cogíamos una media, le echábamos aserrín, arena e ideábamos la manera para que se mantuviera para darle la forma, la nariz, la boca”, dice Alonso.

Junto con su mamá fabricaron cerca de cincuenta títeres “porque era emocionante”. A mitad de siglo, sin toda esta tecnología de la cual hoy no nos separamos, los títeres revestían una magia sin igual.

Un estudio de la Universidad de California, Berkeley, dirigido por Alison Gopnik y Tom Griffiths, encontró que a medida que envejecemos sabemos más, pero soñamos menos. Nuestra creatividad se va apagando.

Sin embargo, esa infancia feliz se quedó en el corazón de Alonso y como el corazón también tiene neuronas, este joven creativo pensó que, a pesar de dirigir alrededor de doce grupos de teatro, lo que más le gustaba hacer era presentar títeres.

Y seguir siendo siempre niño.

Alonso estudió Trabajo Social y con uno de sus compañeros, Saúl León -que estudiaba una ingeniería-, habló con una docente del colegio Santander para que le permitiera presentar allí su acto.

Como ya dirigía grupos de fútbol de niños con muy buenos resultados, la profesora le dio el visto bueno.

Y así comenzaron. Alonso se ríe con frecuencia y es buen narrador, así que se ganó también la buena voluntad de los administradores de los clubes más respetables de Bucaramanga, con lo que su reputación y capital fueron aumentando.

“Al mes salían muchas presentaciones, ocho entre sábados y domingos, y luego en las escuelas. Por ejemplo, en un Banco pagaban 600 pesos mensuales y yo en una presentación me ganaba 600 pesos. Era mucha plata. Y yo gozaba más que los niños, para mí fue una dicha”.

Cuando a Saúl le ofrecieron la gerencia de una gran multinacional, Alonso se encontró con Claudio Meneses, un joven que lo había visto actuar y que había quedado prendado de los títeres.

Por El Cristal pasaron personajes como Hernando Soto, empresario del calzado, Martha Janeth Ortiz y Néstor Hernández, que pagó sus estudios gracias a su trabajo con los títeres.

Sin embargo, Alonso los motivaba a todos a estudiar.

Siempre emprendedor, seguía moviéndose por aquí y por allá, y cierto día, como las compañeras de Graciela en la carrera de Nutrición y dietética eran sus amigas, se conocieron y se enamoraron.

Nuevos títeres

Alonso comenzó su trabajo con los títeres “Guiñol”, que son de los más conocidos.

El “Guignol”, en francés, es el muñeco más popular de ese país. Nació en Lyon en 1880 y da su nombre al teatro de títeres y marionetas.

Es muy sencillo: solo tiene una cabeza, un cuerpo de trapo y dos manitas donde entran los dedos. Así que aquellas personas con habilidades manuales podrían hacerlo sin problema.

Sin embargo, la capacidad de darle detalles que lo hagan más real no la tiene todo el mundo. Solo alguien especial.

“Yo veía que mi suegra hacía los títeres y ella utilizaba unos elementos difíciles de conseguir, yo no sé de dónde los sacaba. Les ponía collares... hizo un hippie. Era muy actualizada y muy recursiva. Yo comencé a usar otros elementos, introduje el paño lenci, que hemos mantenido con el tiempo”, cuenta Graciela.

1971 fue un año agitado: el movimiento estudiantil logró un gran triunfo para la historia del gobierno universitario, pero Graciela tuvo que buscar trabajo en lo que se resolvía la jornada académica.

Más tarde estudió sociología y esto le ayudó a comprender el papel tan importante que juegan los títeres en la sociedad.

En este ambiente crecieron sus hijos Sandra, Germán y Natalia.

Germán y Natalia se dedicaron a otras actividades, pero Sandra, la mayor, heredó de su padre el deseo de hacer algo que le trajera felicidad. A ella y a otros.

“Me metía en la tramoya, en el Luis A Calvo, y me la pasaba por ahí, mirando cómo se hacían los títeres. La música de las presentaciones fue la banda sonora de mi niñez”, cuenta Sandra.

Junto a Dimitri Latorre, uno de sus mejores amigos, Sandra armaba también su teatrino y presentaban las obras con unos títeres pequeñitos, representaciones de los más grandes, que usaban sus padres en cada historia.

Ciudad señora de los títeres

En los años 80 se organizó en Bucaramanga el primer festival de títeres.

Duró alrededor de seis temporadas, hasta que el presupuesto de los organizadores lo permitió.

Todos soñadores, las cuentas quedaban olvidadas en favor del arte y la diversión.

En cualquier caso, el festival fue importante. Tanto, que dio a Bucaramanga el mote de “Ciudad señora de los títeres”.

“Yo era la niña precoz. Cuando se hicieron los primeros festivales yo veía a todo el mundo festejando, siempre con ese ánimo de compartir, todos con esa magia que no podemos dejar perder. Eso es lo que hace que esto siga y que seamos humanos y que sigamos enamorándonos de la vida”, cuenta Sandra.

Incluso en los momentos más difíciles, los títeres han sabido traer alegría a quienes los ven.

Ya en la adolescencia, y luego de un año de viajes por el país para reconocer qué quería hacer en su vida, Sandra regresó a Bucaramanga a finales de los noventa para incorporarse a la compañía de sus padres.

A la par estudió español y literatura.

Es por esta época que comienzan a viajar a las veredas más alejadas del departamento, en un trabajo con la Corporación de Defensa de la Meseta de Bucaramanga para enseñar a niños, niñas y adultos la convivencia con los animales exóticos.

Los niños y niñas de estas veredas están acostumbrados a convivir con micos y tigrillos, así que la idea es inculcarles el respeto y el amor por la naturaleza.

Sin embargo, animales de verdad no fue lo único que encontraron.

En uno de esos días, el 11 de septiembre de 2001, Sandra y Alonso estaban en una de estas veredas.

“Cuando llegamos no había nadie. De repente aparecieron como 500 niños. Al finalizar la función, me preguntaban qué más íbamos a hacer. Era una vereda como un caserío y los niños no sabían ni jugar al escondite”, cuenta Sandra, quien es de naturaleza alegre, enérgica.

Por entonces, la mayoría de veredas y pueblos estaba viviendo las peores épocas del conflicto armado en Colombia, cuando paramilitares, guerrilla y ejército se disputaban el control de los territorios, causando temor y violentando a la población.

En adelante, la familia y su compañía han educado a niños, niñas y jóvenes en el amor y la comprensión por todos los seres.

En 2011 la compañía ganó una beca bicentenario de creación y producción artística con la obra La Casa del diablo y otras historias para inventar la ciudad”, y en 2017, ganaron con “Historias Cristalinas”.

Y este año, cuando cumplen cincuenta de actividades, han llevado a cabo conversatorios sobre la importancia de mantener la tradición de los títeres.

A veces, durante una de sus presentaciones, un hombre o una mujer, ya adulto, se acerca a Alfonso y le pregunta si es el mismo que fue, hace tanto tiempo, a la sala infantil de la Biblioteca Gabriel Turbay con sus maravilllos títeres.

Alfonso le contesta que sí. Aquella persona le dice que se acuerda de él, le da el nombre de la obra que vio cuando era niño y no puede parar de sonreír.

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