sábado 19 de septiembre de 2015 - 9:32 AM

"El perdón y amor pueden superar la tragedia", Laura Ulloa

Fue secuestrada por las FARC a los once años de edad, cuando iba en el bus del colegio camino a su casa. Lejos de guardar rencor, hoy, trece años después de su liberación, es una jovencita convencida de que estamos listos para pasar esas páginas sangrientas que se han escrito durante las últimas décadas.

“Esta historia gira alrededor de cómo una niña de once años logra pasar por situaciones tan difíciles como caminar en las montañas, en botas de caucho, y acampar donde cogiera la noche. Y cómo logra salir de eso sin odio. Ahora es el momento para contar esa historia, porque estamos viviendo un contexto de esperanza y, a la vez, de desesperanza. Todos queremos la paz, pero no sabemos si se está haciendo bien. Por eso, una historia como la mía, rompe los esquemas de lo que siempre se ha pensado e inspira a perdonar”.

Así comienza a hablar Laura, una caleña que vivió en carne propia el horror del secuestro cuando estaba en quinto de primaria. En total, fueron siete meses de caminatas y pruebas durísimas; pero también de profundas reflexiones sobre el país, las cuales la llevaron a “abrir los ojos a la cruda realidad” después de que Efraín, el jardinero de sus padres, la vendiera a la guerrilla.

A pesar de eso, ella no puede más que agradecer esta experiencia. Y cuenta que luego de ser liberada (en 2002) dio un paso atrás porque sintió que no había un espacio para su historia en medio del panorama nacional de ese entonces. Sin embargo, hoy siente la libertad de traer su mensaje de paz y reconciliación, pues considera que el proceso adelantado en La Habana es una muestra de cómo muchos colombianos quieren innovar y negarse a seguir viendo las cosas de la misma manera.

“Este camino me ha llevado a agradecerle a la vida y a Dios por la capacidad de perdón que me ha dado. ¿Y por qué le doy tantas gracias por eso? Porque para mí, el perdón es la herramienta más especial que me dio la vida para seguir adelante. Además –continúa con su dulzura infinita-, siento que por nuestro propio bien es absolutamente necesario dejar pasar tantas cosas difíciles. Debemos pensar en perdonar, por nosotros mismos y por las  generaciones que vienen. Porque somos un país que ha vivido en el odio y la venganza durante generaciones”.

Un relato de esperanza

¿Por qué sentiste cuando te liberaron que no era el momento de contar tu experiencia?

Todos los secuestrados -y los entiendo profundamente- decían terminar su experiencia con traumas, con odios; salían con un discurso triste y sin motivaciones. Y cuando pasó lo que pasó conmigo en el 2001, intenté ser totalmente honesta con los periodistas cuando me preguntaban por los  guerrilleros: ‘Laura, ¿qué piensas de esos terroristas que tanto daño te hicieron a ti y a tu familia?’. En ese momento mi respuesta no era bienvenida. Y creo que di un paso atrás porque entendí que no todos los secuestrados y liberados habían tenido la misma experiencia que yo. Por eso  me callé durante muchos años.

¿Cuál crees que fue el motivo determinante para que tu historia fuera tan diferente y lograras salir sin odios?

Se trató de algo supremamente espontáneo. Los primeros meses me porté muy mal porque pensé que así se iban a cansar de mí y a liberarme. Pero luego decidí darme una oportunidad con ellos, así que empecé a integrarme y a indagar sobre sus vidas. Eso significó conocer la cruda realidad a los once años, pues me encontré con historias provocadas por la pobreza extrema y el abuso doméstico, que para mí eran sacadas de un cuento de horror.

Me di cuenta de que si hubiera nacido ahí, donde esos guerrilleros nacieron, quién sabe en dónde estaría ahora. Y si ellos hubieran nacido en mis circunstancias, probablemente ninguno sería guerrillero. La vida me había sonreído y mi decisión fue agradecer a Dios por lo que tenía, sabía que algún día iba a regresar… y ellos no.

¿Y el proceso de tus padres? ¿Perdonaron ellos a los captores de su niña de once  años?

