lunes 28 de septiembre de 2020 - 12:00 AM

¡Ojo con los niños!

Las falencias académicas que se derivan de la emergencia es posible subsanarlas pronto, más no así los trastornos en el comportamiento social. Aquí lo que está en juego es el futuro mismo de nuestra especie
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Sin descuidar a los pacientes por COVID-19, paulatinamente se ha venido abriendo campo para la atención de otras patologías y tratamientos que se vieron desplazados. Además, el personal médico se apresta a enfrentar las secuelas psíquicas y sociales que dejan el confinamiento y el miedo al que se apeló para propiciarlo. Estos efectos se ven agravados en el caso de niños y adolescentes ante el aplazamiento para retomar sus actividades estudiantiles de manera presencial.

Cierto es que instituciones, profesores y padres de familia han hecho un gran esfuerzo para mitigar la situación. En el sector privado se aprecian significativos avances en la utilización de tecnologías que es preciso incentivar para que lleguen a todos los jóvenes, sin excepción. La brecha existente en la educación no debe ampliarse por la ausencia de recursos en el sector público, así como tampoco permitir que las desigualdades se tornen insuperables.

No es desconocido que los primeros años de vida definen los comportamientos futuros de las personas; por lo tanto, el daño puede ser inmenso. La necesidad de socializar, de jugar y de intercambiar experiencias con individuos de su misma edad es esencial. Ya se advierten claras manifestaciones del síndrome de la cabaña, según el cual, luego de un aislamiento prolongado, se siente miedo de abandonar el hogar y afrontar el mundo exterior. Ansiedad que puede llevar a que los menores perciban a los extraños como una amenaza. El trabajo en la familia para erradicar estos temores es muy importante, pero el colegio resulta insustituible.

La afortunada circunstancia que han revelado estudios científicos, en el sentido de que en tempranas edades existen menos posibilidades de adquirir y transmitir el virus es un aspecto por profundizar para decidir el retorno a escuelas y colegios. No es sano dejar que sentimientos adversos se entronicen en las mentes de los niños con resultados insospechados para toda una generación. Las falencias académicas que se derivan de la emergencia es posible subsanarlas pronto, más no así los trastornos en el comportamiento social. Aquí lo que está en juego es el futuro mismo de nuestra especie.

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