lunes 16 de febrero de 2015 - 5:35 PM

Crimen pasional en Bucaramanga, nada más lejos del amor

En canciones y otras expresiones culturales se considera que el amor puede llevar incluso al homicidio. ¿Pero es el amor el que motiva el crimen? Particularmente, en el caso de los asesinatos de mujeres, expertos aseguran que lo que menos hay de por medio es amor.

Reconoció el cabello crespo y alborotado de su mamá en un bar a tres minutos de su casa, en el barrio El Porvenir de Bucaramanga.

Alejandra, de 23 años,  se acercó y conversaron. Mónica, de 42 años, le dijo a su hija que no pensaba demorarse. Compraría una torta para celebrar el cumpleaños de un amigo, tomarían unas cervezas y eso sería todo. Alejandra se fue a su casa, tranquila. Saludó a su pequeña hija, a su abuela, a su tía. Hizo los deberes y a dormir. La abuela, matriarca de una familia de mujeres, esperó hasta las tres de la madrugada del sábado 29 de noviembre de 2014. Mónica no contestaba. No era común, pero tampoco improbable. Estaría con una amiga, el cumpleaños se habría extendido. Antes de las seis, despertó. Mónica no había llegado. Su hija, su hermana Gina, su mamá, esperaron. Su celular repicaba. Buzón de mensajes. Las amigas no tenían idea de ella. Preocupación, duda, pero jamás la posibilidad de que le hubiera pasado algo malo.

Pasó el  día. Eran las 8:00 p.m. Mónica no llegó a otro cumpleaños, esta vez, el de su hermana Sharon. Vecinos comentaron que habían encontrado a una mujer muerta en cercanías de una ladrillera, zona ya boscosa, a cinco minutos de la casa. Gina no conectó a Mónica con aquel cuerpo. Y más adelante, tampoco, identificó su rostro.  

Mónica Andrea del Pilar Rocha Garzón sufrió fractura orbital, de tabique, lesión maxilar, hematoma subdural, hemorragia subaracnoidea y herniación cerebral: traumatismos severos de rostro y cráneo. Una cantidad de golpes difícil de calcular y que le causaron la muerte. Parecía como si su asesino hubiera querido borrar su cara.

En la audiencia de legalización de captura, que se realizó el 5 de diciembre, Gina vio de perfil el rostro del presunto asesino de su hermana, Gabriel Ernesto Infante Pabón. No mostró ninguna emoción al oír los cargos que le imputaban. Nada de reclamos de inocencia, ni tristeza por la pérdida de una persona conocida, tal vez, apreciada. Sin embargo, atribuyen los móviles del asesinato de Mónica a una razón pasional. “¿Cuál?”, se pregunta Gina, se pregunta Alejandra. No había pasión, no había emoción, ni siquiera una conexión sentimental entre ellos, aseguran los familiares de Mónica. Y se cuestionan, también, si la emoción de un hombre, si su deseo por una mujer, puede justificar que la asesine con tal sevicia y que, confrontado con sus actos, no se le mueva un pelo.

¿Exceso de amor?

Ese 28 de noviembre, la abogada y periodista Mónica Rocha salió de su casa con un pantalón verde de tela, unos zapatos cerrados de tacón, una camisa negra manga larga de velo y una chaqueta. Su cabello crespo, abundante y libre. Alejandra la acompañó a tomar el bus. Mónica revisó unos casos pendientes en Bucaramanga. Tenía la ilusión de abrir nuevamente la oficina que alguna vez había tenido. El día transcurrió sin contratiempos. Mónica no tenía problemas con nadie.

Días después, aún con las señas dadas en Medicina Legal, su familia se negaba a creer que la habían asesinado. Cuando pudieron aceptarlo, decidieron investigar qué fue lo que le sucedió.

Mónica y su amigo celebraban el cumpleaños de éste en las primeras horas de la noche en un bar cercano. Pero pruebas corroboran que Infante Pabón también llegó al lugar. El acusado era habitual de este bar. Un par de meses antes, había empezado a acercarse a Mónica, 20 años mayor que él. Con los días, al parecer, se ganó alguna confianza. La familia de Mónica no había escuchado de él. Esa noche coincidieron. Él no estaba invitado al cumpleaños.

Alrededor de las 11:00 p.m. los tres pasaron a otro bar, ubicado justo al cruzar la calle. Testigos les aseguraron que Mónica no había bebido demasiado. Con el transcurrir de las horas,  contaron que el acusado hacía esfuerzos por acercarse. Mónica bailó y, según grabaciones de cámaras de seguridad, se dieron un beso. El amigo, al sentirse muy ebrio, se marchó. Mónica se quedó.

Los videos muestran que Infante subió con ella a su moto y avanzó hacia la zona de la ladrillera. Se ve, momentos más tarde, que regresa solo.
Otros detalles dentro del proceso hacen creer a Gina y a Alejandra que el acusado había planeado el momento de estar a solas con Mónica. No saben con certeza lo qué pasó después, pero es probable que, al sentirse rechazado, el acusado la asesinó.

Testigos les contaron que Infante Pabón le preguntó al amigo si quería a Mónica, si tenía una relación con ella.

¿Se trata entonces de un crimen pasional? ¿La ira por el recha zo, por los celos, lo motivó?

En el lenguaje cotidiano se suele considerar el crimen pasional como motivado por los sentimientos que vinculan amorosamente a la pareja. De manera que se le atribuye ese crimen a la pasión que hay envuelta en esa relación”, explica la antropóloga e investigadora experta en este tipo de crímenes, Myriam Jimeno Santoyo.

