La del nuevo Tesla Roadster en McGregor, Texas, fue una exhibición de maestría a medias entre el espectáculo publicitario y el desarrollo de la industria automotriz. Elon Musk desplegó un vehículo que ascendió por rampas verticales, ejecutó maniobras de vértigo sobre otros modelos de la marca y demostró las capacidades de propulsores de aire comprimido derivados de los sistemas de maniobra de SpaceX. La demostración capturó la atención mediática internacional, pero omitió el propósito central de una presentación comercial: presentar un automóvil homologado, con especificaciones técnicas definidas y una fecha de producción verificable.
Lamentablemente, lo que rodó en las instalaciones de desarrollo de cohetes solo se parece al prototipo anunciado en 2017 en el número de ruedas. La integración de diez boquillas propulsoras de gas frío, respaldadas por un tanque de 600 litros de aire comprimido y un sistema de succión inferior diseñado para generar carga aerodinámica forzada, está bien para un carro de acrobacias, pero sin duda no va a llegar al modelo de calle. Aunque Tesla anunció una aceleración teórica de 0 a 96 km/h en 0,81 segundos y sugirió una velocidad máxima proyectada hacia Mach 0,5, estas cifras carecen de valor operativo en el mundo real.
En cambio, en el proceso, Tesla redujo la autonomía estimada del Roadster de las 600 millas prometidas originalmente en 2017 a poco más de 300 millas. Sin divulgar la capacidad en kilovatios-hora del paquete de baterías, el peso total del chasis ni el precio final de venta, el evento dio pocas luces a clientes que hace más de ocho años pagaron depósitos de reserva por 50.000 dólares para el modelo base y 250.000 dólares para la edición Founders. Si esta gente, que ahora se entera de que la fecha de producción del carro que ya pagaron fue postergada de nuevo hasta 2028, hubiera usado ese cuarto de millón de dólares para comprar acciones de Tesla, hoy cada uno tendría más de cuatro millones.
Musk no espera vender millones de estos carros. Después del desastre de la Cybertruck, Tesla sabe bien que su futuro está en utilitarios, en modelos como el S y el Y e, incluso, en su poco comentado camión, el Semi. El papel del Roadster ‘volador’, incluso si nunca llega a manos de clientes reales, es emocionar accionistas y ayudar a la acción de la compañía.
Hay una lección ahí, y es una lección que explica por qué Musk es el hombre más rico del mundo. Y no tiene que ver con la calidad de los carros de Tesla —fabricantes como Rimac, Porsche y BYD comercializan modelos de alto rendimiento que cumplen con la regulación vial global e integran innovaciones de producción escalable—, sino con la capacidad de vender una visión de un futuro emocionante, con robots, cohetes y carros voladores, incluso si ese futuro tiene poco asidero real en el mundo de hoy.
Para ser claros: los carros voladores tienen un lugar en el futuro, pero probablemente no al estilo que inscribieron en nuestra memoria colectiva Los Supersónicos. Es poco probable que millones de familias remplacen su camioneta o su sedán por una aeronave y, en cambio, es posible que veamos surgir muy pronto flotas de taxis aéreos en ciudades como Dallas o Los Ángeles.










