lunes 03 de octubre de 2022 - 12:00 AM

Fiesta de la palabra

Amable, jocoso, de invariable buen genio, divertido, presto a gozar la vida, fue singularmente generoso en transmitir su saber en todos los ámbitos que lo requerían. Asiduo visitante de nuestra ciudad.

Como un justo homenaje al poeta, ensayista, consumado lector, editor, divulgador de todas las formas literarias y extraordinario gestor cultural Juan Gustavo Cobo Borda, recientemente fallecido, la Biblioteca Nacional de Colombia celebra desde el pasado 29 de septiembre, y durante los siguientes ocho jueves, sesiones dedicadas a rememorar sus creaciones y las que surgieron en el movimiento Generación sin nombre.

La existencia de Cobo Borda estuvo consagrada al libro y así lo confirmaba el escenario de su apartamento en Bogotá, en donde cada espacio fue copado por volúmenes de las más variadas referencias. Se autodefinía como un aficionado que daba rienda suelta a su pasión a leer y releer. Además de su extensa obra, contribuyó a publicar las producciones de otros autores y colaboró en disímiles iniciativas sin perder la mira de entender nuestra Nación desde la literatura.

Amable, jocoso, de invariable buen genio, divertido, presto a gozar la vida, fue singularmente generoso en transmitir su saber en todos los ámbitos que lo requerían. Asiduo visitante de nuestra ciudad y de la UIS, recordamos con especial afecto la presentación de su libro El Olvidado Arte de Leer en 2008. Texto en el cual asimila la lectura a un modo de comprensión del mundo en el que los diferentes tonos y matices se mezclan según la imaginación del lector hasta llegar a convertirse en coautor. En sus palabras: “los libros y las bibliotecas son el universo de imágenes, de personajes y de historias que solo el lector puede descubrir y el escritor inventar”.

En esa ocasión hizo énfasis en la necesidad de regresar una y otra vez sobre lo leído, y trajo a colación su versión de una apreciación de André Gide: “Todo se ha dicho; todo lo hemos olvidado; por tanto, debemos volver a decirlo”. Nunca conoció fronteras para su inquietud intelectual y confesaba que siendo niño, y para siempre, lo marcó La Canción del Pirata de José de Espronceda, donde se repite: “Que es mi barco mi tesoro; que es mi dios la libertad; mi ley la fuerza y el viento; mi única patria la mar”.

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