Mónica Suárez es una comunicadora social santandereana que reside en Chile. Esta periodista escribió para Vanguardia.com un relato de lo que vivió ayer, cuando un seísmo de 7,0 grados de magnitud en la escala Richter sacudió ocho regiones de Chile. Esta es su historia

Publicado por: MÓNICA SUÁREZ, ESPECIAL PARA VANGUARDIA.COM
Después de casi dos años en Chile y más de 10 movimientos sísmicos, que a mi juicio son terremotos, me considero una verdadera sobreviviente. Es imposible acostumbrarse, sobre todo porque para los organismos de emergencia del país un movimiento de 7,0 en la escala Richter es un “sismo de mediana intensidad”.
Cualquiera pensaría que la situación no es muy distinta a la que se vive en Bucaramanga, el segundo nudo sísmico más activo del planeta y donde constantemente se sienten temblores (muchos imperceptibles). Sin embargo, aquí son frecuentes, por no decir semanales, los movimientos que se producen a menos de 50 kilómetros de profundidad lo que provoca que a nivel del suelo se sienta mucho más fuerte.
Después de haberse levantado del terremoto registrado más grande de la historia, 9,5 grados en Valdivia en 1960 y de haber padecido constantes tsunamis y movimientos telúricos que han dejado destrucción a su paso como el vivido el 27 de febrero de 2010, Chile parece ser un país verdaderamente bendecido por la providencia. Quizá sea eso sumado a que las construcciones están asombrosamente bien hechas, siguen todas las normas antisísmicas al pie de la letra y por eso uno de los lugares más seguros para pasar un temblor es dentro de la casa o en mi caso, dentro del apartamento que arriendo en el piso número 12.
No obstante, es imposible guardar totalmente la calma. El del pasado domingo fue un movimiento que según el Servicio Sismológico de los Estados Unidos marcó 7.2 grados en la escala Richter con epicentro a 32 km al noreste de Talca, la ciudad donde vivo con mi esposo y mis dos gatas. Se sintió tan fuerte que necesité varias tazas de agua de toronjil para poder sentarme a escribir.
No es el primer terremoto que he sentido desde que llegué a Chile a hacer mi práctica profesional en un periódico en Temuco, al sur del país. Una vez fue en medio de la noche, uno de 6,8 grados en una cabaña de madera que arrendaba recién llegué. Otro de 7,1 grados en Temuco, que me sorprendió en la ducha y que no puedo evitar recordar cada que me enjabono el pie porque no me explicó cómo salí de ese baño sin resbalarme y darme un golpe en la cabeza porque en ese quinto piso donde estaba, ni siquiera me podía sostener en pie mientras intentaba llegar a la cama.
El más fuerte hasta ahora, sin lugar a dudas, fue el del pasado domingo. Generalmente empiezan igual, un ruido extraño, como si el camión de la basura se estacionara a lado de la ventana, luego un suave bamboleo que aumenta, aumenta, aumenta y sigue aumentando mientras uno observa impotente cómo todo a su alrededor se mueve con una fuerza impresionante. Este nuevo terremoto empezó a las 7:37 p.m., estaba con mi marido, Chileno, que de terremotos ya ha tenido bastante como para no asustarse, sentada en el comedor.
Cuando nos dimos cuenta de que la cosa no paraba y de que el televisor estaba acercándose peligrosamente al borde de la mesa, nos paramos a afirmarlo. En ese momento se oían crujir los fierros que soportan la estructura del edificio a manera de esqueleto y que, en gran parte es la razón por la que las construcciones soportan sismos tan fuertes; una grieta en el techo comenzó a aparecer y una trizadura que se hizo en la pared provocó que el papel de colgadura se rompiera.
Millones de cosas pasan por la cabeza en ese momento. En mi caso, ver las ventanas abrirse, las puertas moviéndose incontrolablemente, las paredes como las de una caja de cartón que está torcida y oír esa orquesta que formaba el ruido de los vidrios, los fierros y los platos sobre la mesa, sólo me hicieron pensar que este edificio había soportado muy bien uno de 8,8 grados hace 2 años, pero que un segundo de igual o similar magnitud, quién sabe.
