jueves 13 de febrero de 2020 - 12:00 AM

Bukele: otro peligro para la democracia

Bukele, el presidente “influencer” que gobierna sobre la trinidad: dios, twitter y militares, es otra mala noticia para la democracia en Latinoamérica.
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Nayib Bukele es el presidente de El Salvador que llegó al poder con promesas de cambio, pero quien recientemente invadió con militares la sede del Congreso para obligarlo a aprobar un crédito para su poco transparente plan de seguridad, llamando a la gente a una insurrección. Esto en un país donde las FF.AA. estuvieron involucradas en terribles masacres como la de Mozote que en 1981 mató unos 1.000 campesinos incluyendo mujeres y niños, en un conflicto que se extendió entre 1980 y 1992.

La jugada presidencial no fue una acción precipitada de un gobernante tan joven como popular, sino un claro gesto de su megalomanía y autoritarismo. Bukele es un político que ha hecho de lo simbólico y de las redes sociales, los componentes centrales de su performance como “vengador” de una población desesperada por la corrupción y la violencia de “los mismos de siempre”. Gobierna a través de twitter; ha pintado el país de su color favorito: el azul cian, y más recientemente, desconociendo la ley, personalizó el escudo del país agregándole 14 estrellas.

En 2019 y en virtud de su antigua militancia en el izquierdista FMLN, fue electo presidente con ropaje progresista, pero desde entonces y emulando al inefable Lenin Moreno, se ha ido moviendo a la derecha no solo con una política exterior con su alineamiento a las prioridades de Trump en materia migratoria o en el apoyo a Guaidó; sino en política interna, recortando recursos para salud y educación que benefician justamente a los más pobres; aumentando los gastos reservados del gobierno y eliminando la secretaria encargada de asuntos de transparencia.

Bukele, el presidente “influencer” que gobierna sobre la trinidad: dios, twitter y militares, es otra mala noticia para la democracia en Latinoamérica. Veremos si las medidas tomadas por el poder judicial en cabeza de la Corte Suprema y la presión internacional consiguen evitar que su demagogia arrase con el estado de derecho de la misma manera que lo hizo con el bipartidismo en El Salvador.

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