viernes 09 de agosto de 2019 - 12:00 AM

Castigo

Es tal el nivel de precariedad de la administración de justicia, que difícilmente se le teme a un sistema mostrando por todo lado fragilidad.
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No hay peor castigo que ir a la Fiscalía General de la Nación. Los muebles noventeros riman con el color opaco de los funcionarios que parecen ser comidos por la maleza. Allí nada sucede. Cajas blancas llenas con papeles de archivo, carpetas marcadas con marcador y la enunciación de algún delito o artículo perdido del Código Penal, computadores viejos y, sobre todo, mucho protocolo.

Debes dejar teléfonos y otros equipos tecnológicos para evitar pérdidas de información; sin embargo, los expedientes están desparramados en los escritorios de funcionarios ausentes o imaginarios. El edificio tiene mal aspecto y hasta el ascensor funciona a medias, dejándolo a uno condenado a usar estrechas escaleras que deberían ser custodiadas por seguridad; pero resulta la única forma de comunicar el edificio.

Básicamente, la Fiscalía General de la Nación no se cae, porque las leyes de la física siguen sosteniendo la estructura; sin embargo su utilidad práctica es inútil. Pueden pasar hasta tres años antes de iniciar la imputación de un proceso, y es tal el nivel de atraso, que los fiscales se sienten felices cuando se enteran de una persona desistiendo del proceso, fundamentalmente, porque es tan aburrido ir, que es mejor renunciar a la justicia.

Cuando suceden las audiencias del Sistema Penal Acusatorio, se realizan en salas que se caen por pedazos también, es tal el nivel de precariedad de la administración de justicia, que difícilmente se le teme a un sistema mostrando por todo lado fragilidad.

Y si los pobres reciben impunidad porque sus procesos no avanzan, los poderosos reciben el beneficio de la inoperante Fiscalía, los procesos también se duermen y quedan allí, pastando en el sueño de los justos, hasta que llegan los vencimientos de término y la maravillosa caducidad. Por eso tenemos a tipos como Lucho Bohórquez, libre y no en la cárcel.

Seguramente si liquidáramos la Fiscalía, no sentiríamos mucho la diferencia, porque finalmente quedó probado que su poder funciona para cubrir a los amigos, tal y como se demostró con Néstor Humberto Martínez.

Vergüenza da la Fiscalía.

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