lunes 11 de enero de 2010 - 10:00 AM

Alianzas Vs. Reelección

La confusión que ha logrado imponer el dilatado proceso de validación de una nueva reelección, ha sometido a los partidos políticos de oposición a privilegiar la búsqueda de alianzas estratégicas para consolidar una opción electoral capaz de contrarrestar esta inconveniente pretensión presidencial, ahora suficientemente clara.

Como se sabe, esos intentos han fallado y han puesto en evidencia las grandes dificultades e incongruencias de tipo ideológico y programático de dichos acercamientos, que traslucen solamente el propósito de armar una coyunda de todos contra Uribe. Estrategia que sería muy precaria si no está sustentada en un proyecto de envergadura nacional que acoja los ingentes problemas de la sociedad, y asuma el compromiso de reestructuración de una democracia asediada por la corrupción, nuevas formas de violencia urbana, marginalidad y el fatal deterioro de los valores públicos.

Estas alianzas interpartidistas tienen además el reto de enfrentar los viejos vicios de la politiquería, para aspirar a tener credibilidad y trasmitir la certeza de que representan verdaderas alternativas de reconstrucción de la vida social. Si no hay visibles muestras de que esto es así, será imposible llamar la atención y convocar a una ciudadanía, casi sin oídos, para nuevas opciones. Las listas de candidatos al Congreso darán la medida de sus reales intenciones.

Los distintos índices de popularidad, por más discutibles que sean, constituyen indicativos que refrendan la proclividad a la reelección, por los logros que ciertamente han amortiguado los miedos de los colombianos y son la principal razón para ratificar la continuidad de las políticas de seguridad y la permanencia de Uribe, a cualquier costo. Hoy, frente a esta eventualidad, no hay programa, persona, ni partido capaz de contrarrestarla; ni opción real de constituir un consorcio político de tal credibilidad y magnitud de convocatoria, que provoque la masiva adhesión de un electorado tan escéptico con la política que, entre los males, prefiere el conocido.

Difícil coyuntura ésta para un país adosado a la voluntad del mandatario, quien se toma su tiempo y su parsimonia en el desgaste de quienes aspiran a reemplazarlo, y que queda cada vez más a merced de la mano de Dios, pues no se percibe que ni la Corte Constitucional ni el pueblo se opongan a la aspiración presidencial.

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