viernes 24 de febrero de 2023 - 10:15 AM

Así cambió la invasión a Ucrania: “no se puede ser espectador en la guerra”

En su discurso del año pasado para recibir 2023, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski dijo que el 24 de febrero del 2022 los misiles rusos despertaron a su país a una nueva realidad que enseñó a los ucranianos quiénes eran y de qué eran capaces sus amigos, sus enemigos y, sobre todo, ellos mismos.
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El comienzo de la invasión hace exactamente un año supuso un antes y un después para todos los ucranianos, a quienes la guerra ha cambiado radicalmente su vidas, sus percepciones y su relación con el país y la sociedad de la que forman parte.

“Con las primeras explosiones supe que era necesario decidir, y decidí enrolarme en las fuerzas armadas, en la Marina, porque no quería irme ni quedarme mirando”, dice a Efe Vyacheslav Teschner, un joven de 28 años que dejó su trabajo como productor y operador de televisión para sumarse a la defensa de su país.

“No cabe ser espectador”

Haciendo uso de su experiencia con esta tecnología, Slava, la abreviación de su nombre por la que le llaman todos, dejó las transmisiones de noticias para dedicarse a entrenar a soldados en el manejo de drones.

Preguntado por los motivos que le llevaron a alistarse, el joven repite varias veces como si se le hubiera planteado una cuestión obvia: “porque ésta es mi casa, porque ésta es mi vida”.

Pese a tener pasaporte estadounidense y a su familia que la espera en Estados Unidos, la escritora ucraniano-estadounidense Larissa Babij ha decidido quedarse en Kiev y trabaja en varios proyectos para apoyar a las fuerzas armadas.

“Mi vida ha sido invadida por el intento de Rusia de aniquilar a Ucrania”, dice Babij a Efe. “No se puede ser espectador en la guerra; los ucranianos han demostrado que la responsabilidad y las acciones individuales marcan la diferencian”, remacha.

La odisea

Igual que Slava Teschner, la bibliotecaria Marina Boklag sigue considerando su casa la ciudad de Mikoláiv, un puerto industrial del Mar Negro con una larga tradición naval, conocida por la importancia de sus astilleros.

Después de pasar muchas noches en los refugios antiaéreos, Marina salió de su ciudad, una de las más castigadas por los bombardeos rusos, el pasado abril.

Embarazada de ocho meses, viajaba con su hijo de 14 años, Sasha, y con su suegra Nadia, con quienes se ha asentado de forma provisional en la ciudad italiana de Ferrara.

Atrás dejaba a su marido, un soldado de la Marina ucraniana que en esos momentos resistía al asedio ruso en la acería de Azovstal de la ciudad de Mariúpol.

Menos de un mes después de que ella escapara de Ucrania por carretera a través de Moldavia y Rumanía, los rusos hacían prisionero a su marido y a sus compañeros de armas.

“Desde entonces no sabemos de él más que lo que nos ha dicho algún militar liberado en intercambios que lo vio durante el cautiverio”, cuenta. “Por ellos sabemos que está vivo, y está bien”, dice a Efe desde Italia.

Marina dio a luz a una niña, Polina, el pasado 30 de junio en Italia.

Cuando pase el invierno planea regresar a Mikoláiv, donde la frecuencia de los ataques ha disminuido desde que el ejército ucraniano liberara la vecina Jersón y donde viven sus padres, que se negaron a irse su ciudad.

La agresión rusa ha separado y mutilado a millones de familias como la de Marina, y ha marcado el destino personal de todos los ucranianos. Algunos han aprovechado la simpatía internacional para cumplir sus planes de emigrar. Otros han abandonado esos mismos planes para quedarse a trabajar por su país.

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