Desde los más remotos tiempos el hombre ha sido supersticioso, inclinado a creer en hechos sobrenaturales, en espíritus invisibles que manejan el mundo, ordenan el destinos de los seres humanos, gobiernan los fenómenos de la naturaleza.
Publicado por: Guillermo Reyes Jurado
En las épocas primitivas, el hombre, incapaz de comprender racionalmente todo cuanto sucedía a su alrededor, e impotente para dominar enfermedades, plagas, inundaciones y demás estragos que lo perturbaban, le atribuía a una serie de dioses crueles y vengativos la paternidad de todos los males y desgracias que ocurrían en el mundo. También creía en los dioses buenos que le ayudaban en la caza y la pesca, le proporcionaban la lluvia y con ella los alimentos necesarios para la subsistencia. Eran las épocas elementales y mágicas en que el hombre, perdido en los desiertos de la ignorancia, aún no había descubierto ninguna de las leyes que más tarde le mostrarían los grandes misterios de la naturaleza, los fenómenos que rigen el mundo.
En la civilización actual, no obstante los portentosos avances de la ciencia y de la tecnología, el hombre continúa creyendo en misterios y supersticiones, agüeros y hechicerías. Adivinos, magos, brujos, toda una legión de personas dedicadas al maleficio y al encantamiento, encuentran un pueblo crédulo sobre el cual influir a veces de manera absoluta. Miles y miles de personas creen en fantasmas, juran haber sido víctimas de espantos, haber oído rezar las ánimas del purgatorio, visto al diablo y escuchar la voz de personas ya muertas.
Los campesinos son generalmente las personas que más creen en espantos. Cuando no había luz eléctrica y la oscuridad era total, todas las noches los campesinos veían al diablo, escuchaban los lamentos de la llorona y sentían caminar las brujas por los alrededores de los ranchos.











