Las noticias indican que se han anunciado 80 candidatos a la presidencia, de los cuales siete son del Pacto Histórico, cinco del Centro Democrático y 46 precandidaturas mediante la recolección de firmas (cada uno debe reunir 580.620 válidas), sin contar los que puedan avalar los 34 partidos con personería jurídica vigente.
Si no fuera por la polarización que hay en el país, esa gran aspiración mostraría un sistema político diverso que da a los votantes varias opciones para elegir, mecanismo tan necesario para la estabilidad democrática, la gobernabilidad y la cohesión social.
Sin embargo, lo que evidencia es una sociedad fragmentada por la frustración acumulada del ciudadano frente a una democracia representativa incapaz de solucionar los problemas persistentes de inequidad económica, cultural, de salud y laboral, que lo llevó a creer en discursos populistas que prometían cambios drásticos, que no ocurrieron y, en cambio, sí inseguridad, inestabilidad institucional y corrupción.
La cantidad ascendente de candidatos, sin apoyo, ni expectativas de triunfo, buscan más incrementar su visibilidad para futuras negociaciones económicas o burocráticas en una segunda vuelta. Ello facilita el crecimiento del candidato unificado de los partidos que apoyan al gobierno y, de paso, debilita la construcción de una candidatura única de la oposición que obtenga el éxito en la primera vuelta o asegure el triunfo en la segunda, más cuando carece de una plataforma sólida y unida que logre un amplio acuerdo para salir de la crisis actual.
Situación que se agrava con la disminución de debate público que dificulta que los votantes tomen decisiones adecuadas, unido a la abundante información superficial y polarizada en los medios y en las redes sociales, con un enfoque más a la personalidad y al historial de cada candidato que a la profundidad de sus programas; lo que lleva inexorablemente a la confusión, apatía, mayor abstencionismo y a que los resultados electorales sean considerados deficientes por ausencia de apoyo popular y un ejecutivo, sin mayorías, negociando con los congresistas.
Es hora de pensar en realizar transformaciones sociales en serio y que atienda las crecientes demandas sociales, incluyendo para ello profundas reformas políticas que erradique los micro o partidos de garaje que solo existen para avalar candidaturas sin una estructura e ideología sólida y les exija que incorporen obligatoriamente la democracia interna en sus estatutos para la selección de los candidatos y la rendición de cuentas para demostrar al elector el cumplimiento de sus compromisos de campaña.
Si no actuamos a tiempo, continuaremos observando un Congreso entregado al poder ejecutivo, un pueblo, polarizado, empobrecido y haciendo paros por doquier, con una nación devastada, amenazada por los ilegales, susceptible a ser gobernada por un autócrata o un outsider que amenace la frágil democracia que poseemos.












