jueves 10 de septiembre de 2020 - 11:20 AM

Voluntarios atenúan la crisis económica agravada por la pandemia en Venezuela

Venezuela superó esta semana los 55.000 casos de coronavirus. El país enfrenta la pandemia sin agua o gasolina y con escasez de medicamentos y alimentos.
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Blanca, Ángel y Alí esperan con ansia la llegada del lunes. Son ancianos que viven solos en Caracas, asediados por la pandemia y la crisis pero, al inicio de la semana, reciben de vecinos voluntarios los almuerzos de los siguientes cinco días, atención contra el virus y, lo más importante en una sociedad a la que le faltan cinco millones de personas, compañía.

“La situación es terrible, nosotros recibimos una pensión de aproximadamente 400.000 bolívares que, al cambio, viene siendo como 1,30 dólares mensual, ¿qué puede hacer una persona con 1,3 dólares mensual?”, se pregunta Blanca, de 81 años, mientras ahoga sus lágrimas a la puerta de su casa.

Blanca, que ha trabajado toda su vida, enfrenta el 2020 como el peor año posible. A la devastadora crisis económica que padece Venezuela se suma la social. Cuatro de sus hijos han abandonado el país junto a ocho de sus nietos.

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En la situación más vulnerable posible, la pandemia, que supone una amenaza terrible para los mayores, le obliga a extremar las medidas en un país con un sistema de salud colapsado en el que asomarse a un hospital da más miedo que la propia enfermedad.

¿Y si usted se pone enferma por el virus? “Me entierran”, responde con una dignidad y una claridad que desconcierta.

Su situación no es única y los venezolanos lo saben. Lo saben los cerca de cinco millones que han abandonado el país en busca de un futuro mejor y también los que se han quedado y luchan cada día por salir adelante. Entre estos últimos, ha germinado la imperiosa necesidad de ayudarse unos a otros con el foco puesto en los más desvalidos como única solución a la crisis, la pandemia y el éxodo.

Ese es el caso de la periodista Verónica Gómez, a la que un día llamó un amigo y le dijo que quería llevar ayuda a las personas mayores, solas y asustadas por la pandemia. “No quiero ir a ancianatos, quiero ir a las casas de los abuelitos que no tienen a sus chamos (muchachos) aquí, que se tuvieron que ir del país”, recuerda Gómez que le dijo su amigo.

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Así nació el plan Buen Vecino, un puñado de ciudadanos que saben que la ayuda de quien vive en el mismo edificio es la única con la que cuentan muchas personas en una Venezuela en la que las redes personales y familiares se han quebrado con la emigración.

“Hemos ido creciendo y hoy repartimos 1.000 comidas semanales para 200 abuelos. Esos abuelitos se van alternando y así vamos repartiendo a unos 1.000 abuelitos durante un mes”, detalla Gómez, cabeza de un grupo de 13 voluntarios que recorren Caracas llevando la ayuda, en unas ocasiones en vehículos y, en otras, en bicicleta por la escasez de gasolina.

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La mayoría de quienes reciben la ayuda son jubilados de entre 70 y 80 años, cuyos hijos están fuera del país, y que están “solitos en casa y a esos abuelitos los inscriben vecinos que los ven solos”. Sin embargo, también reparten almuerzos a algunas personas más jóvenes.

“Llegábamos hace cinco meses y estaban impecables (...) hoy día, la ropa les queda grande, no se afeitan, o no se meten la camisa por dentro porque se ponen tristes, están en casa, en confinamiento desde hace mucho tiempo, están solos, no hablan con nadie y la labor más grande que tiene el plan Buen Vecino ni siquiera es la comida, es la compañía”, asegura.

Lejos del cuartel general del plan Buen Vecino, en una Caracas que parece otra, Angelo Rangel trabaja desde hace años en su barrio de Las Palmas, en el sector de El Cementerio, una de las zonas más populares de la capital venezolana y a la que la Policía tiene vedado el acceso.

Rangel ha reorientado sus esfuerzos. Inasequible al desaliento que inspiran las calles de Las Palmas, está empeñado en hacer de su barrio un lugar mejor y hoy se ha enfocado en tratar de ayudar a los sanitarios, carentes incluso de los más básicos equipos de protección frente al virus.

“Desde hace un mes quisimos iniciar la creación de las caretas de protección, (el proyecto) nace de la necesidad que todos conocemos: no hay insumos médicos”, explica.

En un improvisado taller y junto a cinco voluntarios más, Rangel elabora a mano esas aparatosas caretas que se fijan a la frente y pueden levantarse como si de un yelmo se tratara. Fundamentales para quienes están en la primera línea contra el virus.

Las redes son la base de Rangel y de Gómez, la pólvora que hace que les llegue la solidaridad que transforman en ayuda para hacer de Venezuela un país un poco mejor.

“Es incómodo porque estamos mostrando una realidad que no debería de ser, debería existir un estado que garantice esto (...) Yo quiero ser una gota en el océano”, dice Rangel a modo de despedida.

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