lunes 02 de agosto de 2021 - 12:00 AM

El registro de la historia

El sueño de una utopía que luego de dos centurias aún está por concretarse en cada una de las naciones que formaban parte de la Gran Colombia
Escuchar este artículo

Próximos a la celebración de un aniversario más de la Batalla de Boyacá cabe recordar el monumento escultórico conmemorativo erigido en el teatro de la confrontación. Su artífice, el artista alemán Ferdinand von Miller, muestra a Bolívar arropado por la bandera nacional, rodeado de cinco figuras femeninas alegóricas de las repúblicas independizados por la gesta libertaria.

Conjunto emblemático, construido en 1930, en el que también se representa a la divinidad Clío, musa de la historia y de la poesía heroica, en ademán de escribiente del magno acontecimiento, exaltado por los ángeles de la fama, que lanzan hacia los cuatro puntos cardinales el clamor de las trompetas del triunfo.

Este tipo de recordatorio hace parte de la iconografía política que repite sus aspectos fundamentales: el pregón de la victoria, la historia atenta al registro de los hechos que merecen la memoria colectiva y el relato decantado desde la perspectiva de los vencedores. En este caso, la erradicación del poder colonial español, la apertura de una opción republicana como forma de Estado, el ideario liberal de la Ilustración, y el aliento del espíritu de progreso como el camino que se abría hacia los horizontes de civilización y bienestar.

El sueño de una utopía que luego de dos centurias aún está por concretarse en cada una de las naciones que formaban parte de la Gran Colombia.

Una mirada insatisfecha que, tal vez, frenaría el entusiasmo de la musa Clío ante un faltante de impulsos consistentes que se ha traducido en apatía y desesperanza ciudadana, debido a la resistencia al cambio, las divisiones irreconciliables, la violencia encarnizada, la desigualdad acumulada, el déficit de progreso, y el amaño político que ha entorpecido el cumplimiento de las promesas que avivaron la llama emancipadora.

Duelo regional. Con motivo de la temprana desaparición de Rafael Ardila Duarte se ha dado un nutrido y alentador plebiscito de exaltación y reconocimiento a quien fuera guardián de la heredad, cultor de la amistad y del fino humor, brillante empresario y, por sobre todo, auténtico líder de las buenas costumbres y del engrandecimiento de Santander. Paz en su tumba.

Otras columnas
Publicidad
Publicidad
Publicidad