lunes 26 de septiembre de 2022 - 12:00 AM

¡Grande, de verdad!

La elegancia y perfección de su técnica le valieron ser considerado la máxima expresión de este bello deporte. La rotación de sus hombros, cintura y piernas eran, exactamente, las que exigían los manuales.

Se atribuye a William Faulkner la apreciación según la cual para ser grande se requiere tener 99 % de talento, 99 % de disciplina y 99 % de trabajo. Ahora que Roger Federer ha anunciado su retiro del deporte competitivo saltan a la vista tales condiciones a quien se reconoce como leal adversario y, sobre todo, un caballero a carta cabal. Junto con Rafael Nadal, Novak Djokovic y un puñado de tenistas, le dieron gran popularidad y emoción a este juego en las dos primeras décadas del siglo.

Mientras oficiaba de recogepelotas, gracias a sus habilidades, fue invitado a los 17 años a jugar el campeonato de su natal Basilea, en 1998; torneo en el que llegó a enfrentar al consagrado André Agassi. Desde esa aparición, de la mano de su entrenador australiano Peter Carter, se convirtió en revelación; y al tiempo que sus desaliñadas vestimentas y peinado eran objeto de transformación, su carácter le imprimió una nueva dimensión al tenis, en el que adquiría especial trascendencia el control de sí mismo.

A partir de entonces no contaron su edad ni su nacionalidad suiza pues se hizo eterno y paso a ser ciudadano del mundo, según la editora de The Washington Post. La elegancia y perfección de su técnica le valieron ser considerado la máxima expresión de este bello deporte. La rotación de sus hombros, cintura y piernas eran, exactamente, las que exigían los manuales. El sentido de la ubicación le permitía estar en el sitio adecuado y su precisión colocar bolas en espacios imposibles. Su gran concentración y el método de disputar punto por punto lo llevaron, en un partido, a no darse cuenta de su triunfo y prepararse para la siguiente jugada.

Repasar sus hazañas y su comportamiento impecable dentro y fuera de la cancha nos hace reflexionar respecto a tantos ídolos con pies de barro que surgen por azar, y recordar la sentencia de William Shakespeare: “No temáis a la grandeza; algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza les es impuesta y a otros la grandeza les queda grande”.

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