¿Y son estas emociones razones suficientes, no solo para matar, sino para considerar estos asesinatos como crímenes pasionales?
El profesor de la Escuela de Derecho y Ciencia Política de la UIS y abogado penalista Juan Manuel Rodríguez explica que “no hay una excusa en el Código Penal que justifique un homicidio por una pasión. Estos crímenes no deben llamarse pasionales, son un homicidio”.

Con él coincide la psicóloga Catalina Valencia, de la fundación Mujer y Futuro, de Bucaramanga. “Los crímenes pasionales no existen, lo que existe con ese título es como un permiso para matar, porque no soy capaz de controlar mis emociones”.

El abogado explica que la pena por estos crímenes es de de 25 a 40 años. Algo que la familia de Mónica considera muy poco.   

¿Pasión o feminicidio?

 En enero de este año, en Piedecuesta, Natalia Prada Ruiz de 21 años y Omar Armando Luna, de 29, fueron hallados sin vida en un apartamento.
Natalia había terminado la relación con Omar dos meses atrás y, al parecer, él no lo aceptaba. La asesinó y se suicidó. El padre de la víctima le dijo a la prensa que Omar había golpeado a Natalia antes y le había advertido que si no era para él, no sería de nadie.

Aunque el abogado y docente Juan Manuel Rodríguez no está de acuerdo con la tipificación de feminicidio, ya que los hombres también son asesinados por sus parejas, las estadísticas dan la razón a las asociaciones de mujeres para insistir en que estos crímenes “pasionales” se consideren asesinatos de mujeres por razones de género, es decir, feminicidios.

En 2014 se cometieron en Santander siete homicidios donde el presunto agresor fue la pareja o ex pareja: seis fueron mujeres y uno, hombre, según datos de Medicina Legal. “La constante es que de 10 personas muertas en circunstancias de relaciones de pareja, entre 7 y 8, anualmente, son mujeres”, explica la antropóloga Myriam Jimeno.

La Ley 1257 de 2008 tiene por objeto la adopción de normas que permitan garantizar para todas las mujeres una vida libre de violencia, tanto en el ámbito público como en el privado. “Lo que busca esa ley es señalar que hay unas muertes que ocurren contra las mujeres y la causa es la idea de algunos hombres de que las mujeres son objetos suyos que poseen y controlan”, explica Carolina Morales, psicóloga de la Corporación Sisma Mujer. Y señala que el crimen pasional es considerado así por la sociedad porque se cree que se trata de asunto privado.

Catalina Valencia explica por qué estos crímenes deben ser considerados feminicidios: “están implicadas una serie de emociones que se esconden detrás de un supuesto amor, pero en realidad es un castigo a la otra por no saber actuar o no saber comportarse o no ceder al deseo de un hombre, entonces, la castiga matándola”.

Entre las características de los feminicidios, según la Ley 1257 de 2008, inspirada en el caso de Rosa Elvira Cely, está el grado de crueldad con el que se trata el cuerpo de una mujer.  

Aunque la familia de Mónica Rocha no acepta que se califique su caso como crimen pasional y niegan alguna vinculación romántica entre su hermana y el acusado, sí creen que se trata de un feminicidio por el grado de sevicia del asesinato. “Nosotros mantenemos una imagen del otro por el rostro y en el caso de mi hermana, no había forma de reconocerla”, señala Gina, quién es psicóloga. Explica, además, que les han indignado los comentarios de la gente, que culpa a Mónica por estar fuera de casa, por departir con hombres, como si no fuera un derecho de las mujeres decidir qué hacen, a dónde van.

Alejandra, la hija, quisiera “que se pongan los hombres en el mismo ejemplo de mi mamá, a ver si les gustaría encontrar a una chica que les guste y ella se acercara y luego aparecieran por ahí, tirados, y lo justificaran porque estuvieron saliendo un rato”.

Gina se sorprende aún más de las reacciones de algunas mujeres. “Es increíble que no exista la consideración frente a su propio género. No sorprende si lastiman a una mujer  porque supuestamente se lo merecía: ¿por qué salió? ¿Era de noche? ¿Estaba compartiendo con hombres? Es darle unas características negativas a lo que no tiene”.

Morales concluye: “esa es la importancia de entender los feminicidios como delitos: tienen que ver con el reconocimiento de que la responsabilidad de la violencia esta puesta en quien la infringe, no en quien la sufre”.

Y así como no se puede culpar a la víctima, tampoco, justificar al agresor. “No es la pasión, es el castigo, es la rabia porque la mujer infringió un lugar que debía guardar, así se invoque al ‘exceso del amor’. Es la rabia que le produce que ella no se comporte como él quiere que se comporte”, puntualiza Jimeno.

Para tomar acciones frente a este tema, Catalina Valencia solicita: “el primer paso es reconocer el maltrato. Los hombres ejercen muchísimas formas de maltrato que no consideran como tal. Sales a la calle a hacer la compra y estás sujeta a oír cinco o seis piropos obscenos, molestos, violentos, ahí ya estamos sufriendo un maltrato”.

El domingo 30 de noviembre, un estudio dactilar de medicina legal confirmó la identidad de Mónica.  Gina recibió la noticia. “Es una pérdida infinita, es como si la vida y el mismo cuerpo de uno se fracturaran y se trataran de encontrar los pedazos y uno no es capaz de recomponerlos”, asegura. Solo la justicia podría hacerlo.  

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