El editorial de Vanguardia y las denuncias del vecindario del estadio, ponen el dedo en la llaga a la desbordada pasión pandillera por el “futbol”.
Publicado por: Ernesto Rodríguez Albarracín
No hay derecho a que un equipo que se volvió inquilino de la B, tenga una de las barras más violentas del país; el deporte es la excusa para que sectores del lumpen de las barras, adictos a la droga y el alcohol hagan su debut pendenciero en un partido, sin importarles un comino el juego de su equipo. De por sí, ni lo observan.
Las barras con sus cánticos entran a un delirio, casi una catarsis con sus camisetas amarillas y de otro color, que a la vez son sinónimos de traje de guerra. Su primer objetivo es atacar al enemigo, la barra del contrario; a veces la refriega es entre ellos mismos. Eel futbol es lo de menos.
El primer logro de esta barra es arrebatar el trapo (bandera) del otro bando; las armas se camuflan para cuando llegue el ataque cuerpo a cuerpo; la sangre del contendor es la victoria, el campo de batalla es el estadio y sus alrededores, los inocentes también caen; la fuerza pública se siente incapaz de contenerlos.
¿Qué hacer? Deben implementarse con urgencia las cámaras de seguridad; la administración del estadio no debe permitir más el ingreso de aficionados con camisetas de los equipos, esto podría confundir a estos guerreros y se les bajaría el grado de alevosía mientras su equipo del alma y bajas pasiones sueña con volver a la A.









