domingo 12 de octubre de 2008 - 2:30 AM

El sastre del Secretariado

Una extraña agitación se respiraba en el aire. El punteo zumbante de las máquinas de coser cesó de repente. Los guerrilleros del campamento lo voltearon a mirar como si se tratara de un fantasma que acababa de materializarse en el centro del taller, en medio de la selva.

Era la primera incursión del Ejército en mucho tiempo y sólo cabía la resistencia o la retirada; para él, lo más cuerdo era lo segundo, porque nunca aprendió a disparar el revólver que le entregaron seis años antes, cuando ingresó a las Farc como el sastre del Secretariado.

Al principio, Álvaro Pérez pensó esconderse entre el lío gigante de retazos y rollos de tela militar –según su versión, vendida por integrantes del Ejército a las Farc- con los que debía confeccionar, en 20 días, 500 camuflados talla M y L, así como plagiar 300 'trajes verdes' de la Policía para el patrullaje guerrillero por los pueblos.

'Se acabó la suerte', dijo Álvaro, y vio cómo guerrilleros recogían sus cosas del suelo y se perdían entre el traqueteo de disparos. Sus ojos brillaban con la humedad que provoca la rabia y el desespero. Él también huyó, mientras pensaba que perdía seis años de trabajo que la guerrilla nunca le pagó, a pesar de haber complacido las ordenes que el Secretariado le enviaba sobre cómo debía confeccionar los camuflados de ‘Manuel Marulanda’, ‘El Mono Jojoy’ e ‘Iván Ríos’.

Sin embargo, ese acto sorpresivo de las autoridades no fue suficiente para que Álvaro pudiera desertar por completo, pues en el pueblo algunos guerrilleros lo ubicaron para que continuara trabajando desde un almacén clandestino. Fue allí donde cayó de manera definitiva en manos del Ejército, en 2006, y se desmovilizó junto con sus dos hijas, que trabajaban manejando la papelería de las Farc.

Hoy la familia de Álvaro cumple dos años en su nueva vida y está dispuesta a continuar la tradición heredada desde los tatarabuelos y transmitida a este hombre de 50 años y padre de 5 hijos, por su hermana mayor, hace 35 años, cuando, paradójicamente, le cosía al Ejército.

'Resulté matriculado'

En el año 2000, Álvaro atravesaba por una de sus perores crisis financieras. Temía perderlo todo en una semana. Las deudas lo apretaron tanto que aceptó una oferta peligrosa: como todos en el barrio lo conocían por su trabajo, un hombre desconocido llegó a su casa con una oferta.

'Resultó pertenecer al frente 21 de las Farc y me convenció de que fuéramos a coserles, que pagaban bien, pero luego de estar allá resulté matriculado con ellos', admite con la cabeza gacha, no sólo de pena, sino por estar sentado frente a su máquina SunStar haciendo de nuevo lo que aprendió de familia.

'El acuerdo fue de 50 mil pesos por camuflado completo, con guerrera (camisa militar), pantalón y gorra. En principio me pagaban bien, pero cuando resulté con ellos únicamente me daban porcentajes, bonificaciones que giraba a mi familia cuando podía bajar al pueblo', recuerda Álvaro con la resignación de haber perdido ocho millones de pesos que no regresarán.

En el barrio su creatividad era reconocida. Le encargaban la hechura de trajes para primera comunión, confirmaciones y hasta matrimonios. Álvaro no necesitaba del metro, pues con solo 'ver al personaje' las medidas quedaban exactas y esto pareció gustarle al Secretariado. 'Como soy diseñador empírico, yo saco el tallaje al ojo. Si me llegaban a pedir tallas M, L o XL, yo sé las medidas', dice.

Por estar en uno de los campamentos más cercanos a ‘Iván Ríos’ y la zona del Secretariado, la calidad de su trabajo llamó la atención de los hombres más importantes de las Farc. 'En principio me analizaron, pensaron que era de las Autodefensas, pero a los tres meses las cosas cambiaron, a tal punto que llegaron estafetas de las columnas móviles del ‘Mono Jojoy’ y de ‘Marulanda’, con recados de cómo querían ellos los camuflados'.

Álvaro cuenta que no conservó ninguna de esas anotaciones por la forma como abandonó el taller; pero sí recuerda que los comandantes preferían bolsillos grandes en las piernas de los pantalones y otros pequeños en las guerreras, para cargar radios y celulares. 'Lo cierto es que un año antes de desmovilizarme, las medidas de ‘Jojoy’ bajaron bruscamente, ese señor está enfermo', afirma.

Esta información se la confirmó su yerno, otro desmovilizado de las Farc, quien se desempeñó como enfermero de ‘Jojoy’ y quien por temor a su ex comandante permanece parco y seco cuando llegan visitas. 'Por lo que sé, tiene serios problemas de diabetes y hasta hace seis meses, tenían problemas de comida', cuenta Álvaro.

Agrega que 'a ‘Iván Ríos’ lo distinguí en una reunión de mandos con ‘Mayerli’, ‘Jerónimo’ y ‘Cano’, a quien vi de lejos. Eso fue en 2004 y físicamente estaba igual a como aparece en la prensa'.

De esas épocas recuerda sentirse presionado por los guerrilleros 'porque si yo le sacaba el cuerpo a las obligaciones, podría ser declarado como sapo y sospechoso; y si algo me daba temor de las Farc eran los consejos de guerra, pues en la guerrilla el castigo es la pena de muerte'.

Regreso a casa


Tras su captura duró cuatro días preso. En los medios de comunicación lo mostraron junto a docenas de telas de uso privativo de las autoridades y bajo el alias de ‘El sastre’.

Lo bueno llegaría tras confesar su deseo de desmovilizarse y ver a su esposa luego de cuatro años. Estaba fresca, con más canas y arrugas de tanta angustia, pero con la misma mirada que no cambió a pesar de esos años terribles.

De repente, su atención parece desvirase hacia los recuerdos. Luego de un silencio incómodo parpadea con sorpresa, como si regresara de muy lejos. 'Yo desde que me acuerdo está la guerra, pero la presión militar no es el camino, pues mientras se desmovilizan unos, reclutan a ecuatorianos y venezolanos', dice.
Fue tanto tiempo en la subversión que este sastre no olvida que 'la idea de las Farc es el poder, no el diálogo', por eso está dispuesto a sacar adelante su empresa con apoyo de la Alta Consejería para la Reintegración.

Álvaro impulsa el proyecto Confepaz, una compañía de textiles que construye en su casa ubicada en el sur de Bogotá, junto con una docena de desmovilizados de las Farc.

Su sueño es conseguir un taller de máquinas y trabajar para el Ejército. 'Hace 17 años ya sabía confeccionar prendas militares y créame que es beneficioso para mí aportarle al país con mi máquina de coser', asiente emocionado.

De hecho, espera las respuestas de la multinacional Coca Cola y de la marca Bon Ice, para firmar contratos que lo ayudarían en su sueño: 'Sacar a Confepaz adelante, fortalecerla y emplear a los desmovilizados que se pueda'.

Es tanto el interés de Álvaro en su proyecto, que ya tiene claro el escudo de su empresa: 'Será el mismo de las Farc, pero en cambio de dos fusiles, pensamos colocarle dos máquinas para coser esta paz rota'.

Publicado por
Lea también
Publicidad
Comentarios
Comente con Facebook
Vanguardia Liberal no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia Liberal se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad