jueves 17 de octubre de 2019 - 12:00 AM

Mala costumbre

Proteger a la infancia no pasa por aumentar las penas como proponen muchos demagogos, sino por educarla y ofrecerle con-diciones ma-teriales para ejercer sus derechos con autonomía
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El clientelismo es uno de los males de nuestra democracia, que se exacerbó desde el Frente Nacional, trayendo como resultado el progresivo desprestigio de los partidos políticos, al punto que hoy abundan candidatos que ocultan sus maquinarias tras la manida fórmula de las firmas y una fachada de independencia. De manera general, las dinámicas clientelistas implican una relación de intercambio, una amistad instrumental, en la cual, un individuo de mayor status socio económico o influencia política, el patrón, se vale de su poder para ofrecer a sus clientes dádivas a cambio del voto.

Por el arraigo que estas relaciones tienen entre nosotros, principalmente en las elecciones locales, es que veo con preocupación una práctica muy extendida y aparentemente inofensiva como son las “fiestas de los niños” que muchos candidatos andan ofreciendo en los barrios populares de Bucaramanga, Floridablanca, Girón y Piedecuesta. Se trata de una práctica perniciosa porque implica una evidente manipulación de los infantes con fines electoreros y, principalmente, porque es en este tipo de eventos en donde los pequeños acompañados muchas veces de sus padres, tienen un primer contacto con la política; es allí en donde el futuro votante al recibir un balón, un helado o una bicicleta, interioriza la idea según la cual, la política significa un beneficio particular, un intercambio de favores y no el interés general.

Si de verdad queremos construir ciudadanía y fortalecer nuestra democracia desde lo local, tenemos que alejar a niños y niñas de esta costumbre alienante que se suele justificar con el pretexto hipócrita de ofrecerles “un momento de diversión”. Proteger a la infancia no pasa por aumentar las penas como proponen muchos demagogos, sino por educarla y ofrecerle condiciones materiales para ejercer sus derechos con autonomía, lejos del clientelismo que hoy con el látigo de las CPS somete a buena parte de las ciudadanías y es la base de la corrupción rampante de la que con razón, tanto nos quejamos.

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