sábado 20 de julio de 2019 - 12:00 AM

Cuando un astronauta mira a la Luna

Han pasado 50 años desde que tres hombres se embarcaron en una nave espacial para dar un salto de 393.309 kilómetros apoyados por unos ordenadores mucho menos potentes y con una memoria 100 mil veces inferior a la de cualquier celular.
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Todo el mundo cree que los astronautas van a la Luna. Sin embargo, en 50 años, solo doce han dejado sus huellas allí. Los hay que han estado cerca, mucho más cerca que cualquiera de nosotros, flotando en el espacio y sabiendo que estaban haciendo algo único.

Cuatro de esos privilegiados, Franco Malerba (Italia, 1946); Fiódor Yurchijin (Unión Soviética, 1959); Pedro Duque, (España, 1963) y Matthias Maurer (Alemania, 1970) comparten con EFE sus vivencias y opiniones sobre el futuro en el espacio.

Espacio: blanco y negro

Malerba fue el primer italiano en ir al espacio. Había dejado de ser “un chaval” cuando Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins conquistaron la Luna, hace medio siglo. Habla de aquel tiempo como “un periodo mágico”, ocho meses frenéticos con cinco lanzamientos espaciales que culminaron con el hombre sobre el único satélite de la Tierra.

Para Yurchijin, que entonces ya soñaba con ser cosmonauta, este “gran paso para la humanidad” fue uno más en la conquista del espacio. En la URSS tenían otros héroes y el número uno era Yuri Gagarin, el primer ser humano que viajó al espacio.

Respuesta... la Luna

Tres de estos hombres han podido ver la Luna desde la Estación Espacial Internacional -Maurer está a la espera de su primer destino- y de sentirla al alcance de los dedos, lo que sin duda ha cambiado su forma de pensar en ella.

Este es el lugar “al que todos hubiéramos querido ir” -reconoce Duque- y adonde “todo el mundo cree que van los astronautas”. Pero además es el primer destino técnico al que hay que volver para “para comprobar si podemos continuar con la exploración espacial”.

A la espera de poder contemplarla un día desde la cúpula de la Estación Espacial o incluso de pisarla con la Agencia Espacial Europea (ESA), Maurer habla de ella como “un destino superemocional” que guarda los mayores secretos: “¿Cómo fue creado todo esto?, ¿Cómo llegó la vida a la Tierra?, ¿Hay vida más allá? Para esas tres preguntas, la Luna tiene una respuesta”.

Yurchijin, que ha pasado más de 600 días en el espacio, la ve como “un hombre común”, como un objeto “al que le dedican poemas”. Es “el cuerpo celeste de todos los enamorados”. Porque cuando se mira desde allá arriba, “se ve otra Luna”, dice.

Un pueblo lunar

Una Luna que dentro de cinco años -si se cumplen los planes estadounidenses- volverá a dar cobijo a los humanos. Puede parecer un tiempo muy corto, pero, como todo en la investigación, se trata de una cuestión de recursos. “Eso es lo que determinará cuánto durará el proyecto”, esgrime Duque.

Un regreso que pretende establecer una presencia permanente en la Luna y que Maurer imagina “como una estación en la Antártida”, a la que los científicos vayan y vuelvan para “descubrir cosas que hoy ni siquiera sabemos que van a encontrar”. Una estación que irá creciendo “pasito a pasito” hasta crear un pueblo lunar.

La nueva aventura lunar será una etapa imprescindible para apuntar al próximo destino, Marte, pero antes de pensar en él habrá que tener “sistemas fiables”, todo un desarrollo tecnológico que ya se ha hecho parcialmente en la Estación Espacial, explica Duque.

Personas verdaderas

Unas personas que se sienten pequeñas cuando vuelan en una nave y diminutas cuando salen al espacio. En esta situación, la escafandra (traje) se convierte en el mejor amigo del astronauta.

“Cuando estás allá fuera y miras ese cielo negro, sin fondo y esos pequeños clavitos plateados en la infinitud, luego miras a la Tierra y comprendes hasta qué punto es única, diversa, bella y frágil. Y sientes en tu corazón que esa es tu casa, y que nosotros so mos únicos, aunque puede que no estemos solos”, asegura.

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No hay gran misión sin anécdotas
1. La tripulación del Apolo 11 tuvo que viajar a la Luna sin seguro de vida, pues ninguna compañía quería asumir el riesgo.
2. Los trajes espaciales de la misión Apolo 11 fueron confeccionados a mano por trabajadores de la marca de lencería Playtex.
3. Horas antes del lanzamiento, un fallo en uno de los satélites (el Intelsat 3) amenazó con frustrar la misión, pero apenas dos horas y cinco minutos antes de la hora especialistas de la Compañía Telefónica Nacional de España y de la Nasa consiguen una solución alternativa que garantiza la comunicación permanente con los astronautas.
4. La bandera de la misión Apolo 11 ya no está en el mismo lugar; la situaron demasiado cerca del módulo lunar y este la tiró al suelo cuando arrancaron los motores para abandonar la Luna.
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