En una de sus primeras apariciones en público, el papa Francisco hablaba de la vejez como sinónimo de sabiduría y de la necesidad de transmitir dichos conocimientos con dedicación a la juventud. Como el vino fue su comparación, los años serían la mejor garantía de su buena calidad. Interesante y loable por demás esta aseveración que difícilmente se cumple, pues me parece que son más las excepciones que los casos que componen la regla. Son muchas las razones que nos impiden a las personas de mayor edad cumplir a cabalidad con este mandato moral que con total complacencia nos gustaría realizar. La tecnología considero que es la principal limitación que tenemos pues es tan rápida su evolución y mejoramiento que fácilmente nos saca de base por decirlo de alguna manera, de cualquier proceso de enseñanza. Pareciera que toda la información contenida en un aparato electrónico fuera esquiva para un adulto mayor. Posiblemente nos quedaremos sin saber qué tanto conocimiento se puede llevar a toda hora de un lugar a otro.Si a lo anterior le agregamos las transformaciones en los sistemas educativos que cambian al ritmo de las nuevas generaciones, nuestros añejos sistemas de transmitir lo poco que recordamos no alcanza a cumplir su objetivo cuando intentamos realizar la tarea de maestros. El diálogo generacional que cada día es menos fluido, también aporta su cuota de dificultad en este interés de los adultos por comunicarse sabiamente con los jóvenes. Podríamos enumerar otras cuantas dificultades que limitan y entorpecen esta labor de enseñar y contribuir con nuestra experiencia en el mejoramiento continuo de la calidad de vida de nuestra juventud y por ende del mundo en general. No me atrevería a aventurar una edad ideal para suspender por parte de los adultos sus continuos intentos por compartir con los jóvenes sus experiencias acumuladas a lo largo de su vida y en igual medida decir en qué momento debemos empezar a escuchar con cristiana resignación y suficiente humildad las enseñanzas de los jóvenes hacia nosotros los adultos para que podamos utilizar las nuevas tecnologías sin peligro, con la seguridad de que están hechas para el disfrute de las personas y para que podamos disfrutar los años con la mayor comodidad. A veces pienso en el silencio de mi vejez, que es mucho más lo que los abuelos aprendemos de nuestros nietos que lo que nosotros le podemos enseñar a ellos. Le deseo al papa Francisco que lo pueda hacer porque de verdad el mundo lo necesita.