miércoles 21 de agosto de 2019 - 12:00 AM

Informe especial: ZarPutin

Con una mezcla de recetas autoritarias, fervor patriótico, recorte de libertades, defensa de la Iglesia ortodoxa y protagonismo mundial, el líder ruso ha logrado afianzar su modelo de poder.

Cuando el 9 de agosto de 1999, Vladimir Putin, un desconocido exagente de la KGB (antigua policía secreta soviética) y sin trayectoria política, se puso al frente del gobierno ruso como primer ministro y heredero del trono del Kremlin, muchos dudaron de que permaneciera mucho tiempo en el cargo.

Pero superando todas las expectativas, se convirtió en 2018 en el líder ruso más longevo que ha gobernado desde Joseph Stalin, encaminó al país en la senda de la economía de mercado, y volvió a poner a Rusia en el centro del escenario internacional.

Su política exterior ha estado caracterizada por una progresiva pugna mundial por la hegemonía geopolítica y armamentista, una creciente alianza con China lo que ha dado origen a una nueva era de competencia con Estados Unidos, apoderándose de Crimea en 2014 o interviniendo en guerras como Siria o en crisis como Venezuela en su afán expansionista, y resquebrajando la alianza de la Otan.

A nivel doméstico, a pesar de las críticas por su estilo autoritario, silenciando las voces opositoras y limitando las libertades según sus detractores, lo que le ha valido el apelativo del “nuevo zar”, Putin se ha consolidado como una figura de gran calado político del país más grande del mundo.

Ahora bien, en teoría su mandato actual expira en 2024, cuando supere los 70 años de edad, y no podrá optar por un nuevo periodo presidencial. Pero su sucesión es una incógnita y hay quienes especulan que Putin encontrará la forma de aferrarse al poder.

Andrés Mejía, analista y consultor político, califica las dos décadas de poder sin límites de Putin como una especie de “regresión a la media”.

Respalda su comentario en el hecho de que “Rusia venía del totalitarismo soviético y experimentó un cambio muy brusco hacia el otro lado, con la caída de la Unión Soviética, la creación de nuevas repúblicas y el experimento de una democracia estilo occidental en un país que salió muy mal, especialmente en los años 90 y terminó en crisis en el 98”.

Es decir, una tendencia clara de buscar un punto medio y añade: “un régimen que de alguna manera interpreta valores y anhelos muy arraigados en el pueblo y la cultura rusa, que conducen hacia un autoritarismo pero conservando algunas de las instituciones del capitalismo” que se implantaron a partir de la debacle de la Unión Soviética.

A su juicio, el liderazgo de Putin parece todavía una fortaleza inexpugnable, porque según él, a pesar de las dificultades que ha vivido la economía rusa, aún conserva márgenes de favorabilidad muy altos. En Rusia se le considera un gobernante exitoso y la gente lo ve como un líder que se identifica con los valores del pueblo ruso, argumenta Mejía.

Jesús Agreda Rudenko, internacionalista y profesor de la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, comparte esta opinión, señalando que Putin logró lo que muchos ciudadanos rusos esperaban, y es volver a ubicar al país entre los líderes del sistema internacional.

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“No solo por su crecimiento económico, su carisma y liderazgo político o por sus programas de rearme, sino porque logró posicionar a Rusia como una alternativa al liderazgo norteamericano y porque no de la Unión Europea para el mundo”, describe.

Pero sin duda, reconoce que aunque el mandatario ruso trajo estabilidad a una sociedad altamente traumatizada por los fracasos de los años 90, “lo hizo a costa de una gran cuenta democrática que eventualmente la misma gente puede exigir que sea saldada”.

En ese sentido, Mejía se refiere a la capacidad represiva que ha acumulado con los años. Su control de los medios de comunicación y de opinión en el país, además, de la muy mala fortuna que han corrido buena parte de los disidentes, quienes han terminado muertos, exiliados o encarcelados, “cosa que disuade intentos adicionales de disidencia”, indica.

Agreda Rudenko recuerda, por su parte, que la gente que conforma el grueso de la edad media en Rusia, logró cierto grado de bienestar y que tiene acceso a medios de comunicación internacionales que cada vez mas cuestionan este “déficit democrático” del gobierno de Putin, aludiendo a las recientes protestas de final de julio o la del 15 de agosto.

“Pero sobre todo incluso si el problema no es Putin en si, hay muchos casos de corrupción en su gobierno que están golpeando su popularidad”, enfatiza el docente universitario.

Sobre posibles grietas de su poder, Mejía asegura que si bien la represión es mal vista a ojo en Occidente, no parece ocurrir lo mismo dentro de Rusia.

Y aunque la economía ha sido muy castigada por la dependencia de exportaciones de productos básicos como petróleo y gas, estima que esto no ha afectado la reputación de Putin dentro del país.

De otro lado, Mejía menciona que las intervenciones de Rusia en Crimea y Georgia tienen la característica de haber sido los momentos en los que la Rusia de Putin muy claramente expresó frente a la opinión mundial, y en particular frente a EE.UU. y las alianzas occidentales, que ellos consideran que esos países hacen parte de su zona de influencia y que no son bienvenidos.

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