jueves 25 de abril de 2019 - 12:00 AM

Alan García

Su suicidio durante la Semana Santa no parece ser un acto desesperado, sino de calculada teatralidad política

En su última noche, terminada la catedra en la maestría que dirigía, dijo a sus estudiantes: esta podría ser la última clase que les dé, no sé lo que pasará ya la historia lo dirá. Horas después, el disparo de su pistola Colt, la misma con que escapó de la dictadura fujimorista en 1992 para asilarse en Colombia, le permitiría hacerlo definitivamente.

Las acusaciones de corrupción sobre Alan García y las especulaciones sobre su salud mental se remontan a su primer gobierno a mediados de los ochenta.

De esa época es la historia según la cual, en las noches escapaba del Palacio Presidencial en moto y con un casco negro para ocultar su identidad.

Sorprendentemente, la hiperinflación y la violencia en que sumió a su país durante la llamada década perdida, no lo enterraron políticamente antes de cumplir 40 años.

En 2001 aprovecharía el colapso del fujimorismo y la prescripción de los delitos que se le imputaban para regresar al Perú y al poder en 2006, gobernando un país que floreció impulsado por el boom de las materias primas y el dinamismo chino.

Soberbio, carismático, mujeriego, desmesurado, elocuente, genial son algunos de los adjetivos con que seguidores y adversarios describen por igual al político peruano más influyente de la historia reciente; alguien paranoico desde cuando los militares encarcelaron a su padre, un miembro fundador de su partido, el APRA.

El fracaso electoral en las presidenciales de 2016 y las investigaciones por recibir sobornos de Odebrecht lo sumieron en sus horas más bajas con casi 70 años; el golpe final vendría con la justificada negativa de asilo por parte del gobierno uruguayo.

Sin embargo, su suicidio durante la Semana Santa no parece ser un acto desesperado, sino de calculada teatralidad política, una apuesta suprema para convertirse en mártir, escapando de la justicia y de la impopularidad y con ello, ¿por qué no?, lanzar políticamente a su hija Luciana, resucitando al alicaído partido de Haya de la Torre.

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