lunes 30 de marzo de 2020 - 12:00 AM

Lo que el viento no se llevó

La preocupación del Gobierno tras la alarma de algunos regidores se centra en el impacto económico que la pandemia está teniendo en el país.
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No sé si fue culpa del fuerte y helado viento que azotó toda Italia, pero la verdad es que esta semana nadie cantó ni aplaudió en los balcones y las terrazas. Lo mismo pasó en mi calle: mi vecino DJ, el promotor de los flash DJ en los balcones, esta semana tampoco nos ‘invitó’ al aperitivo de las seis de la tarde. Pensándolo bien, los noticieros ya no muestran las personas entonando Fratelli d’Italia, el himno nacional. Ni siquiera en redes veo gente que pone música en los balcones para alegrar la tarde. Parece que todo el coraje y la fuerza que nos dimos los primeros días se perdió por ahí.

Entonces me angustia pensar que tantas personas muertas se nos volvieron el pan de cada día y que, lamentablemente, nos acostumbramos a la emergencia.

Que el evento extraordinario fue tan fuerte que nos invadió hasta volverse algo ordinario, con el que nos estamos acostumbrando a vivir. Además de llevarse nuestros cantos, el viento se llevó todos los dibujos de arcoíris que los niños habían hecho cuando todo comenzó.

Hace un mes, ver un programa de variedad sin público era algo impensable. Hoy, en cambio, nos acostumbramos a los presentadores de televisión con la tableta en mano, entrevistando vía Skype los invitados al programa. Poco a poco y sin querer, estamos conociendo las salas, las cocinas y los estudios de los personajes de la vida pública. Para mí es normal salir a hacer mercado con guantes y mascarilla, con una botella de alcohol y los pañuelos faciales para limpiar el carrito. También lo es esperar 30 minutos en fila antes de poder entrar al supermercado y, saber que cuando salga, habrá gente enojada que me juzgará por llevar un carrito lleno.

Me gustaría explicar que ya no hago mercado cada ocho días sino cada 15, precisamente para disminuir al máximo las salidas de casa. Me pongo también guantes para ir a botar la basura, no uso el ascensor y me alejo de mis vecinos cuando los encuentro en las escaleras del edificio. Tengo las manos resecas de tanto lavarlas con desinfectante. Tal parece que el viento no se llevó el miedo a ser contagiado, a morir solo en un hospital y a ser transportado a otra ciudad para ser cremado.

Ximena Niño
Especial/VANGUARDIA
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