sábado 28 de septiembre de 2019 - 9:12 AM

Cómo afecta al mundo que EE. UU. tenga millones de barriles de petróleo guardados

Enterrados a 1.200 metros de profundidad, en cavernas de sal en las que cabrían cuatro edificios Coltejer puestos uno sobre otro, Estados Unidos guarda 698 millones de barriles de petróleo; suficientes para bombear desde las profundidades la solución a una crisis global, pero también para, eventualmente, cerrar el grifo y negar al mundo el combustible que lo mueve desde hace más de un siglo.
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El país norteamericano, que en cada una de las últimas tres décadas declaró una guerra que involucraba intereses petroleros –Kuwait (1991) Irak (2003) y Libia (2011)–, ya no es esa potencia lejana que debía mirar hasta el otro lado del mundo, a Medio Oriente, o hacia el sur, a Venezuela, para satisfacer su demanda de crudo.

Desde 2010, cuando adquirió a través del fracking la tecnología para llegar tan profundo en la tierra como fuera necesario hasta encontrar gas y petróleo en su propio territorio, Estados Unidos ha dejado gradualmente su rol de importador. En noviembre del año pasado, incluso, se convirtió en el mayor productor de petróleo del mundo, superando a Arabia Saudí y a Rusia.

Se trata de un logro no solo económico, también político. Con 17,87 millones de barriles saliendo diariamente de sus petroleras –según la Agencia Internacional de Energía (AIE)– y 650 millones acumulados bajo tierra en los domos de sal, el país gobernado por Donald Trump ya no es un actor pasivo ante crisis petroleras como la se que desató esta semana.

El estallido en la mayor refinería del mundo en Arabia Saudí el pasado lunes, y el consiguiente disparo de los precios del petróleo a niveles solo vistos desde la Guerra del Golfo en 1991, no tomaron a la potencia norteamericana sin preparación.

El atentado, reivindicado por los rebeldes hutíes de Yemen, aunque atribuido por EE. UU. a su mayor enemigo en Medio Oriente, Irán, parece anunciar el inicio de una batalla que Estados Unidos lleva cuatro décadas proyectando, y en la que la munición no son ojivas, sino barriles de petróleo.

La yugular de occidente

El expresidente de Estados Unidos, Richard Nixon (1969-1973) sacó a su país de una guerra, la de Vietnam, y lo involucró en otra, la de Yom Kippur, en respaldo de Israel contra Egipto y Siria. Sin embargo, puso a su libro de memorias el título de “La verdadera guerra”, como para indicar que la disputa trascendental, la real, sucedía de fondo tras ambos movimientos.

No se trata de una gran revelación: la “verdadera guerra”, el relato que subyacía tras la mayoría de confrontaciones bélicas de la época, era entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Lo interesante que anota Nixon, es aquel que consideraba el insumo clave para ganar o perder el conflicto. En el fondo, dice, la Guerra Fría era un enfrentamiento por crudo.

Nixon describió el Estrecho de Ormuz, el espacio angosto de océano que sirve como puerta al Golfo Pérsico, a Irán, Emiratos Árabes, y Kuwait –por el que en 2016, según la AIE, cruzó el 30 % del petróleo comercializado por mar en el mundo– como la “yugular de occidente” y dijo que si la entonces Unión Soviética llegara a controlar este espacio, habría ganado la guerra sin disparar un solo misil.

Hablaba desde la experiencia. Siete años antes, debió afrontar como presidente la primera señal de que el petróleo, ese recurso que abundaba en países distantes y eventualmente hostiles, podía ser más que el motor de la economía estadounidense y convertirse en un arma en su contra.

Enterrar el futuro

Como represalia por el apoyo norteamericano a Israel, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) –conformada entre otros por Venezuela, Arabia Saudí, Irán e Irak–, declaró un bloqueo a la venta de petróleo contra Estados Unidos en 1973 y una reducción en la producción que cuadruplicó el precio del petróleo y, de un golpe, enriqueció a los países productores y obligó a racionamientos a las potencias occidentales.

“Entonces, EE. UU. entendió que era fundamental garantizar su seguridad energética”, afirma el exministro de Minas Amylkar Acosta, “y tomó dos decisiones como política de Estado: disponer de reservas estratégicas de crudo y prohibir que el petróleo producido en suelo estadounidense se exportara”.

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La primera se concretó cuatro años después, en 1977, cuando el primer cargamento de combustible fue almacenado en la recién adquirida bóveda de sal que, hoy, es el depósito de reservas de emergencia más grande del mundo.

El uso de estas reservas es de potestad exclusiva del presidente y ha sido requerido en tres ocasiones: durante la Guerra del Golfo en 1991, durante los desastres en la producción causados por el Huracán Catrina en 2005, y ante el desabastecimiento de crudo generado en 2011 por la guerra civil Libia.

La segunda decisión, el bloqueo a las exportaciones, se mantuvo por 40 años hasta 2014, cuando el auge del fracking cambió el escenario. De fondo, explica el analista experto en Medio Oriente, Hasan Türk, la política petrolera de EE. UU. ha seguido un principio básico: ser el último en quedarse sin petróleo. “Consumir el de otros países y dejar el suyo para el futuro”, afirma.

De alguna forma, añade Türk, Estados Unidos dedicó las últimas cuatro décadas a comprar su independencia. Los 695 millones de crudo que adquirió de los países de Medio Oriente y enterró en sus bóvedas de sal son su garantía para no depender de ellos ante un contexto de crisis, al garantizar un suministro durante al menos 90 días ante un bloqueo total.

Esto, explica Julio César Vera, expresidente de la Asociación Colombiana de Ingenieros de petróleos, le permite no estar tan atado a relaciones de conveniencia con países árabes: por ejemplo, romper pactos como el Acuerdo Nuclear con Irán como hizo Trump en 2017, así como dejar pasar tiempo ante la situación venezolana, la cual se solucionaría “en semanas”, de acuerdo con Türk, si Estados Unidos dependiera del petróleo que hoy está en manos del gobierno de Nicolás Maduro.

De esta forma, mientras se pronostica el fin de la era del petróleo –por el cambio de fuente de energía o la extracción de hasta la última gota del subsuelo–, el país norteamericano se ha asegurado, en un juego de póker monopolizado por los hidrocarburos, de ser el último en quedarse sin cartas

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