El día que me liberaron pude corroborar que mi historia era distinta a la de otros secuestrados. Mi tío y mi papá habían ido por mí; y mientras me despedía de todos, volteé a ver dónde andaba mi papá… y estaba haciendo exactamente lo mismo: saludando a los guerrilleros que por siete meses me tuvieron. Cuando terminó, se fue al carro y les dijo: ‘vengan’. Al baúl no le cabía una bolsa de mercado más. Ahí entendí que mi capacidad de perdón venía de mi familia.

A partir de ese momento comenzó lo más difícil. Mi papá entró en una depresión profunda, porque durante esos siete meses se había convertido en el soporte de mi mamá y de toda la familia, y una vez volví, se derrumbó. Fueron dos años muy duros. Pero todas esas experiencias son  pruebas que nos pone la vida, nunca los oí decir que la desgracia era culpa de la guerrilla. La desgracia no era de nadie, no había  tiempo de buscar culpables sino de ocuparse.

        

Muchas víctimas están dispuestas a perdonar. ¿Por qué crees que la mayor resistencia a hacerlo es de las personas de las ciudades, quienes no sienten de primera mano la guerra?

Los colombianos somos profundamente solidarios. Lo que pasa es que en este caso nos solidarizamos frente a lo negativo. De ahí se generaliza tanto ese discurso de ‘maten a los guerrilleros porque le hicieron daño al país’. Entonces pasan cosas como solidarizarnos en una marcha que promueve el odio, la venganza, el rencor. Pero estamos en un momento en cual podemos hacerlo de una manera distinta.

Es muy lamentable todo lo que le pasó. Y claramente la guerrilla tendrá que pagar de alguna manera, es lógico. Pero considero que lo que hace más daño es no perdonar. Entonces, empecemos en nuestras casas, enseñándoles a los hijos con el ejemplo. Nuestros líderes hablan de un proceso de paz, pero los vemos peleándose todos los días. ¿Por qué si lo que buscan es el perdón, no empiezan a mostrar de qué se trata?

Y para ti, ¿de qué se trata?

De un acto de amor, sabiduría y reflexión; no es un acto de humillación, ese es el peor error que cometemos cuando hablamos de perdón. Por eso, aunque es cierto que uno nunca olvida -me tiene que dar alzhéimer para olvidar lo que viví-, no lo recuerdo con odio.

Cuando te liberaron hiciste la promesa de ayudarlos. ¿Cómo fue tomando forma ese pacto con el tiempo?

Cuando me gradué del colegio estudié Ciencia Política en la universidad de Los Andes. Quería saber por qué habían pasado tantos años sin poder solucionar el conflicto, qué era lo que pedía la guerrilla y por qué no se lo podíamos dar. Pero al terminar la carrera todavía tenía hambre de conocimiento; entonces viajé a Nueva York a trabajar con el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Allí pude conocer experiencias actuales y pasadas de conflictos en el mundo; unos se habían solucionado y otros no. Eso me permitió tener una perspectiva más amplia de lo que pasaba acá. Y ocho meses después regresé a cumplir mi promesa, por eso entré a trabajar a la Agencia Colombiana para la Reintegración.

¿Encontraste la respuesta sobre por qué no ha terminado el conflicto armado en nuestro país?

Me quedé con la misma visión que tengo desde los once años. Creo que la razón principal son las desigualdades, la violencia intrafamiliar y la falta de educación y de cultura. Eso perpetúa la violencia. Si aquí hubiera oportunidades, más amor, más ejemplos para la gente y más respeto por la vida de los otros, creo que todo sería diferente.

        

Como decías al principio, estamos en un momento clave en el país. ¿Quieres dejarles un mensaje a las personas que se resisten a perdonar?

La paz es algo que todos queremos, pero los caminos para llegar a ella es el punto donde muchos diferimos. Claro que la justicia es necesaria, lo que no es necesario es el odio, porque quien hace daño, en muchas ocasiones sufre más que la víctima con las consecuencias de sus actos.

Pensemos con cabeza fría y alejemos nuestros egos. Pensemos en las generaciones que vienen, no perdamos más el tiempo en una pelea de tantos años. Yo, particularmente, creo en la justicia divina y no quiero ser justicia para nadie. Ese no es mi papel en el mundo. Soy celosa de mis energías porque estas son para vivir, gozar, crecer; no las gasto en odios, de eso que se ocupen otros, a mí no me interesa.

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