lunes 12 de agosto de 2019 - 12:00 AM

Ni reconocimiento, ni sanción

Ahora, lo que se advierte es el desplazamiento de los acentos desde el valor altruista hacia la ambición personal, hacia el afán de poder, asimilado a una instancia de escalamiento y lucro
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En otras épocas se apreciaba la política como la actividad a través de la cual el líder disponía su potencial intelectual, competencia argumentativa y capacidad para interpretar el sentir de las gentes, en procura de conformar un proyecto por el bien común. Frente a ese referente surgía y se cimentaba un reconocimiento social que compensaba con creces los esfuerzos y el trabajo de quienes acogían el servicio público con carácter y honradez.

Ahora, lo que se advierte es el desplazamiento de los acentos desde el valor altruista hacia la ambición personal, hacia el afán de poder, asimilado a una instancia de escalamiento y lucro; hacia el protagonismo enmendador de problemas magnificados con astucia, inventados o transfigurados mediante la mentira, para aclimatar las soluciones que el propio caudillo ofrece encarnar. Esta tendencia se ha impuesto en los últimos tiempos y ha marcado las estrategias de campañas políticas victoriosas que han abierto el camino a discursos de odio, discriminación, descalificación y engaño que se han tomado los certámenes electorales.

Realidades que también se harán palpables en el debate regional, de cara a los comicios de octubre próximo, donde ya se hace sobresaliente la desaparición de los partidos, que han renunciado a levantar banderas con programas de transformación o de reivindicación de colectivos y, por el contrario, para asegurar una precaria supervivencia se han sometido a los promeseros emergentes que atraen al electorado con dádivas y beneficios de cortas miras, con alivios circunstanciales y retribuciones clientelistas.

Desfiguración del ejercicio político que solo se atiene a los recursos de la burocracia y de las partijas presupuestales o que limita su acción al seguimiento de caudillos que dan desfogue a las más bajas pasiones y emociones de comunidades desesperanzadas. Deviene así la pérdida de la dignidad del ciudadano que a fuerza de permitir su irrespeto, por complacencia o pasividad, ha resignado la aplicación del recurso de la sanción social contra tantos abusadores de las libertades que sustituyeron a muchos líderes con auténtica vocación de servicio pero que carecen de los capitales de riesgo para asumir las empresas electorales.

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