martes 02 de junio de 2009 - 6:59 PM

China: Tiananmen, 20 años después, herida abierta, memoria prohibida

Veinte años después, la herida abierta por la represión de las manifestaciones del 4 de junio de 1989 en China no se ha cerrado, pero el régimen comunista, que había vacilado, lleva con mano firme el timón de una de las mayores potencias mundiales y prohíbe el ejercicio de la memoria.

En todos los continentes, de Sydney a Londres pasando por París, Washington o Hong Kong, se celebrarán conmemoraciones.


Pero en China, en el mejor de los casos el silencio ensordecedor quizás se vea perturbado por algunos actos aislados: los disidentes están vigilados constantemente o los mandan a tomar el aire de la montaña.

Algunos quizás vayan el jueves de blanco, color de luto, como pide la disidencia en el exilio.

El PCC "teme enormemente que la sociedad se ampare de la conmemoración y acuse a los 'herederos de los carniceros de Tiananmen'", estima el sinólogo Jean-Philippe Béja, y "de ahí la crispación".

Tabú en China, la "rebelión contrarrevolucionaria" nunca ha sido revisada y se desconoce el número de muertos: ningún balance oficial, 241 muertos según el Ayuntamiento de Pekín, varios miles, según los defensores de los derechos humanos.

Los acontecimientos no han podido imprimirse en el espíritu de una juventud sumida en la ignorancia y acaparada por la búsqueda de un empleo en la nueva jungla que es ahora la tercera potencia económica mundial.

Era otra juventud -idealista, ingenua, inexperta- la que se ganó rápidamente el apoyo de los profesores y luego de obreros, funcionarios, jubilados y habitantes de Pekín, y que a partir de mediados de abril hizo temblar a los herederos de Mao ese año 1989 fatal para el comunismo en muchos países.

Impensable antes, el movimiento contagia deprisa a decenas de miles de chinos, a veces supera el millón, que exigen en la calle una democratización, se extiende a decenas de ciudades y crece durante siete semanas sin que el PCC se mueva.

Esta asombrosa parálisis del poder genera euforia y todo tipo de esperanzas.

Las cámaras de todo el mundo, presentes en Pekín para cubrir la llegada del dirigente Mijaíl Gorbachov y la cumbre de la normalización chino-rusa, filman como quieren los desfiles de estudiantes con camisas blancas, los desmayos de los huelguistas de hambre; entrevistan a sus líderes, que llevan cintas rojas en frente, o se introducen en las universidades en efervescencia. Y alimentan la inmensa humillación de Pekín.

Los líderes estudiantiles Wang Dan, Wu'er Kaixi o Chai Ling -todos exilados hoy en día- pasan factura al primer ministro Li Peng, que tendrá un papel clave en la represión, piden cuentas y reclaman libertades.

Aceptan dialogar con Zhao Ziyang, que acude a hablar con ellos el 19 de mayo, pero el jefe del PCC, que les suplica en vano que abandonen la plaza Tiananmen, pagará sus lágrimas con una brutal caída en desgracia. Al día siguiente, proclaman la ley marcial.

Deng Xiaoping opta por la fuerza y decide la evacuación de la plaza Tiananmen. El 3 por la noche, los altavoces instan a los ocupantes de la mayor explanada del mundo a que la abandonen.

Ningún manifestante muere en la plaza Tiananmen, pero en las calles adyacentes y en otros barrios, donde la juventud y los pekineses resisten, es un baño de sangre. El Ejército popular ha disparado contra el pueblo. Inconcebible.

El mundo, pasmado, expresa su indignación y se dispone a acoger a los disidentes huidos. China entra en un periodo de aislamiento, impera el silencio.

Cuando reaparece, Deng ni siquiera menciona los estudiantes muertos. pero anuncia la continuación de las reformas económicas. Estas reformas harán que China vuelva a ser perfectamente frecuentable.

La imagen del hombre solo que impide el paso de una columna de blindados en la avenida Chang se volverá emblemática en todo el mundo.

La mayor parte de los chinos no la han visto nunca: está prohibida en China.
 
 

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