sábado 06 de febrero de 2010 - 10:00 AM

La violencia es impopular

Si usted participa enla escogencia de alguien para que presida su gremio, sindicato, junta o comité, no apela a las trompadas, cuchilladas o tiros para imponerlo. Acepta una elección para decidir quién debe ser. Es la práctica elemental de la democracia. Con más razón si el escogido ha de ser gobernante. El pueblo libremente debe escogerlo, mediante sistemas electorales sin tacha, sin formas fraudulentas ni forzadas por el dinero o la violencia. De ahí la necesidad de que existan órganos electorales limpios e imparciales, que garanticen el resultado de la elección.

En los países que garantizan tales procesos, no cabe la apelación a la violencia para constituir el poder público. Excluyen todas las formas de coacción ejercidas por autoridades públicas, porque si se dan, el sufragio es viciado y se carece de libertad para que pueda hablarse de un proceso democrático. Quebrantar las formas previstas en la ley, valerse de artimañas para buscar apoyos armados o de organizaciones de tal índole constituye delito y, sin legitimidad el elegido cae en la competencia de los jueces. Al contrario, cuando las elecciones se practican sin fraudes, o acciones violentas, el resultado produce efectos de paz, de legitimidad para ejercer funciones públicas, que es presupuesto para el buen gobierno y desempeño normal de funciones públicas.

Instintivamente rechazamos la violencia como forma de obtener ventajas de cualquier índole. Apelar a procedimientos violentos en una democracia carece de sentido, de necesidad, y se incurre en terrorismo de acuerdo con definiciones previstas en normas internacionales. En lo interno determina la acción del Estado para impedirlo. Además de innecesario, como lo demuestra la historia en todas las latitudes. La violencia produce su propia dinámica, y quien la promueve, después no puede detenerla. Su acción se convierte en ruina, en causa de sufrimiento para los más desamparados; crear los medios de barbarie, puede decirse que no hay persona alguna que escape a sus maléficos efectos.

Las minorías se convierten en mayorías si aciertan en sus planteamientos, si consiguen bases populares que les den asidero electoral. Si apelan a recursos de violencia promueven en su contra la reacción colectiva, y bien sabemos de los efectos deplorables de la acción violenta. De ahí la importancia de tener clarividencia cuando de obrar políticamente se trate, poniendo los pies sobre la tierra, sin perder la cabeza en previsibles extravíos.

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