domingo 26 de abril de 2009 - 10:00 AM

Operando en la zona de guerra

Era la 1:00 a.m. del día de navidad en Liberia. Víctor Uranga estaba de guardia en Monrovia, Liberia, en un hospital de la Cruz Roja.

 

'En ese momento un joven llegó con las manos amputadas y colgadas de la piel. Estaba desnudo'.

El joven tenía 20 años en ese entonces. En Sierra Leona y Liberia, países vecinos en el continente africano, le cortan las manos a los combatientes capturados por algún ala militar.

'Tuvimos que anestesiarlo sentado y procedimos a terminar la amputación', explica Víctor Uranga.

Aunque habla profesionalmente, con un léxico frío y preciso de médico, Uranga tiene la voz cálida y un sencillo acento mexicano.
La experiencia en África como cirujano de la Cruz Roja ha sido la más difícil de su vida.

Ver a ese joven que dependería toda su vida de otros y protegerse de los balazos en plena capital de Liberia lo hicieron sentir miedo, un miedo que esquivó durante 30 años de práctica privada como cirujano.

Nunca se ha arrepentido, eso sí, de renunciar a esa vida tranquila y segura, para correr a las zonas de conflicto alrededor del mundo y operar a las víctimas en las condiciones más terribles.

Sin agua, sin suficiente equipo médico, a la intemperie, en medio de las balas. Víctor Uranga es un cirujano de guerra.
 

 
Víctor Uranga, un cirujano de guerra en medio de los conflictos del mundo


Sitiados


Desde el 2001, Víctor Uranga trabaja con la Cruz Roja cerca de las zonas de conflicto.

Después de pasar toda su práctica profesional en el campo de lo privado, Uranga quería una cosa muy sencilla: cambiar de vida.

'Habiendo ya educado a mis hijos y habiéndome sentido un poco esclavizado por mi práctica privada quería yo un cambio que me permitiera cierta libertad… sobre todo para ver el mundo'.

Sabía que podía haber cierto riesgo, pero a Uranga le gusta. Cuando abandonó su práctica privada a los 55 años, emprendió un viaje en motocicleta desde Alaska hasta Tierra de Fuego.

Cinco meses estuvo fuera de su casa en Miami. Pero Uranga es prudente con esto del tiempo. Las misiones que ha emprendido con la Cruz Roja alrededor del mundo, son estrictamente de seis meses.

Una de las razones es que después de dicho tiempo, el estrés empieza  a afectar sus nervios y la otra es porque quiere seguir casado.
Uranga tenía un colega mexicano en la Cruz Roja. Hizo su solicitud y fue aceptada. Aparte de su amplia experiencia y sus credenciales profesionales, el organismo internacional necesitaba médicos dispuestos.

En principio fue a Ginebra, Suiza, donde recibió un seminario de Guerra. Enseguida viajó a Kenia, donde entrenó cirujanos civiles durante 3 meses.
Luego vino la guerra: Liberia, Darfur, Afganistán.

 'Ha sido muy interesante trabajar ahí, con los medios más primitivos y un poquito más cerca del frente real de batalla', dice.

En las casas donde viven los médicos y voluntarios de la Cruz Roja, existe un bunker al que acuden en caso de verse envueltos en un fuego cruzado.

'Durante la guerra y en épocas de ataque directo analizas tu personalidad, tus temores, te tienes que reprimir y tienes que seguir trabajando'.
 Y Uranga tuvo que guardar la compostura aún me dio de las balas.

En Sudán, los rebeldes del Movimiento para la Justicia y la Igualdad (JEM) de Darfur, entraron hoy en la capital, Jartum.

Uranga estaba en un hospital de la Cruz Roja, flanco fácil de los proyectiles del ejército y los rebeldes.

De un momento a otro, mientras Uranga atendía al herido de una mina, los disparos penetraron en las paredes del hospital.

'En ese mismo instante y como conocemos el protocolo, tomamos las precauciones para protegernos de alguna bala que entrara por la ventana'.
Sin embargo, a Uranga y a sus compañeros  médicos les resultaba difícil hacer que los heridos y otros civiles que se encontraban en el hospital mantuvieran la calma.

Evidentemente, señala Uranga, terminaron con cualquier operación que estuvieran llevando a cabo. El personal se escondía debajo de las camillas, que servían como refugio improvisado a las balas.

De repente las balas cesaron. 'Los civiles quieren averiguar qué pasó, pero procuramos que no salgan'.

Las tuberías de agua habían estaban destruidas, así que Uranga continúo su trabajo limpiando con gasas.
Tres meses después, regresó con su esposa a Miami, donde tiene su residencia.

¿Qué opina su familia?
'Toda mi familia piensa que me estoy arriesgando demasiado y que en un momento dado, algo me va a pasar'.

Bajo las estrellas

Para Uranga, la mayor parte del riesgo está representada en el tipo de transporte en el cual se movilizan los voluntarios de la Cruz Roja.  
El helicóptero es, a su juicio, el más peligroso.

El 9 de enero de este año, las Naciones Unidas y la Cruz Roja suspendieron su ayuda humanitaria a Gaza luego de ataques letales israelíes a convoyes de auxilio.

El 10 de febrero de este año, los rebeldes atacaron un hospital improvisado en la zona de guerra del norte de Sri Lanka.

Y en Colombia, el Cicr reportó 35 casos de ataques contra misiones médicas en 2008.

Pero no todo ha sido guerra. En medio de las insuficiencias para cumplir la labor de la cirugía y de circunstancias terribles como el caso de los niños soldados, Víctor Urango ha encontrado tiempo para vivir otras experiencias.

Curiosamente en Darfur. 'Era época de lluvias, había habido una tormenta muy fuerte y nos voló tres tiendas de campaña y nos dejó en un charco. Fue allí cuando tuve la oportunidad de recostarme en el desierto a ver las estrellas'.

Una de las últimas misiones en las que estuvo fue en Afganistán.

En la pasada administración, George Bush había descuidado la incursión de las tropas estadounidenses allí, pero Barack Obama planea reactivarla.

Víctor Urango estuvo entrenando médicos en la zona de Kalabah y hace una semana estuvo en Bucaramanga, entrenando médicos para trabajar con heridos de las minas antipersona, invitado por la Cruz Roja y la Facultad de Medicina de la UIS.    

Afganistán le rompió el corazón. Los niños son quienes más lo conmueven.
'Los niños salen corriendo a la carretera cuando escuchan un auto blindado'.

Uranga asegura que poco les importan las nubes de tierra, las posibles minas del camino.
Los llaman 'los niños del polvo'.

En cada una de las misiones en Tagab, Uranga los encuentra junto a la ruta, levantando los brazos, pidiendo un regalo, una limosna.
Víctor Urango se pone inquieto cuando habla de las repercusiones de la guerra. De alguna manera, venir a entrenar médicos en ciudades distantes al conflicto desde el punto de vista bélico, es un descanso.

No deja de soñar, aunque es conciente que pronto tendrá que ceder su espacio en la Cruz Roja a cirujanos más jóvenes.
No tiene el aspecto, pero Urango es un rebelde de corazón.

 

 

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