lunes 15 de diciembre de 2008 - 4:19 PM

Una celebración agridulce

Hace ya sesenta años, el 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de la ONU hizo la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptando un texto normativo de principios universales para orientar la práctica de las libertades y derechos civiles, que se habían promulgado en la Declaración de 1789 con la Revolución Francesa, el cual dio la pauta para la institucionalización de una nueva idea del estado, de la sociedad y de la democracia.

Mucho se ha avanzado en esta materia y sin embargo es más lo que falta por construir en la conciencia de los pueblos, para que esta decisión universal tenga su pleno sentido en el orden práctico.

Al parecer, no se han podido establecer unas formas de control efectivas ante la renuencia de algunas naciones y la traslapada manera de actuar de tantos gobernantes en contravía de estos postulados, que ha dado paso a esa ominosa historia subterránea de violaciones y graves quebrantos a los derechos fundamentales.

De todos modos, los avances han sido significativos y, ojalá, el concierto de las naciones sepa encontrar la manera de actuar con severidad y prontitud, para asegurar el acatamiento de estos principios que, hoy por hoy, rigen la configuración universal del respeto y de la dignidad de las personas y sobre todo para que se avance en la construcción de una democracia incluyente, de abiertas y seguras oportunidades para todos.

Cabe observar que, a la altura de estos 60 años de la promulgación universal de los Derechos Humanos, los ideales humanistas han tomado este rumbo y su preocupación se ha visto concentrada en este campo, dando preferencia a la gestación de una actitud defensiva, vigilante, fiscalizadora, de seguimientos y denuncias, de valiosas y valientes organizaciones civiles.

Se aprecia que la salvaguarda de los Derechos Humanos ha tratado de absorber el humanismo, ideario propicio para encarnar sus valores, viéndose adelgazado a esta dimensión con el consecuente desplazamiento de otras grandes preocupaciones que le atañen y que es preciso mantener con sentido proyectivo, como es propiciar una apuesta libertaria, abierta, reflexiva y comprensiva de la condición humana y de su gran valor como potencia creadora y pensante, que es capaz de valerse por sí misma.

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