sábado 03 de enero de 2009 - 10:00 AM

Cultura del árbol

En mi tiempo escolar me enseñaron el Himno al Árbol, un bello poema ecológico que deben aprender todos los estudiantes, para que hagan conciencia de que la vida del árbol es sagrada como la vida del hombre. Al trascribirlo lo dedico a los insistentes ecologistas que escriben en este periódico, Gustavo Galvis Hernández, Consuelo Ordóñez, Jairo Puentes.

La preocupación ya no es la de una persona aislada, atenta a tan agudo problema; ya abarcó las organizaciones internacionales, tal las Naciones Unidas, que ha creado organismos y estimula investigadores para ver de conocer la exacta situación mundial, catastrófica ciertamente. Si en Colombia, en Santander cuidamos lo que resta de una situación que fue mejor, realizaremos una empresa de alto significado.

Las fuentes se están secando, los acueductos urbanos fallan, la agricultura no prospera, la sequía hace estragos en muchos lugares. Se requiere una empresa que comprometa la familia, la escuela, el desperdicio de los consumidores, porque donde acaba el agua acaba la vida. Yo, al finalizar este año que afortunadamente fue mojado, contribuyo a la ilustración general con el estupendo poema del uruguayo Juan Zorrilla de San Martín:

Plantemos nuevos árboles, la tierra nos convida,/ plantando cantaremos/ los himnos de la vida,/ los cánticos que entonan las ramas y los nidos,/ los ritmos escondidos del alma universal./ Plantar es dar la vida al generoso amigo/ que nos defiende el aire;/ que nos ofrece abrigo;/ él crece con el niño, él guarda su memoria,/ en el laurel es gloria/ en el olvido es paz./ El árbol tiene un alma, que ríe entre sus flores,/ que piensa en sus perfumes,/ que alienta en sus rumores;/ él besa con la sombra de su frondosa rama, /él a los hombres ama, /él les reclama amor./ La tierra sin un árbol está desnuda y muerta,/ callado el horizonte,/ la soledad desierta;/ plantemos para darle palabras y armonías/ latidos y alegrías,/ sonrisas y calor./ El árbol pide al cielo la lluvia que nos vierte;/ absorbe en nuestros aires/ el germen de la muerte;/ por él sube a las flores la sangre de la tierra,/ y en el perfume encierra/ y eleva una oración./ Proteja Dios el árbol que planta nuestra mano;/ los pájaros aniden/ en su ramaje anciano;/ y canten y celebren en la tierra bendecida/ que les infunde vida/ que les prodiga amor.

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