sábado 19 de diciembre de 2015 - 9:04 AM

"Cada minuto es la vida entera”, Ximena Peña

Aparentemente, en su vida no faltaba nada: una familia hermosa, solvencia y una carrera académica envidiable. Sin embargo, antes de escuchar que le quedaban dos años de vida a causa de un cáncer, ella sentía que nada de lo que tenía era suficiente. Hasta que encontró su verdadera misión: servir a los demás.

Cuando uno va a encontrarse con alguien al que le han diagnosticado cáncer y dado dos años y medio de vida, no espera ser recibido por una persona enérgica, con una sonrisa luminosa y llena de vitalidad. Sin embargo, al primer contacto con Ximena, es fácil conectarse al instante y sentir que si ella vive la vida de esa manera, uno no puede más que agradecer por estar sano.

La historia de esta economista bogotana comenzó hace unos años. Al terminar un doctorado en Chicago, regresó al país a terminar su tesis. Se graduó en 2008 y en esa fecha recibió dos regalos en simultánea: su título y a Helena, su primera y única hija. La felicidad se había potenciado. Sin embargo, ella y su esposo eran adictos al trabajo; hoy recuerda que el balance de su vida familiar y laboral era un desastre.

Dos años después, en diciembre, el médico le encontró una bolita en el seno. Ximena no la había percibido antes, creía que a sus 34 años no era necesario practicarse el autoexamen y por ello nunca se lo hizo. Dos días después de ese episodio ya estaba diagnosticada: cáncer de seno avanzado y agresivo.

“Estuve un año en tratamiento y entré en remisión; es decir, ya no había evidencia de que hubiera cáncer en mí, pensaba que estaba curada. Para 2011 sentí que había vencido al cáncer y entonces les decía a todos: ‘Mi constancia, dedicación, los médicos, el apoyo familiar… juntos vencimos al cáncer’.  ¡Como si uno tuviera control sobre algo!

             

El caso –continúa Ximena- es que durante dos años estuve bien. Me fui recuperando, me creció el pelo y retomé las labores. Claro, me propuse muchas cosas: ‘ya no voy a trabajar tanto’, ‘me tomaré la vida más tranquilamente’. Pero rápidamente se me fueron olvidando y en poco tiempo ya estaba trabajando como loca. En realidad, todavía no había aprendido nada de esa enfermedad. Y a propósito, yo era ‘cero de religión’, no creía en Dios”. 

La enfermedad, su mejor maestra

¿Cuándo te diste cuenta de que no estabas curada?

Cuando entras en remisión, inicialmente te chequean cada tres meses. En el último control que tenía antes de pasar a chequeos semestrales, salió un examen de sangre raro. El antígeno estaba alto, así que repetimos la prueba, y efectivamente así era. Empezamos a buscar evidencia de cáncer en varias partes de mi cuerpo, como el pulmón y el cerebro, pero no encontramos nada. Me hicieron un examen especializado y nos dimos cuenta de que mi sistema linfático estaba completamente infectado. El cáncer de seno había hecho metástasis en ganglios. Y con esa palabra, ‘metástasis’, sentí más miedo que nunca.

¿Cómo asimilaste esa noticia?

Es realmente una situación muy miedosa. La expectativa  de vida que me dieron los médicos a partir de ese momento fue de dos años y medio (plazo que se cumple en enero de 2016) y no sabía qué calidad de vida iba a tener de ahí en adelante. Por eso, lo primero que hice fue trabajar en mi espiritualidad.

Entonces decidí irme a Costa Rica a practicar Chi Kung (terapia medicinal basada en el control de la respiración), en un lugar llamado La Montaña Azul, un centro de retiros y meditación donde se practican esta y otras disciplinas chinas.

¿Es ahí cuando empiezas a dejar de ser escéptica?

Ya había conocido a mi maestro de Chi Kung cuando tuve mi primer cáncer, pero le había confesado: ‘esto no es lo mío’. Al recibir el segundo diagnóstico viajé a Costa Rica a un curso de meditación y me sentí muy bien.

Esta búsqueda espiritual que comenzó ahí es un camino que he seguido de manera muy profunda, entendiendo, primero racionalmente, y luego con el corazón, que sí hay un ser superior y que es un ser de amor, que nos cuida y que como los papás, a veces tiene que regañarnos porque estamos haciendo las cosas mal.

Hoy en día rezo el Rosario todas las noches antes de dormir, y he aprendido que realmente nosotros no tenemos poder y debemos aceptar la vida como viene.

¿Y sigues la fe católica ahora?

En realidad tomo del taoísmo, catolicismo, cristianismo, judaísmo, budismo, etc., lo que me va inspirando. Algunas personas aseguran que con el tiempo se me aclararán las ideas y veré que la fe católica es la mejor, pero eso no me interesa. Lo importante para mí es que encontré a Dios. Antes de eso estaba muy insatisfecha con mi vida, en el sentido de que siempre quería más.

