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Martes 13 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Dos adagios

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Los adagios populares han moldeado nuestras conductas; son refranes que se han transmitido a lo largo de la historia. La mayoría tienen su equivalente en otros idiomas, aunque no siempre coincidan de forma literal. Así, cuando en español decimos “No hay mal que por bien no venga”, en inglés se dice “Every cloud has a silver lining” (”Cada nube tiene un borde plateado”); en ambos idiomas se expresa la idea de que incluso de las situaciones difíciles puede surgir algo bueno. Más que traducir palabras, interpretamos sentidos, y es ahí donde el lenguaje complejiza nuestra manera de relacionarnos con los demás.

Desde el psicoanálisis, específicamente desde la teoría lacaniana, se ha planteado que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, es decir que el lenguaje nos configura y configura nuestra realidad. Por tanto, diariamente nos enfrentamos a una densidad de significados que no alcanzamos a dimensionar. En la práctica política esto resulta más problemático, ya que cualquier palabra o gesto puede terminar en polémica y, en muchos casos, arruinar la reputación de una persona por un “malentendido” o una situación sacada de contexto.

Podemos decir entonces que el “malentendido” es la regla y no la excepción, pues las palabras significan de forma distinta en cada uno de nosotros. Tener en cuenta que el malentendido es una característica del lenguaje nos ayuda a comprender que nuestra interpretación no es la única posible y que hablar va más allá de lo que queremos decir.

En este sentido, quisiera traer a colación dos adagios que considero fundamentales para la vida en general y, en particular, para la práctica política: “Con la vara que mides serás medido” y “No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan”. Los dos tienen origen en textos bíblicos y comparten el principio moral de la reciprocidad, que en últimas se traducen en no juzgar severamente —pues de ese modo seremos juzgados— y en no dañar a otros de formas que nos resultarían dolorosas.

Ahora que empiezan a sonar nombres para concejos, alcaldías, asambleas y gobernaciones del país, recordémosles a los aspirantes y a quienes ya ejercen cargos públicos estos dichos elementales. La prudencia al hablar y la responsabilidad por sus acciones son indispensables, pues quien emprende una campaña para desprestigiar a otros no puede descartar que, tarde o temprano, se convierta en blanco de una campaña semejante.

La política no puede transformarse si no modificamos nuestro lenguaje y la manera como actuamos. Las acciones que nacen de intereses oscuros solo pueden resultar en perjuicio. Nuestra verdadera amenaza está en nuestros propios actos. Si no tomamos conciencia de ello, pereceremos en el bucle sin fin de acciones que no generan un bien para nadie.

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