sábado 26 de octubre de 2019 - 10:02 AM

Un día con los desminadores humanitarios en Matanza, Santander

En el corregimiento de Santa Cruz de La Colina en Matanza, a casi dos horas de camino desde Bucaramanga, 30 hombres del Ejército Nacional dejaron las armas y el camuflado para salvar vidas.
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Por: Jorge Villamizar

Fotografías: Marco Valencia

Son parte de la compañía Berlín, del Batallón de Desminado Humanitario Número 3 del Ejército, quienes tienen como misión ‘Limpiar’ la región de minas antipersona y municiones sin explotar, sin usar una sola arma.

No lo hacen para las tropas o grandes proyectos, sino para el beneficio de la comunidad que por años han sufrido el flagelo de los campos minados.

Los ingenieros militares pasan sus días en un campamento en la vereda La Plazuela desde hace casi dos años y desde allí se coordinan las labores de desminado y trabajo de la mano con la comunidad.

Salvando vidas

En el batallón hay un grupo de desminadores y otro de personal de estudios no técnicos cada uno con funciones bien definidas.

Sin importar lo lejos que estén de sus familias, o el riesgo que corren en el trabajo, cada mañana despiertan antes del amanecer, y parten a la montaña a puntos específicos en donde, según les han señalado los campesinos, pueden haber minas o municiones.

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Parten cada uno con sus herramientas, los detectores de metales, pinzas, picas, señaladores y otros elementos para revisar minusiosamente el terreno, centímetro a centímetro.

Un proceso lento y exhaustivo, pues liberar un área de 100 metros les puede costar hasta dos meses de trabajo.

“La idea es dejar todo libre de sospechas de mina y que los campesinos vuelvan a caminar por donde no podían” explicó uno de los desminadores.

Un olfato privilegiado

Aunque en la compañía Berlín, por la condiciones del terreno, no cuentan con uno de estos compañeros, los desminadores tienen un aliado de cuatro patas.

‘Rocky’ es uno de los caninos antiexplosivos del Batallón de Desminado Número 1, un Pastor Belga de dos años que fue entrenado durante un año para detectar el material explosivo.

“Me lo entregaron a los cuatro meses, para comenzar a adaptarnos, enseñarle a jugar, obedecer la señales de voz y luego entrenarlo” explicó el Soldado Profesional y guía canino Fabián Ramírez.

Son certificados por la OEA en detección de minas y pueden trabajar durante máximo media hora y descansar 30 minutos más, durante 8 horas por día.

“Están entrenados para encontrar minas, sólo para eso, detectar que hayan o no hayan explosivos”, agregó Ramírez.

Entre ‘Rocky’ y Fabián existe un lazo excepcional, él lo mima y juegan y cuando trabajan se nota, el perro camina derecho mientras el soldado lo detiene con una cuerda, el canino se sienta cuando detecta algo y a partir de ahí comienza el trabajo del resto del equipo para demarcar y revisar el pedazo de tierra.

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“Son como un hijo para uno, cuando se enferman toca dormir con él. El vínculo que hay entre los dos es muy grande” añadió el soldado oriundo del Cauca, que pertenece al Ejército desde hace 6 años, la mitad de ellos como guía de desminado.

Unidos como equipo

$!Un día con los desminadores humanitarios en Matanza, Santander
$!Un día con los desminadores humanitarios en Matanza, Santander

El grupo lo integran los investigadores, desminadores encargados de detectar, podar, delimitar y cavar, además de los explosivistas y siempre van acompañados de un enfermero, aunque todos saben de primeros auxilios y están preparados para auxiliar a cualquier compañero que sufra un percance, pues ni ellos mismos se podrían librar de caer en una ‘quiebrapata’.

En Santander, 288 personas han sido víctimas de minas antipersona, 138 fueron miembros de la fuerza pública y 150 civiles.

A la visita al campamento que coordinó la Oficina del Alto Comisionado para la Paz, acudió, además de comunicadores, el Soldado Profesional en Retiro Marcos Medina Medina, de 55 años, nacido en Onzaga Santander y fundador del Batallón de Contraguerrilla Número 5 los Guanes.

Marcos, tiene en la memoria una fecha y una hora exactos, el día que en tierras de San Vicente de Chucurí le cambió la vida. El 14 de diciembre de 1991 a las 8:25 de la mañana una mina lo dejó sin su pierna derecha.

“Esta situación me enseñó a ser mejor persona y a quererse uno mismo para poder entender a las demás personas que lo rodean a uno, porque la víctima fui yo, pero la víctima también es el núcleo familiar y quienes lo rodean a uno” afirma con gran seguridad.

Ahora vive en Piedecuesta y es representante legal de una fundación llamada Fundahéroes, que acompaña a miembros de la Fuerza Pública víctimas de la violencia.

“Duele más la indiferencia de la gente, que las mismas heridas de la guerra. Nosotros no somos personas que quisimos estar así, es por cosas del destino que una discapacidad le puede pasar a cualquiera, fue por defender a este lindo país, entonces me siento tranquilo y satisfecho, perdí una parte de mi cuerpo pero eso no me inhabilita, me da más berraquera”, finalizó.

Frutos de esperanza

Doña Marlene Mayorga y su esposo Reinaldo Díaz viven desde hace 22 años en la vereda junto a sus 7 hijos, ella es oriunda de Zapatoca y él de San Vicente de Chucurí, su finca es una de las más afectadas por la violencia y allí se ubica ahora el campamento de los militares.

“No podíamos trabajar, estaba todo minado, aquí operaron muchos grupos al margen de la ley, a mí incluso me secuestraron. Teníamos 7 potreros en los que no se podía trabajar. Somos fiel testimonio de lo que es la violencia de este país” explicó la mujer.

Sus terrenos han sido los primeros en ser declarados libres de sospecha de minas y residuos de guerra, territorio que pasó de ser improductivo a dar frutos, pues los mismos militares han trabajado con ellos para cultivar lulo en las héctareas que han sido limpiadas, frutos que se convierten en símbolo de la paz.

“Le abrimos la puerta, y desde hace más de un año a medida que ellos iban desminando se ha ido sembrando el lulo y ya es el primero que se está produciendo”, añadió doña Marlene.

Como la familia Díaz Mayorga, son decenas de campesinos en La Plazuela, que ven como propios a los desminadores, quienes arriesgan sus vidas para sembrar esperanza.

Además: Menor de edad perdió un pie tras pisar una mina en el sur de Bolívar.

“A ellos sólo les tenemos agradecimientos, mucho cariño porque son como unos hijos adoptivos. Nos quitaron esas cadenas que teníamos que no podíamos trabajar tranquilos, son unos héroes silenciosos.” finalizó la mujer.

La vida en Santa Cruz de La Colina es distinta desde hace un tiempo, y son estos hombres los encargados de llevar esperanza y tranquilidad a una comunidad que años atrás vivía entre el conflicto de grupos insurgentes.

Como ellos, son siete los batallones que hacen presencia en varios departamentos del país en donde hay amenazas de contaminación con minas antipersona y municiones sin explotar. Una misión que no sólo cumplen estos 4600 hombres y mujeres del Ejército en todo el país, sino 11 organizaciones humanitarias más.

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