martes 02 de diciembre de 2008 - 7:22 PM

Vendaval de Nargis sembró la muerte y el odio a la Junta Militar en Birmania

Cuando el ciclón "Nargis" atravesó en los primeros días de mayo la mísera región del sur de Birmania (Myanmar), ni los búfalos de agua hallaron un lugar para protegerse de aquella furiosa embestida que se llevó por delante la vida de unas 138.000 personas.

La descomunal tormenta arrasó áreas enteras del delta del río Irrawaddy, la despensa arrocera del país, y que tardará años en recuperarse del desastre, según los expertos.

Árboles arrancados de raíz, arrozales inundados y familias enteras viviendo bajo precarios chamizos cubiertos con lonas de plástico era el panorama que aquellos días presentaba el lugar.

Por la única carretera transitable que surca la zona más fértil de Birmania, atravesada por decenas de riachuelos que alimentan los cultivos, vagaban miles de supervivientes que buscaban a padres, hijos o amigos a los que se resistían a dar por muertos.

Poco a poco, la opaca Junta Militar que detenta el poder desde 1962 fue elevando el número de víctimas mortales, mientras mantenía su rechazo la ayuda humanitaria que le ofrecía la comunidad internacional.

Cuando vieron que la magnitud de la tragedia les superaba, los generales birmanos cedieron un ápice y permitieron la entrada de alimentos y medicamentos, pero insistieron en encargarse de su distribución y denegaron visados a casi todos los cooperantes extranjeros.

Mientras el delta se había convertido en un inmundo lodazal de cadáveres hinchados por la humedad, caldo de cultivo de enfermedades y viviendas destruidas, los precios de los artículos básicos se disparaban por el aumento de la demanda y la escasez en una de las naciones más pobres del planeta.

Al mismo tiempo, milicias pro gubernamentales confiscaban los sacos de arroz donados por las agencias de ayuda para lucrarse con su venta de la mercancía en los mercados de Rangún, la mayor ciudad de Birmania.

En el pantanal del Irrawaddy, las fuerzas de seguridad, en vez de ponerse manos a la obra en reconstruir los edificios derrumbados, desplegaron a sus poderosos servicios de inteligencia para intimidar e impedir a los birmanos hacer donaciones sin permiso y vigilar la presencia de cualquier forastero.

Desde su fortaleza en Naypidaw, la nueva capital levantada por los militares en medio de la jungla, el jefe de la Junta Militar, general Than Shwe, se mostró ajeno al sufrimiento de su pueblo y decidió seguir adelante con la convocatoria de un referéndum constitucional, primero en las zonas no afectadas por el ciclón y luego en el resto del país.

La consulta popular, rechazada por toda la oposición democrática, recibió un abrumador apoyo de una población atenazada por el miedo a la represión de un régimen que se enorgullece de permanecer aislado del exterior y que no se amilanó ante las acusaciones de fraude en las urnas.

Un muy presionado Than Shwe finalmente autorizó la celebración en Rangún de una conferencia de donantes la que acudió el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon.

Durante toda la crisis, el papel de la ONU fue ensombrecido por la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, un bloque regional que se autoproclamó mediador pero que fracasó en su iniciativa y arrancó pocas concesiones a la Junta Militar, protegida por China, su aliado más férreo.

El propio Ban, tras intensas negociaciones, logró que el máximo líder birmano abriese las puertas a los cooperantes extranjeros, pero las autoridades birmanas hicieron todo lo posible por poner trabas a su trabajo.

Los más perjudicados por esta pugna fueron, como sucede casi siempre en estas situaciones, las víctimas, la mayoría campesinos que antes del ciclón vivían por debajo del umbral de la pobreza y sin acceso a servicios básicos de educación o sanidad, y que ahora padecen la hambruna.

Siete meses después de "Nargis", todavía es pronto para calibrar el impacto que el desastre tendrá en las generaciones futuras de los más de un millón de desplazados y cerca de dos millones y medio de afectados.

En cualquier caso, parece que tendrán que esperar las ansias de reforma del movimiento democrático de oposición al régimen, pues necesitarán todas sus fuerzas para recuperar al país del mayor desastre natural de su historia reciente

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