Publicado por: Andrés Mejía
Revivió la propuesta de quitarle tres ceros a la moneda. Ella ha aparecido y desaparecido numerosas veces en los últimos años, abanderada casi siempre por congresistas ansiosos de mostrarse conocedores de temas económicos. La última vez recuerdo que la promovió el fallecido senador José Jaime Nicholls. Ahora, la propuesta aparentemente es de iniciativa del gobierno o cuenta con su apoyo.
Hoy como ayer, el argumento para defenderla ha sido el mismo: simplificar los negocios y la contabilidad. En términos contemporáneos, se habla de reducir “costos de transacción”, es decir, lo que a las partes cuesta llegar a realizar un intercambio cualquiera. Los cálculos y la contabilidad, dicen los defensores de la propuesta, son muy difíciles de manejar con cifras de miles de millones o de billones.
Concentrémonos en este argumento, el de los costos de transacción. Sabemos hoy por hoy que, para aumentar la eficiencia económica, hay que reducir costos de transacción, por lo cual sería bienvenida una decisión que tenga ese efecto. Creo sin embargo que esta propuesta no los reduce para todos los actores de la economía, sino sólo para unos pocos, como los bancos y las grandes empresas que manejan grandes cifras.
Pero tómense esos casos, y se verá que esos actores han encontrado ya maneras muy eficaces de sortear esa dificultad. La principal es que la contabilidad hoy es totalmente sistematizada, y todos los cálculos los hacen computadores. No hay tal dificultad de sumar billones: lo hacen las máquinas.
Y además, en los bancos y en las grandes empresas los números multimillonarios son analizados y utilizados por profesionales, casi todos ellos del área de las finanzas. He de presumir que su formación académica les permite sin mayor dificultad operar la aritmética de las grandes cifras.
En conclusión: los beneficiarios de la presunta reducción de costos ni siquiera la necesitan.
Hay, por otro lado, una multitud de pequeños comerciantes y productores, para no hablar de las personas del común, para quienes los costos de transacción no disminuirán, porque jamás se ocupan de cifras tan altas.
Y en el corto plazo sus costos de transacción aumentarían por la medida: durante un buen tiempo sufrirían de la confusión del cambio, para cuya comprensión no están preparados, pues sólo una ínfima minoría entiende los temas monetarios. Se complicaría la vida de las personas comunes y los pequeños actores de la economía, en virtud de simplificarla para quien ni siquiera necesita ese favor.









