Hay fechas que, aunque marcaron para siempre la historia de la humanidad, sin proponérnoslo, pasan desapercibidas. El seis de agosto se cumplieron ochenta años del lanzamiento de la primera bomba atómica. El objetivo, Hiroshima. Murieron entre 50.000 y 100.000 personas. Tres días después, Nagasaki corrió la misma suerte. 40.000 personas murieron en el acto. Hoy se estima que al menos 400.000 personas fallecieron como consecuencia de los bombardeos y sus secuelas.
El 15 de agosto de 1945, Japón claudicó. El 2 de septiembre, el emperador anunció la rendición: “Hemos decidido allanar el camino para una gran paz para todas las generaciones venideras, soportando lo insoportable y sufriendo lo insufrible”.
Hibakusha es el término con el que se conoce a los sobrevivientes de los bombardeos atómicos. Hoy luchan porque lo que vivieron no quede condenado al olvido. Un propósito similar al de quienes vivieron en carne propia el Holocausto. Como ellos, la mayoría han muerto, y con su muerte se extingue la posibilidad de contar con su testimonio vivo.
En la actualidad, en Japón hay menos de 100.000 hibakusha. Su edad promedio es de 86 años. “La edad ya no me alcanza. Pronto nuestra generación desaparecerá…”, dice uno de ellos. “No hemos aprendido nada en ochenta años”, es el clamor de otro sobreviviente de ese fatídico episodio de nuestra historia.
Todos sufren las secuelas de las bombas. Físicas y emocionales. Temen que el recuerdo de esa tragedia, y lo que significa para la humanidad, se diluya a medida que mueren. “Fueron tantos los que murieron sin poder contar su historia… por eso hablamos nosotros, para que no se olvide”, dice uno de los sobrevivientes de la catástrofe. No quieren que el infierno que vivieron se repita.
El temor no es infundado. De acuerdo con las cifras que maneja la Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos de Desarme, en el mundo existen más de 13.000 armas nucleares listas para ser usadas en cuestión de minutos. El 90% de ellas están en manos de Estados Unidos y Rusia; por eso los hibakusha no desfallecen en el propósito de hacer un llamado constante al desarme nuclear.
David Rieff señala que “la importancia histórica de un acontecimiento en su época y en las décadas que le siguen no da garantía alguna de que será recordado un siglo después, y menos cuando hayan pasado varios siglos”. Para Nietzsche, en la rememoración “no hay hechos, solo interpretaciones”.
En este mundo donde la memoria colectiva es frágil y selectiva, solo queda esperar que el olvido no termine haciendo más daño. Los hibakusha, los pocos que aún quedan, lo advierten, lo están viviendo, lo saben. Por eso luchan para que eso no suceda.