Y a través de esta enfermedad, que ha sido mi gran maestra, he ido descubriendo fuentes de verdadera felicidad para mí. Además, cuando supimos lo de la metástasis, mi esposo (Mauricio Santamaría) era director de Planeación Nacional y decidió renunciar para estar con la familia. Ese cargo era lo que siempre había soñado, pero su decisión tenía todo el sentido del mundo porque iba a haber familia durante dos años… y después, quién sabe. Ahora trabaja haciendo consultorías y tiene horarios muy flexibles.

¿Cuáles han sido los periodos más críticos de este proceso?

El año 2014 transcurrió de mala noticia en mala noticia. El cáncer crecía sin parar. Llegó al pulmón, a un hueso… y comencé a ver las cosas bastante duras. Cuando estás en una situación así, solo te puedes conectar con dos sentimientos: el miedo o el amor. Yo decidí desconectarme del miedo, del ego, de la insatisfacción; y conectarme con el amor, con la calma serena.

Este proceso no ha terminado, pero estoy muy orgullosa porque he avanzado muchísimo. Me siento muy distinta a como era antes, con una vida familiar maravillosa y, sobre todo, feliz. Soy una persona con cáncer de seno metastásico, consciente de que puede tener tres meses de vida, pero soy feliz.

          

¿Qué crees que va a pasar?

Creo que me voy a sanar completamente. Uno de los miedos de los que me he estado deshaciendo es a la muerte. Algunas personas me aseguran: ‘Ni siquiera pienses en eso, no vas a morir’. Pero es posible que sí; de hecho, todos vamos a morir, la diferencia es que yo puedo morir pronto.

Antes pensaba: ‘Quiero terminar de criar a mi hija y estar con mi marido’, como si ellos me necesitaran. Ahora la idea es: ‘No me quiero perder estar con ellos’. ¡Ojalá tuviera el lujo de envejecer! Cuando cumplo años o me sale una arruga, es ‘la felicidad’. Y eso es lo que comencé a compartir e irradiar. Finalmente me entregué y acepté que estoy en manos de un ser superior.

Hay una cadena de oración compuesta por cien personas que se reúnen todas las noches a orar por ti. ¿Crees que es el motivo de que ahora tu salud esté estable?

Dos días después de hacer aceptado que esto no dependía de mí, la mamá de una amiga del colegio de Helena me contó que un grupo de mamás querían ofrecerme una cadena de oración. Eso fue hace nueve meses y desde entonces me aferré a esa cadena, ha sido un apoyo increíble en nuestra vida. Imagínate el regalo que cien personas quieran rezar por ti 15 minutos diarios.

El poder de la oración es maravilloso. Hace tres meses recibimos una buena noticia: el cáncer decreció y ahora está estable. Eso es increíble, después de un año y seis meses de malas noticias. Cada minuto es la vida entera. Estos dos años han sido tan intensos y hermosos, que cuando llegue mi momento me iré feliz. Además porque encontré mi verdadera misión: compartir mi luz y ayudar a los demás.

         

Por eso estás liderando un proyecto en el que le provees lavadoras a mujeres de bajos recursos, impactando de una manera muy positiva sus vidas…

El 40 por ciento de los hogares en Colombia no tienen lavadora. Piensa en la historia de la mujer que se levanta todos los días a las cuatro de la mañana, deja la casa arreglada, las distintas comidas hechas y sale a trabajar para regresar a medianoche a su casa. ¿Sabes qué hace sábado y domingo? Lavar a mano la ropa acumulada de toda la semana. Personas como ella necesitan, al menos, un día a la semana de descanso, de tiempo familiar y eso se hace tan fácil con una lavadora...

Ahora estamos implementando el proyecto a pequeña escala, pero me lo sueño en grande. Porque gracias al seguimiento que les hemos hecho a dos familias, nos hemos dado cuenta de que funciona. En una de ellas, por ejemplo, la mujer pudo terminar de validar el bachillerato. En la otra, vimos cómo el hombre empezó a participar en las labores del hogar ayudando, entre otras tareas, a extender la ropa. Y efectivamente, el domingo ya es un día de unión familiar para ellos.

¿Un mensaje final?

Mi llamado es a servir a los demás. Eso es lo que a mí me ha hecho feliz, librándome de esa vida de insatisfacción que llevaba. Claro, visto desde afuera la gente creía que lo tenía todo, pero en realidad vivía insatisfecha. Por eso quiero compartir esta historia de cómo encontré a Dios y a mi misión.

Muchos consideraban una ‘locura’ mi proyecto con las lavadoras, y ahora vemos su impacto sobre la vida de las familias, en todos los niveles. Para ayudar no tiene que irse de misionero a África, puede comenzar en chiquito. Se ha preguntado, por ejemplo, cómo viven las personas que trabajan con usted. ¡Averigelo! Y comience por ellos.

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