sábado 13 de diciembre de 2008 - 10:00 AM

Frustración de Santander y del Liberalismo

Se cumplió otro aniversario de la muerte de Gabriel Turbay (46 años) 'hijo de inmigrantes libaneses, de sangre limpia y al parecer nombre muy considerado en la tierra de sus mayores, que la colombiana fue suya con pleno derecho por el amor que en ella puso, por su inteligente desvelo y por su fervorosa decisión de servirla…' en escrito de Eduardo Zalamea Borda, quien lo trató de cerca y fue su secretario en Ginebra cuando Turbay desempeñó la representación de Colombia ante la Liga de las Naciones. Dice Zalamea que sus intervenciones allí fueron impecables, en correcto francés y que en sus largas conversaciones, en una ocasión le dijo: 'Necesitamos un Presidente de nuestra generación'.

Lo habría sido, pero cuando fue candidato de su partido (1946), surgió también la candidatura de su amigo Jorge Eliécer Gaitán, que produjo la elección del conservador Mariano Ospina Pérez. Los dos murieron poco después. Fui su elector para senador, cuando era función de la Asamblea. Con Augusto Espinosa Valderrama, Pedro Parra y Pedro García Jerez. Era a la sazón Embajador en Washington; pensábamos que su candidatura requería que Santander le otorgara esa investidura. Turbay era vibrante, íntegro; se destacó desde la Universidad Nacional que lo hizo médico; llegado a Bucaramanga, fue elegido diputado y representante al Congreso; junto a Gaitán realizó vigorosa oposición al régimen conservador.

Elegido Olaya Herrera en 1930, fue el primer ministro de Gobierno liberal después de 45 años de hegemonía conservadora. Luego, embajador en Ginebra, Lima y Washington, designado a la presidencia y Canciller en el gobierno de López Pumarejo. De él escribió Carlos Lozano y Lozano, guión excelso de nuestra intelectualidad política: '…Muchas veces en nuestras largas, vivaces, accidentadas e inolvidables pláticas, hablamos de su puesto en la historia. Con su sonrisa cáustica y aquel destello peculiar que le encendía los ojos detrás de las gafas, expresó: 'El veredicto de los tiempos de que habló el doctor Núñez, me tiene sin cuidado.

La vida es una gran aventura, sustancialmente grata y fecunda, porque suministra innumerables oportunidades de crear, de luchar, de vencer o fracasar. Es también una obligación ética y estética que debe cumplirse con alegría y plenitud. Pero la muerte lo cancela todo. Viviré hasta el último momento con ardor y sin desfallecimiento. Pero nada espero, nada pido, ni nada me interesa más allá de ese minuto'.

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