lunes 13 de julio de 2020 - 12:00 AM

Vicisitudes de la pandemia

Las lágrimas del director de la OMS de cara a la teleaudiencia mundial son la imagen de la impotencia y falta de solidaridad que hemos acusado frente a la calamidad que nos intimida.
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Aunque la epidemia por COVID-19 no es la más catastrófica que ha soportado la humanidad, a juzgar por el número de muertes registradas, sí ha tenido especial connotación por cuenta de la vertiginosa información que se genera en las redes y plataformas de comunicación. Así como han brindado facilidades para apalancar la interacción y contribuir al desarrollo de estrategias de presencialidad remota, estas herramientas también han logrado despertar miedo y desesperanza en un segmento representativo de la población, mientras que otro sector permanece escéptico e indiferente.

La aparatosa reactivación de la vida productiva y social se ha visto afectada por la multiplicación del contagio, debido a la imprudente e irresponsable actuación de muchas personas. Tal es el caso del empinado reporte de la última quincena en Bogotá, que parece ser resultado de la desafortunada medida del día sin IVA y la inoperancia del control local, que ha llevado a retomar el confinamiento que traerá graves consecuencias para sus habitantes, habida cuenta de su fragilidad económica sustentada mayoritariamente en el rebusque y la informalidad.

Tal vez con el propósito de crear un efecto distractor, el Gobierno se empeña en atribuir los riesgos de contraer la enfermedad a la edad de los individuos y no a las condiciones de preexistencias y morbilidades a las que, en buena parte, nos ha conducido el enfoque curativo y no preventivo de la atención en salud, el desbalance de la dieta alimentaria y las enormes grietas de la pobreza que caracterizan al País.

Nociva y exagerada ha sido en muchas oportunidades la actitud de quienes tienen acceso a alguna instancia de poder. Además de sobreactuaciones de gobernantes, los administradores de conjuntos residenciales se han arrogado atribuciones que van más allá de la exigencia de cumplimiento de los protocolos de bioseguridad, hasta impedir que propietarios y arrendatarios accedan al uso y disfrute legítimo de los bienes.

Las lágrimas del director de la OMS de cara a la teleaudiencia mundial son la imagen de la impotencia y falta de solidaridad que hemos acusado frente a la calamidad que nos intimida.

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