Lo primero que intenté fue alejarme lo más posible de la puerta de vidrio que da hacia el balcón, esa es la primera recomendación que le dan a uno cuando llega a Chile, que se aleje de cualquier ventana pues suelen estallar y, obviamente, no quedarse debajo de algún objeto que pueda caer como una lámpara o libros que estén en estantes altos.
La información oficial habla de 40 segundos de duración, sin embargo, para mí fue eterno porque el apartamento se seguía moviendo incluso dos minutos después de que lo peor ya había pasado.
Lo siguiente era conocer qué era lo que había sucedido realmente. Aquí como buen país centralizado si no se siente en Santiago, no hay noticia. Afortunada o desafortunadamente en la capital se percibió con una intensidad VI en la escala de Mercali, aquí en Talca fue de VIII, y por eso todos los canales nacionales ya estaban con la noticia. Primero se habló de un sismo de 7,2 grados con alerta preventiva de tsunami en las costas del Maule, una de las zonas más afectadas con el terremoto del 27 F; medios internacionales hablaban de 6,4 grados, la Oficina Nacional de Emergencias del Ministerio del Interior (Onemi) cifró en 6.8 el movimiento y sobre las 2 de la mañana de este lunes rectificó el dato y oficialmente el temblor fue de 7.0 grados, a 40 km de profundidad con epicentro a 24 km al noreste de Talca, en el centro del país y zona vinícola por excelencia.
Pese a la amplia experiencia que tiene el país en materia de terremotos las autoridades no se ponen de acuerdo, tal como ocurrió en 2010 cuando el Servicio Hidrológico y Oceanográfico de la Armada (Shoa) entregó la información de que no existía riesgo de maremoto y minutos después Constitución, Talcahuano y la Isla Juan Fernández eran literalmente arrasadas por el agua. El domingo se habló de evacuación preventiva, luego el Shoa descartó riesgo de tsunami pero mucha gente ya estaba en los cerros así que volvieron a decretar la evacuación hasta que, finalmente, sobre las 12 de la noche la orden fue levantada, lo que provocó que en las redes sociales se comparara la labor de los organismos estatales con la de Homero Simpsons en la planta nuclear.
Lo más curioso de este sismo, que provocó la caída de la red telefónica y un corte en el suministro de energía eléctrica y de agua en varios sectores de la región del Maule como en Constitución; es que ya había sido “pronosticado”. La semana pasada comenzaron a circular mensajes que alertaban de un posible terremoto este fin de semana debido a la alineación de algunos planetas, información aparentemente dada por Juan Andrés Salfate, quien tiene un programa sobre asuntos paranormales. Fue tanta la polémica que se generó con los cambios de la magnitud del sismo que muchos en Facebook y Twitter se atrevieron a nominar al presentador como presidente de la Oficina Nacional de Emergencias.
Luego de más de 7 réplicas, la gente en la calle no para de hablar de lo ocurrido. En mi edificio todos se reunieron en el primer piso a comentar el episodio, hasta los conserjes sacaron su televisor para que todos pudieran ver las noticias. Lo extraño es que vecinos que nunca saludan en el ascensor se mostraban preocupados y le preguntaban a los demás cómo estaban. Eso siempre sucede en Chile donde aún toda conversación con amigos o familiares termina, por alguna extraña razón, con el terremoto del 27 F como tema.
Y aunque la gente no se acostumbra a movimientos de tierra tan fuertes, el país ha sabido enfrentarse de manera efectiva a los terremotos y ha logrado establecer una estricta normativa antisísmica que se cumple y ha conseguido que la mayoría de sus ciudadanos sepan exactamente qué hacer y cómo actuar en caso de terremoto.
Es evidente que en Colombia y en Bucaramanga tenemos mucho que aprender de la experiencia chilena, porque, no es posible que nuestra ciudad esté sobre el segundo nudo sísmico con mayor actividad en el mundo y no tenga capacidad de respuesta en caso de un sismo de mayor intensidad, porque no hace falta ser un experto para saber que con un movimiento como el ocurrido en Talca el domingo que no dejó daños ni víctimas, muchas de las estructuras bumanguesas habrían resultado seriamente afectadas e incluso colapsado como en Armenia en el año 99.
















