Publicidad

Columnistas
Viernes 21 de marzo de 2025 - 06:00 AM

¿Derecha sí, Uribe no?

Como es de público conocimiento, la presidencia de Uribe quedó empañada por gravísimos hechos de corrupción, por vínculos criminales probados de varios de sus funcionarios y partidarios (tanto en el ejecutivo como en el legislativo) y, lo peor de lo peor, por la infamia de las ejecuciones extrajudiciales conocidas como «falsos positivos».

Compartir

El uribismo se ha comido la imagen y las entrañas de la derecha colombiana, provocándole un inmenso daño a un sector político y a una corriente de pensamiento que en no pocas ocasiones le dio a Colombia nombres honorables.

A pesar de que hubo un tiempo en el que cierto pensamiento conservador, lúcido y elegante, destacaba en el país y, como decía Gómez Dávila, daba muestras de una poderosa «vida interior» y de una fe honrada, «serena» y «plena de confianza», desde que Uribe se subió a la presidencia la derecha tradicional acabó de perder las luces que le quedaban.

Como es de público conocimiento, la presidencia de Uribe quedó empañada por gravísimos hechos de corrupción, por vínculos criminales probados de varios de sus funcionarios y partidarios (tanto en el ejecutivo como en el legislativo) y, lo peor de lo peor, por la infamia de las ejecuciones extrajudiciales conocidas como «falsos positivos».

Pero por eso mismo, la derecha honrosa que hubiera podido ofrecer alternativas democráticas quedó atrapada en una percepción de connivencia con prácticas corruptas y violentas, lo que ha afectado su credibilidad y, por ende, su potencial electoral. Si hasta hoy ser de derecha ha equivalido a ser uribista, ¿qué liderazgos renovadores podrían haber salido de ahí?

En medio de esa esquizofrénica retórica a la que nos tienen sometidos los militantes petristas y uribistas, se deben abrir paso mujeres y hombres sensatos y capaces de materializar, como quería Álvaro Gómez Hurtado, un acuerdo sobre lo fundamental, esto es, un pacto amplio que permita enfrentar los problemas estructurales del país.

Los antagonismos ideológicos son importantes y es natural que en una democracia existan y se saquen chispas. No deberíamos asustarnos con ello pues, de hecho, muchas veces semejantes antagonismos nos permiten progresar. Sin embargo, dejarlos de lado por un momento serviría para que de una vez por todas puedan empezar a solucionarse ciertos problemas que, sin importar si somos de izquierda o de derecha, nos han carcomido.

Ahora bien, ¿cómo se vería una derecha no uribista? Por un lado, ella apostaría por un enfoque más institucionalista, que valore el respeto por el Estado de derecho y la independencia de los poderes (lo normal).

Asimismo, sin renunciar al libre mercado, esta derecha renovada podría plantear políticas enfocadas en el bienestar social y la reducción de la desigualdad antes que en el mero enriquecimiento de unos pocos (sensato, ¿no?).

Además, esta derecha se desligaría de la retórica belicista y abrazaría un enfoque más pragmático hacia la paz y la reconciliación (necesario después de tanto dolor). Y, por último, esta nueva derecha asumiría un compromiso claro con las políticas ambientales responsables, consciente de que el cuidado del medio ambiente es un tema que no le compete únicamente a sus antagonistas (razonable).

Con todo, en lugar de consolidar una agenda política pensante capaz de promover el orden y la prosperidad general, hoy la derecha se encuentra atrapada en la defensa de un legado político difícil de defender y cuya fecha de caducidad ya se cumplió, i.e., el del uribismo.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día