lunes 15 de febrero de 2021 - 12:00 AM

Apertura

El país tiene que avanzar hacia un debate que se sobreponga a las confrontaciones inútiles y a los radicalismos extremos que desalientan los esfuerzos y van dejando su estela de incertidumbre
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Las últimas semanas han sido pródigas en noticias de reuniones y pronunciamientos de dirigentes políticos que intentan reagrupamientos, de cara a los debates electorales de 2022. Es argumento recurrente de los voceros de las fuerzas alternativas que el país no puede aguantar por mucho tiempo más el saqueo sistemático al que lo han sometido las hordas de la corrupción, y que es imprescindible introducir reformas substanciales a su ordenamiento para rescatarlo del desgreño, del progresivo acentuamiento de las desigualdades y del retroceso económico, traducido en aumento indignante de la pobreza, agudizado por la pandemia que soportamos.

Marcan una pauta muy interesante las reflexiones que Alejandro Gaviria publicó en 2014, bajo el título ‘Un Decálogo Reformista’, que ahora, nuevamente, pone a consideración de los colombianos. Entre sus cavilaciones destacamos: la estatización no es la solución a todos los problemas, ni el Estado es la fuente de todos los problemas; el cambio social no es cuestión de todo o nada, es cuestión de más o menos; el reformismo permanente, basado en el conocimiento de los problemas, es más eficaz que el reformismo utópico ocasional, basado en concepciones ideológicas y objetivos grandilocuentes; se debe huir de las utopías regresivas, de la retórica pomposa de la revolución y de los que destruyen sin haber construido; las reformas se hacen para la gente y no para el agente que solo busca favorecer sus intereses particulares; las reformas sociales cambian los incentivos, pero no las normas sociales (cultura), ni crean capacidades colectivas; el reformador casi siempre es una figura trágica. Su respetabilidad proviene de su insistencia en hacer lo que toca en contra de la insensatez, el oportunismo y la indiferencia.

El país tiene que avanzar hacia un debate que se sobreponga a las confrontaciones inútiles y a los radicalismos extremos que desalientan los esfuerzos y van dejando su estela de incertidumbre. Es de esperar, entonces, que estas alianzas prosperen con sentido de compromiso con lo público y con una apertura de espíritu que tenga correspondencia con los retos para los que llama la historia en estos momentos de tanta inquietud.

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