La crisis de Metrolínea no se resuelve con anuncios de redes sociales. Construir un sistema de tranvías exige estudios de factibilidad, rediseños urbanos y una planeación que supera un período presidencial.
Cuando un gobernante recurre a promesas vacías en medio de una crisis, la ciudadanía debe encender todas las alarmas. La última ocurrencia del presidente Gustavo Petro —transformar las troncales de buses del area metropolitana en corredores de tranvías— no es una propuesta seria: es populismo electoral en su forma más burda.
La crisis de Metrolínea, alimentada por años de improvisación y negligencia, no se resuelve con anuncios de redes sociales. Construir un sistema de tranvías exige estudios de factibilidad, rediseños urbanos, infraestructura eléctrica especializada y una planeación que supera, por mucho, los tiempos de un periodo presidencial. Lo que Petro pretende venderle al ciudadano metropolitano es una ilusión construida sobre la precariedad técnica y el oportunismo político.
Ni el área metropolitana tiene hoy la capacidad financiera para semejante empresa, ni su topografía permite que un tranvía opere de manera eficiente. ¿O acaso Petro ignora que los sistemas férreos no funcionan en pendientes superiores al 3%? Basta recorrer Floridablanca, Bucaramanga, Girón o Piedecuesta para entender que la geografía del área metropolitana sepulta desde el inicio esta absurda idea.
Este anuncio no es un error inocente; es una estrategia calculada para maquillar el fracaso de su gobierno con promesas que jamás verá cumplir. Ofrecer tarifas más baratas y eliminar la contaminación con unos cuantos tranvías es insultar la inteligencia del ciudadano metropolitano, que merece soluciones integrales y no titulares de prensa para ganar aplausos fáciles.
En lugar de plantear un verdadero sistema multimodal de transporte —integrando metro, cables, BRT, colectivos y rutas alternativas—, Petro se aferra a soluciones simplistas que, en el fondo, solo buscan atizar su guerra política contra modelos anteriores. Para Petro no importa la viabilidad técnica, la sostenibilidad financiera o el impacto urbano; lo único que importa es sostener la narrativa del “cambio” a cualquier precio, incluso si eso condena al área metropolitana de Bucaramanga a un nuevo fracaso en movilidad.
El financiamiento tampoco es una anécdota. Aunque habla de “vigencias futuras”, la realidad es que la construcción de un tranvía es entre 30% y 40% más costosa que la de un sistema BRT, sin mencionar la infraestructura adicional que habría que construir y que hoy no existe. Petro lo sabe, pero apuesta a que su populismo anestesie cualquier intento de análisis crítico.
El área metropolitana no necesita más demagogos de turno; necesita líderes capaces de construir un modelo de transporte real, sólido y pensado en el bienestar del ciudadano metropolitano. Petro ofrece un espejismo electoral que, como todo lo que no se sostiene en la técnica ni en la verdad, terminará desmoronándose. Y cuando eso ocurra, ya será tarde para quienes hoy se dejen seducir por el humo del ilusionista.












